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De "Siglo XXI: Militar en la izquierda",

Arlekín, Costa Rica 2005. 

Preliminar

Uno de los factores que contribuye al retorno del tema de ‘una’ o de ‘la’ izquierda en América Latina son los resultados electorales que se vienen produciendo y podrían producirse en esta primera parte del siglo XXI. En Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, han resultado triunfadores candidatos no gratos para el sistema, trátese éste de la expansión mundial de la forma mercancía, o globalización con hegemonía transnacional, o de su propuesta ideológica oficial en América Latina: el neoliberalismo. La reciente elección de Michelle Bachelet en Chile ha permitido a los medios masivos comerciales enfatizar que en ese país gobierna una coalición ‘socialista’. Los resultados preliminares peruanos, el temor que despierta una eventual victoria del Partido de la Revolución Democrática en México y las posibilidades de izquierdas ‘históricas’ de alcanzar el gobierno en Nicaragua (FSLN) y El Salvador (FMLN), agregan peso a este retorno ‘electoral’, o sea institucional y parlamentario, de “izquierdas” que, probablemente, carecen de un referente conceptual único eficaz y, también, de criterios intercambiables para incidir con eficacia ‘izquierdista’ en sus coyunturas nacionales y en relación con los desafíos internacionales.

Visto en su conjunto, este ‘retorno’ de la izquierda latinoamericana es principalmente un fenómeno mediático y politicista[1], probablemente interesado, y que funciona porque reduce los conflictos y oposiciones socio-políticos de las formaciones latinoamericanas al ámbito y juego electorales y porque, en términos básicos, los gobiernos ‘izquierdistas’ que surgen de estas elecciones, reiteran, con variaciones puntuales, la sensibilidad única neoliberal que, pese a su evidente fracaso en avanzar hacia el desarrollo, ha dominado el subcontinente en la transición entre siglos, e ignoran, también con variantes, el freno impuesto al Acuerdo de Libre Comercio de las Américas y la irritación social que ha hecho desfallecer tanto el llamado Consenso de Washington como las ilusiones puestas por la población en el juego ‘democrático’. El primer punto, la focalización politicista en la disputa electoral y la consolidación del ‘rumbo democrático’ de la región gracias al aporte de estas ‘izquierdas’, ha sido reseñado por el editorial de un periódico conservador con circulación hemisférica:

Con el paso de dichas jornadas* se está esbozando un nuevo mapa político en América Latina con características bien definidas: gobiernos que promueven los ideales del libre comercio (como la mayoría de países centroamericanos y Colombia), los llamados social-demócratas, que pretenden balancear el liberalismo con lo social (tales como Chile, Uruguay y Brasil), y el modelo nacionalista, encarnado en la Venezuela de Hugo Chávez, que busca adeptos en Bolivia y Perú (con Evo Morales y Ollanta Humala) y propugna un proteccionismo social y económico frente a Estados Unidos.[2]

Para todos los casos, el editorialista cree advertir ideologías  que “parecen haber evolucionado hacia un discurso democrático más centrado” y en el que no tienen cabida derechas recalcitrantes ni izquierdas radicales. Sin perjuicio de retomar algunos aspectos de esta opinión, enfaticemos los obvios:

- estaríamos ante izquierdas ‘moderadas’, por democráticas y gubernamentales, y que pueden coexistir con neoliberales ortodoxos y social-demócratas, ambos en sus versiones latinoamericanas;

- en este continuo de fuerzas, los gobiernos ‘más a la izquierda’ serían nacionalistas y proteccionistas, en particular frente a Estados Unidos.

Por supuesto, la imagen-fuerza más poderosa es la que articula en un continuo a neoliberales y nacionalistas, pasando por socialdemócratas, como opciones legítimas de gobierno. De esta manera, y enfatizando un aspecto, la izquierda ‘nacionalista’ y ‘proteccionista’, incluso antiimperialista, queda reducida a una opción administrativa y los gobiernos latinoamericanos de cualquier signo podrían acometer tareas que combinasen, con diversos énfasis y ritmos, sociedad de mercado y libre empresa, inversión extranjera, preocupación social, desplazamiento de la inequidad y articulación regional. Este peculiar imaginario se acerca a la tesis que esgrimió en el inicio de la década de los noventas Jorge G. Castañeda: la izquierda como ‘alternativa’ de administración de la crisis (es decir como gobierno con nombre de izquierda pero que se comporta como de derecha, donde ‘derecha’ comprende a los reproductores del statu quo) en un universo político donde las transformaciones revolucionarias han perdido todo lugar[3] debido, y ésta no es tesis de Castañeda, a neocontractualismos y consensualismos generados entre minorías poderosas y ‘prestigiosas’ explícitamente funcionales para la reproducción del statu quo.

Si esto fuera así, quizás convendría buscar signos de las izquierdas latinoamericanas en otros procesos y planos: la insurgencia zapatista en México (1994), las movilizaciones sociales populares, con fuerte contenido de pueblos originarios y ciudadanía e incidencia política, en Ecuador (2000), la honesta y lúcida perseverancia del Movimiento de los Sin Tierra en Brasil y, más ampliamente, en algunas virtualidades: la organización y movilización de mujeres con teoría de género, los ecologismos radicales, la movilización electoral rural y aymara en Bolivia (no necesariamente el gobierno del MAS), la posibilidad de avanzar hacia un movimiento social de derechos humanos continental, la necesidad de recuperar, ampliada, una revitalización del carácter político de la fe religiosa[4]. Y obviamente, porque el vacío debería convocar materiales conceptuales, la necesidad de rediscutir y repensar, de analizar, el carácter de las izquierdas en América Latina y el Caribe desde nuestras realidades estructurales, situacionales y existenciales.

Una segunda observación preliminar. La convocatoria a que responde este artículo dice: “Siglo XXI: El lugar de la izquierda en América Latina”. Ahora, ‘lugar’ puede ser entendido o como un posicionamiento en un sistema ya constituido o como una función/disfunción en un sistema exigido de reconstitución. En el primer caso, el lugar (espacio ocupado) de las izquierdas se expresa como punto variable de un continuo sincrónico y diacrónico en un imaginario politicista y determinado desde el centro político[5] cuyo posicionamiento como fiel de una balanza resuelve lo que es de derecha o de izquierda. Se trata, como es obvio, de ‘izquierdas’ conservadoras. En el segundo caso, la categoría de función/disfunción en un sistema exigido de reconstitución, determina a las izquierdas por su actitud social y política, no por su posicionamiento en un continuo. Si se abandona el imaginario espacial, las izquierdas pueden existir sin referencia al centro o a la derecha.

Ahora, la ‘actitud’ de esta última izquierda se alimenta de factores o procesos de los que conviene recordar al menos los siguientes:

- las izquierdas se gestan en la matriz conflictiva de las formaciones sociales modernas y de la mundialización del capital que les es inherente y expresan en ellas la crítica radical (superadora y práctica) de las instituciones y lógicas de dominación locales e internacionales que constituyen a estas sociedades. En este sentido, aunque modernas, las izquierdas resultan anticapitalistas;

- por su carácter superador-práctico o testimonial, las izquierdas se constituyen fundamentalmente como movilizaciones o movimientos sociales; esto torna política la tensión entre identificaciones sociales inerciales y autoproducción de identidades liberadoras. El carácter de movimiento y movilización de las izquierdas no excluye sus materializaciones orgánicas o partidarias, pero estas últimas no son independientes del movimiento ni tampoco son sus ‘representantes’ en un ámbito político ideológicamente autonomizado. Esto quiere decir que el motor político de las izquierdas no es parlamentario;

- asumiendo su carácter crítico, las izquierdas deben darse teoría o analítica social, tanto movimientista como básica. Su analítica no es independiente de las movilizaciones y luchas particulares y específicas. Movilizaciones y luchas conforman su matriz analítica en tanto plataforma social básica para sus teorías particulares. La teoría básica resulta de la tensión entre movilizaciones sociales particularizadas, campesinas, por ejemplo, y las determinaciones de la formación social como totalidad. Obviamente la izquierda social es plural y su expresión política fundamental es la articulación de esta pluralidad en relación con objetivos liberadores particulares-universales. Bajo condiciones sociales de fragmentación y desencuentro sistémicos no puede darse inercial movilización de izquierda ni analítica de izquierda radical; las izquierdas no surgen mecánicamente del empobrecimiento de las tramas sociales de la población, sino de una voluntad de reconstitución o liberadora de estas tramas;

- la movilización de las izquierdas (obreras, campesinas, de género, de creyentes religiosos, por derechos humanos, etc.) se da en relación con un horizonte de esperanza o utopía que contiene tanto una antropología liberadora o emancipadora como una recaracterización de la sociabilidad fundamental. Estos factores suponen una transformación cultural (subjetiva-objetiva, sujetiva) radical. Desde este punto de vista, la lucha de las izquierdas, en realidad, no es ‘por el poder’[6],  sino por la transformación del carácter de este poder o poderes. El punto enfatiza la configuración de un sujeto social diverso, por alternativo en sentido fuerte, al imperante: propietario-excluyente,  acumulador, patriarcal, adultocentrado, geopolítico, depredador, reificador, por referir algunas de las características que el nuevo sujeto social (que no es una sustancia, sino proceso y articulación) debe enfrentar y transformar.

El referente ideológico-utópico nucleador de las izquierdas radicales remite a una propuesta moderna revisitada críticamente: la autoproducción de sujetos, o sea la configuración de relaciones o tramas sociales locales e internacionales que potencien la agencia humana responsable y la producción de humanidad, esta última entendida como apuesta-proceso abierto. Estos referentes (liberación universal de la escasez, autonomía y autoestima personales) son promesas no cumplidas por la modernidad capitalista. En este sentido elemental la izquierda radical se constituye como ‘otro camino’ para la modernidad, un camino cualitativamente distinto al recorrido por las formaciones sociales de la modernidad, capitalistas o socialistas históricas.

Una última observación preliminar. Ya se ha señalado que la noción de ‘lugar’ remite a un imaginario espacial (espacio ocupado), institucional y politicista respecto de la práctica política, o a un imaginario crítico asociado con la  transformación de posibilidades en oportunidades de liberación (disfunción radical). Solo en este último sentido puede hablarse de un ‘tiempo’ de la izquierda o para la izquierda. En el imaginario espacial, en cambio, ‘siempre’ existe lugar y ‘tiempo’ para ella, aun cuando no se lo ocupe o se lo llene fantasmagóricamente.

Si éste fuera tiempo de o para las izquierdas latinoamericanas, habría que referirse a su tiempo anterior, fuertemente politicista y que culminó en derrotas o en procesos a los que factores internos y entornos cerraron o dificultaron la capacidad para transformar posibilidades en oportunidades liberadoras, como es el caso del proceso revolucionario cubano. Las izquierdas en tanto tales solo pueden acceder críticamente a sus tiempos anteriores, lo que no implica en ningún sentido la anulación metafísica de esos tiempos y sucesos. Las izquierdas latinoamericanas del siglo XX se constituyeron mediante lecturas politicistas del campesinado (lo que implicaba una reforma agraria o propietarista o colectivizante), de la relación salarial (apuntaba al socialismo, y éste al acuerdo con algún modelo), del nacional-populismo (que en América Latina quiere decir antioligárquico con la posibilidad de un flanco antiimperial) y, en menor medida, por movilizaciones sociales como las de campesinos y obreros rurales en México (1910-19) o la de obreros en Bolivia (1952-1964). Escaseó la teoría política, las formas de lucha fueron tanto parlamentarias como semiparlamentarias (explosiones sociales, huelgas, rebeliones) e insurreccionales, y los campos poco visitados o invisibilizados, en gran medida como ‘efecto’ de la adscripción a modelos, fueron el análisis sociohistórico, incluyendo el de clases, la crítica del Estado de derecho y de la soberanía popular en tanto tal, la lógica de las instituciones democráticas y republicanas, y las dominaciones o imperios no-estrictamente-clasistas (locales e internacionales). Las ‘izquierdas’ se independizaron así de las tramas sociales y de sus bases eventuales e inevitablemente fueron ideológicas, mesiánicas, verticalistas, puntuales y sectarias, aunque también constantes, románticas y heroicas. No se considera aquí, por razones de espacio, las excepciones[7]. Además de su presencia socio-política y político-partidista (notable por momentos en países como Chile, Colombia, Bolivia, Argentina o Cuba y Nicaragua), algunos de sus procesos pasaron a formar parte, como hitos, del imaginario cultural (sensibilidad) popular, en especial la experiencia revolucionaria cubana y el justicialismo argentino (peronismo).

Los procesos recién mencionados, justicialismo y experiencia revolucionaria cubana, consiguieron precisamente el apoyo ‘de masas’ y la incidencia cultural popular ausente en la mayor parte de las experiencias de izquierdas en América Latina. Aunque el proceso revolucionario cubano optó por transitar hacia un socialismo hostil a la propiedad privada, su referente no fue el comunismo ortodoxo y su prolongado sostén social se ha derivado más del refuerzo de una cultura antiimperialista, de su ‘cubanía’, de la integridad y carisma de la dirección fidelista y de los avances, espectaculares para América Latina, en los campos de la educación, la salud, la existencia rural, la dignidad nacional y la solidaridad proyectada especialmente hacia el Tercer Mundo. El justicialismo antioligárquico[8], de inspiración militar, reconstituyó la escena política argentina tanto mediante el ingreso en ella de los trabajadores rurales y urbanos y otros sectores populares (“descamisados”, “cabecitas negras”) como por el establecimiento del sufragio femenino. Adversado por la jerarquía católica, Estados Unidos, oligarquía, militares y comunistas, y debilitado por la corrupción interna y por su incapacidad para transformar el apoyo de masas en organización autónoma popular, la experiencia peronista, que pudo ser revolucionaria, fue derrotada en su primera fase por una irónica y militar ‘Revolución Libertadora’ (1955). Los procesos cubano y argentino, coinciden en la conducción carismática, la interpelación popular, y los esfuerzos por avanzar hacia el desarrollo mediante transformaciones estructurales liberadoras. Ambos, asimismo, en su renuencia a hacer avanzar su apoyo de masas hacia una plural organización popular autónoma como condición fundamental de la reproducción del régimen y la acentuación de la radicalidad del proceso.

La referencia ideológica privilegiada de las izquierdas latinoamericanas del siglo XX tuvo como eje el marxismo-leninismo, un producto del proceso soviético e investido por él, desde su éxito, como inevitable referencia revolucionaria, ya sea en el sentido de ‘asalto al poder’ o en el de ejercicio popular u obrero de este poder (gobierno). Las izquierdas radicales debían identificarse, subordinarse o rechazar este marxismo-leninismo. El rechazo implicaba la excomunión. No sentirse interpelado implicaba pasar a formar parte del ‘reformismo’. Así, por ejemplo, no podían tener carácter situacional de izquierda reformas agrarias con eje social impulsadas por militares (Honduras 1974-77) o democristianos (Chile, 1964), ni los esfuerzos por articular la nación recuperando riquezas básicas (México, 1938) ni, mucho menos, finalizando ya el siglo, las luchas de mujeres populares con teoría de género, las de ecologistas radicales, las de los activistas por derechos humanos movilizados contra el terror de Estado y el neoliberalismo, o las de las minorías de creyentes religiosos que deseaban vivir su fe trascendente como esfuerzo de liberación sociohistórica. En el mejor de los casos, las politicistas izquierdas reinantes los consideraron “compañeros de ruta”. En los menos afortunados, “agentes diversionistas de la burguesía y el imperialismo”, “tontos útiles” o “enemigos de la clase obrera”. Apresadas por una metafísica clasista impracticable excepto como doctrina, las izquierdas no se adiestraron ni empeñaron en la tarea de producir posibilidades políticas o de aprovechar las oportunidades para avanzar en la construcción de una cultura política popular. Era o su propia ‘captura del Estado’ o nada ni nadie. Un resultado no deseado de este comportamiento fue su aislamiento social y político en la mayor parte del subcontinente. Las izquierdas clasistas agregaban así carbón de su propiedad a la hoguera ideológica del conflicto Este//Oeste.

El mundo de quienes no rechazaban el marxismo-leninismo, aunque tuvieran su propia versión de él, se compuso mediante sectas: comunistas ortodoxos (pro-soviéticos) y no ortodoxos, muchas y usualmente pequeñas variedades trotskistas, pro-chinos, fidelistas y guevaristas, pro-coreanos, pro-albaneses, espartaquistas, socialistas, gramscianos, etc. Cada secta se atribuía una filiación directa con Marx-Engels, Lenin, y con los procesos considerados fundantes, y cada una  poseía toda la verdad revolucionaria por sí misma. El mesianismo, el personalismo, el liderazgo de pequeños grupos, estimularon el sectarismo cuyo semilla se encontraba ya en la bolchevique creación de la Internacional Comunista (Lenin-Trotsky). En América Latina esta semilla rindió abundantes frutos, todos ellos conducente al fracaso.

Esta izquierda politicista, compleja, fragmentaria y bulliciosa es la que fue política y culturalmente derrotada durante la segunda mitad del siglo XX. Los hitos de su derrota son especialmente la destrucción de la vía institucional al socialismo (Chile,1973), la extenuante y cruel prolongación con pérdida de horizonte de la lucha armada en Colombia (FARC, ELN), la drástica reducción de la generación de posibilidades liberadoras del proceso popular cubano, la brutal frustración de las guerras populares en América Central (1990), la culminación perversa del justicialismo en Argentina y, en menor medida, el aislamiento y ahogo de la rebelión zapatista en México, todos ellos sucesos inscritos en los procesos de deterioro de las sociedades del socialismo histórico que culminarán con las revoluciones populares, nacionales y por el capitalismo en el Este europeo y con la autodisolución de la Unión Soviética en el inicio de la década de los noventas. Fuera de las responsabilidades directas de estas izquierdas, y provenientes de sus adversarios y enemigos o de la lógica del sistema, deben señalarse también los regímenes militar-empresariales de terror de Estado conocidos como “dictaduras de Seguridad Nacional” y, más ampliamente, la mundialización de la forma mercancía bajo su forma actual de globalización.

Lo anterior es un bosquejo sobre el ‘antiguo’ tiempo latinoamericano de izquierdas, tiempo que las nuevas izquierdas deberían criticar y superar porque en él se dieron las condiciones para su actual derrota cultural y política.


Notas

*Se refiere a las elecciones por decidirse en Perú, Colombia, México y a las ya resueltas en Honduras, Chile, Bolivia, Costa Rica y Haití y algunas más lejanas en Venezuela, Brasil, Ecuador y Nicaragua. El editorial observa: “Lo cierto es que no se observan derechas recalcitrantes ni izquierdas radicales”.

[1] En sentido lato, ‘politicismo’ designa la fijación del discurso o del análisis en el Estado y gobierno y sus actores, independizándolos ideológicamente de sus determinaciones sociales y culturales.

 

[2] Tiempos del Mundo, Editorial, Año 9, N° 15 (488), Centroamérica y El Caribe, 27 de abril del 2006.

[3] Jorge G. Castañeda: La utopía desarmada, págs. 516-517.

[4] Todos estos procesos y virtualidades, con sus diferencias, tienen en común el orientarse por utopías (ideas sociales regulativas desde las que se intenta transformar significativamente el mundo), cuestión quizás ausente en la mayoría de los fenómenos que la prensa comercial ha agrupado como “retorno de la izquierda”.

[5] Este imaginario ideológico ha sido presentado como ‘teoría’, por ejemplo, por N. Bobbio, para las sociedades europeas. En América Latina lo han seguido autores como J. J. Brunner.

[6] Todavía en algunos círculos latinoamericanos se identifica las disputas y triunfos electorales, y se habla, sobre ellas, como “conquista del poder”.

[7] La más notable, quizás, sea la ofrecida por el imaginario guevarista, incompleto por su asesinato en 1967 y transformado, posteriormente, en ‘modelo’. Probablemente debería estudiarse con ojos no-cubanos el imaginario martiano.

[8] Suele considerársele la principal experiencia nacional-populista de América Latina. En estas tierras nacional-populismo y perspectiva clasista (excepto para la dirección cubana) han sido antagónicas.


 

Actitudes metafísicas en relación con la izquierda en América Latina

La actitud más burda y cómoda ante la derrota cultural y política de las izquierdas latinoamericanas en la transición entre siglos consiste en declararla obsoleta y ‘efecto del pasado’. Declara J. J. Brunner:

La izquierda, tal como la concebimos durante los últimos veinte años, es un asunto del pasado. Pertenece al mundo de la máquina a vapor, del analfabetismo, del cine mudo, del control burocrático, de la fe en el progreso, del cientificismo positivista y del productivismo forzado. Tiene poco que ver con el mundo contemporáneo de las avenidas electrónicas y de la información, de las imágenes y las coordinaciones flexibles, de la complejidad y de la incertidumbre.[9]

Dejando de lado que el texto pretende que hoy no existe alternativa de izquierda para el carácter de los poderes constituidos, bastaría observar que la empírica ‘máquina de vapor’ o el expresivo ‘cine mudo’ forman parte, reconfigurados bajo la forma del chip o de la encadenada saga mercantil de La Guerra de las Galaxias, en tanto factores que expresan dinámicas estructuradoras y estructurantes, de la economía política capitalista actual, de una ‘cultura’ mercantil e integral de masas y de su sensibilidad ‘artística’ del espectáculo, para advertir que ninguno de ellos es meramente un ‘asunto del pasado’ al que se pueda despreciar y abandonar metafísicamente. El mundo que la gente hoy ve y siente (o, mayoritariamente, resiente) ha cambiado, sin duda. Pero sus lógicas estructuradoras son semejantes. Y, especialmente en relación con algunas de las exigencias contenidas por negación en estas lógicas, la necesidad de la revolución radical, por ejemplo, el pasado es hoy y será también mañana. Asunto distinto es que el testimonio de esta revolución no tenga éxito.

Se puede insistir: el analfabetismo, que se reclama como ‘cosa del pasado’, y al parecer metafísicamente constitutivo de la izquierda, existe empíricamente hoy como efecto (social) de no poder agregar significativamente valor a las mercancías en el mercado global. Este analfabetismo actual es una forma ‘superior’ del analfabetismo ‘tradicional’ que consistía en no poder leer ni escribir o firmar y en tener que aceptar entonces la existencia o de “ama de casa” o “empleada doméstica”, espacio en los que el analfabetismo era permisible, o de peón agrario en el latifundio, espacio en el que el analfabetismo, para la dominación, resultaba necesario y deseable. Hoy las ‘amas de casas’ y las ‘domésticas’ en América Latina pueden estar incorporadas como usuarias a las avenidas electrónicas y sus coordinaciones flexibles (de hecho, mayoritariamente no lo están), pero no agregan valor significativamente a esos circuitos económicos y, por ello, no pueden darle carácter ni apropiárselo, ni comunicarlo. En cuanto al peón agrario tradicional, baste decir que en dos economías grandes del área, Brasil y México, el analfabetismo oficial supera, como media, el 10%, y que en países empobrecidos como Haití, Nicaragua y Honduras, la media de analfabetos supera el 34% de su población. Económica y culturalmente el desafío del analfabetismo, bajo sus formas de no saber leer ni escribir o de no agregar significativamente valor a las tramas económicas, no es en América Latina asunto del pasado. Se trata de un signo estructural y no de una disfunción situacional a superar progresivamente. Así que si alguna vez la izquierda fue interpelada por el ‘analfabetismo’, y como éste no es cuestión del pasado, entonces la izquierda, al menos en este punto, sigue vigente.

Y en cuanto al control burocrático, es decir a las decisiones de escritorio, ¿no está amarrada hoy la población latinoamericana, y no solo ella, a la especulación que ejerce el oligopolio de las transnacionales petroleras sobre los precios del producto, especulación a la que se suman las decisiones también burocráticas de la dirigencia china e india de intensificar su producción nacional centrada en este recurso con entera independencia de las necesidades humanas de la población mundial, en particular de los más empobrecidos y de la reproducción del hábitat natural global? Los burócratas no son exclusivamente dirigentes o funcionarios estatales. Las corporaciones capitalistas poseen también sus burocracias sensibles únicamente al incremento de sus ganancias particulares con total independencia del control que la gente quiera adquirir sobre sus existencias. Y este control es una demanda moderna que, en tanto tarea, corresponde a la izquierda aunque sea porque nadie más la asume.

Pero no se trata aquí de discutir punto por punto cómo es que no solo el futuro sino también el pasado nos alcanzan y exigen ambos izquierdas radicales. La cuestión contenida en las discusiones sobre analfabetismo, cine mudo y determinación burocrática ha sido asumida modernamente por las izquierdas como formas inaceptables, por innecesarias, de violencia sobre los seres humanos y en particular contra la posibilidad de ser sujetos de sus sectores sociales más vulnerables. No es la avenida electrónica por sí misma la que produce violencia. Es el sistema de propiedad privada y su reproducción política lo que la gesta y le imprime su carácter, y es la sensibilidad cultural o espiritualidad, que aceita y subjetiviza su reproducción, las que la tornan violenta, colonizante y represiva cuando ello no es existencialmente necesario porque la escasez y la discriminación podrían ser superadas abriéndose con ello la posibilidad de materializar históricamente la soberanía popular e instituciones de autogobierno. La izquierda radical se pronuncia contra la violencia innecesaria o excedente que anula o rebaja al sujeto humano universal avisado por la modernidad. La lógica del capital es inimaginable sin esta violencia que sostiene sus discursos sobre propiedad individual y corporativa excluyentes, sobre el Estado de derecho, ‘democracias’ de minorías,  consumo conspicuo, derechos de agencia, liberación genital o la guerra global preventiva. En América Latina incluso obispos católicos han hecho sus aportes para la crítica de la violencia estructural (local y geopolítica), institucional y situacional, que ha campeado y sigue vigente en el subcontinente y en las relaciones internacionales. Uno de ellos, Óscar Arnulfo Romero, validó éticamente la violencia sin odio de los contingentes revolucionarios del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional de El Salvador.

Formaciones sociales sin violencia estructural, o sea donde ésta queda reducida a casos, forman parte del imaginario de las izquierdas que buscan producir ‘otra’ modernidad, otros mundos, desde la actualidad conflictiva de la modernidad imperante. En ésta, la violencia está omnipresente. No lo disimula aunque articule frustraciones y agresiones ‘gratificantes’ mediante una red mundial de información (que no de comunicación y comunidad) y promueva una economía del conocimiento que posee como correlato la esclavitud no solo de quienes “no saben”, sino también de los ‘especialistas’. Escribe uno de sus apologistas, P. Drucker:

Así que en la sociedad postcapitalista los capitalistas se han vuelto empleados. Se les paga como empleados. Piensan como empleados. Se ven a sí mismos como empleados. Pero actúan como capitalistas.[10]

Actúan como capitalistas porque de la productividad de su trabajo, según Drucker, obtienen ganancias, no salarios. Pero siguen esclavos de la lógica de acumulación de capital. Esto quiere decir, entre otras cosas, que no pueden pensar por sí mismos y para sí mismos. Son fichas de un juego infinito que carece de exterior y de sujetividad, como en The Matrix. En relación con las promesas de la modernidad, esto es una guerra.

El mismo Drucker no puede evitar referirse a que en la economía del conocimiento (sociedad postcapitalista) surge el reto social de la ‘dignidad’ de la segunda clase de dicha sociedad: los trabajadores de servicios. Esto porque ellos

… por lo general carecen de la necesaria educación para ser trabajadores de conocimiento. Y en todos los países, incluso en los más adelantados, constituyen una mayoría.[11]

En el imaginario de Drucker esta escisión/enfrentamiento entre trabajadores del conocimiento y trabajadores de servicios enfrentará culturalmente a los ‘intelectuales’ (pudo haber escrito los ‘inútiles’), interesados en ‘palabras e ideas’ y los ‘gerentes’, interesados en los individuos y su productividad. Es decir que cuando ‘ya no existan obreros’, la lógica del capital seguirá produciendo ‘enfrentamientos de clases’.

Aunque América Latina como conjunto ni vislumbra siquiera esta fantasía postcapitalista druckeriana, la izquierda sería necesaria para organizar la producción y encuentro con su dignidad de la segunda clase, los trabajadores de servicios, y para discutir la relación existente entre ‘palabras e ideas’, la empresariedad humana (como colectivo económico y especie) y la destructiva propiedad capitalista. Y al hacer esto hará violencia analítica y práctica al postcapitalista Mundo Feliz de Drucker.

No es necesario, sin embargo, hacer referencia a las ideologías gestadas en el marco de las economías opulentas y derrochadoras para posicionar el tema de la violencia sociohistórica (interesadamente identificada por quienes administran el sistema con odio, terrorismo, guerra civil, lucha armada, huelga o sabotaje) y la contraviolencia popular y de izquierda. La situación generalizada de América Latina, en el inicio del siglo XXI, continúa siendo la de aportar a la acumulación mundial de capital principalmente mano de obra barata, recursos naturales y commodities, transferencias de capital por diversos rubros y emigrantes no-deseados. A esta realidad económico-social se le agrega la acentuación de la polarización social existente desde siempre. Chile, país modelo en el período, funciona con un 8.5-10% de desempleo oficial y un incremento acelerado de su coeficiente Gini (0.57; en EUA es de 0.38. Los números inferiores indican menor desigualdad) bajo los gobiernos ‘democráticos’ de la coalición ‘socialista’.

 Tampoco es necesario aumentar las referencias empíricas. El muro construido recientemente entre Estados Unidos y México para evitar el flujo no deseado de emigrantes debería bastar. Un analista conservador, expositor de la urgencia moral de asesinar a los dirigentes ‘de izquierda’ (como Chávez, Castro, Morales y Humala) describe así la realidad latinoamericana del 2006:

Existen en nuestras tierras miseria, explotación, marginación, corrupción, abuso de poder y un largo etcétera de vicios que estimulan naturalmente la frustración, el rencor y el anhelo de un cambio.[12]

Por supuesto no son ‘vicios’, en su sentido moral, o disfunciones, sino efectos y condensaciones inevitables de estructuras, lógicas e instituciones del capitalismo dependiente entretejidas con dominaciones de género, imperios generacionales y señoriales, racismo, desprecio por el hábitat natural y simulacros culturales que llevan a subjetividades falseadas, como la cristiana-católica, por ejemplo, condensaciones en relación con las que solo mediante la resistencia y la organización es posible construir identidades efectivas y actitudes-comportamiento de sujeto. Desde estas violencias, y sobre el trabajo orgánico con que la gente y la ciudadanía pueden combatirlas y transformarlas liberadoramente, es que se gestan y edifican las izquierdas latinoamericanas. O al menos deberían hacerlo si examinan críticamente su pasado.

La otra gran rama metafísica posicionada respecto de la izquierda latinoamericana, es la de los ortodoxos variados y que pueden ser personificados por organizaciones, dirigentes o intelectuales. Para ellos no fue destruido el Muro de Berlín, no existieron revoluciones populares en los países de Europa del Este, el socialismo en un solo país (o lugar) no fracasó, lo que colapsó fue el stalinismo, el imperialismo es un tigre de papel o economía política y nunca una extendida subjetividad, la unidad de la clase obrera o de los sectores revolucionarios es un dato de la realidad situacional, liquidados los herederos de Stalin vienen ahora los tiempos de los ‘verdaderos’ Marx-Engels, Lenin, o de Trotsky, Gramsci o Rosa Luxemburgo, o peor, los de Negri-Hardt (éstos moda más que ortodoxia), la vanguardia iluminada ahora con nuevos instrumentos matemáticos conducirá a la huelga general a los trabajadores o a la toma del poder a los militantes insurrectos y las masas. Si hay capitalismo e imperialismo, entonces, en todo momento o en alguno, vendrá la revolución y el socialismo de clase. Se trata de reconocerlos donde estén y de proclamarlos a gritos o universalmente, para que funcionen. Quien no lo hace así es porque, en opinión de James Petras, por ejemplo, ha abandonado la lucha de clases, ha sido asimilado por el “establishment” político-liberal o su periferia de ONGs[13]. O sea, se ha mudado de clase.

Otro autor, también con prestigio, Atilio Borón, se deja decir que ‘las’ democracias solo pueden existir en sociedades igualitarias, donde todos los ciudadanos pueden disfrutar de sus libertades y donde las instituciones representen a las mayorías de pobres. Como el capitalismo polariza socialmente, excluye y acentúa la desigualdad social pervirtiendo las libertades, y en América Latina gobiernan minorías consensuadas con el voto de mayorías inducidas o su abstención, entonces Borón concluye, en el año 2006, que el único régimen democrático en el subcontinente es Cuba[14].

Si regaláramos que todo lo anterior fuese cierto (y al menos una afirmación es polémica), se seguiría que deberíamos seguir el ejemplo cubano, o al menos su actitud, si quisiéramos tener regímenes democráticos que favoreciesen sistémicamente a la mayoría de empobrecidos. Esto, sin duda, sería revolucionario en América Latina. Pero, ¿qué pasa si la gente, incluso aquellos que sienten admiración y respeto por el proceso revolucionario cubano, no quiere seguir, por sus resultados, ese camino? Lo que hace Borón es retomar una serie de polémicas legítimas en el marco de la confrontación Este/Oeste. En ese período del siglo XX se opuso los regímenes democráticos capitalistas a las democracias populares o el Estado ‘de clase’ al Estado de ‘todo el pueblo’ y ello en relación con un sentimiento de inevitable triunfo del socialismo. Pero hoy esa confrontación entre esos imaginarios ideológicos y una reafirmación de esa filosofía de la historia carecen de sentido. Fuera de esa disputa, por ejemplo, incluso autores como R. Dahl ponen en cuestión que las poliarquías (democracias defectuosas) del capitalismo permitan al ciudadano ejercer su libertad de elegir gobernantes, debido al carácter discriminatorio y concentrador de riqueza del mercado[15]. Y esto quiere decir que la cuestión de la existencia de regímenes democráticos no pasa por la oposición entre democracias burguesas y democracias populares porque ninguna de las dos lo ha sido. El punto central, sin embargo, es que el principal desafío de izquierda, que es la cuestión revolucionaria y, en este caso, su relación con lógicas democráticas, no se resuelve solo ni principalmente por el enfrentamiento entre modelos o paradigmas, sino también y sobre todo en el campo de los sentimientos (subjetividades y sujetividades) de los diversos sectores sociales que deben ser actores y sujetos de los procesos revolucionarios. Los valores democráticos son una experiencia de vida (institucionalizada o no) o son poca cosa. La tradicional ‘toma del poder’ consiste en la experiencia de gente que se transfiere autonomía y autoestima, no en que el Estado, el partido o el líder les proporcionen más y mejores servicios. Y esto quiere decir que ni las procesos revolucionarios ni las instituciones democráticas pueden imponerse a la población, como parecen creerlo Petras y Borón. Hoy, si ‘la’ revolución tiene que imponerse a la población, entonces no será revolución. En parte sabemos esto porque cuando las revoluciones son impuestas (y puede haber razones muy poderosos que lo exijan) nos obligamos a comulgar con ruedas de carreta como la afirmación de que Cuba es el único país democrático de América Latina y el Caribe. Primero, esa cuestión sustancializa arbitrariamente el concepto/valor de democracia con un alcance politicista. Esto quiere decir que en Cuba existen algunas instituciones animadas por lógicas democráticas, como el acceso a la educación, pero esto no la transforma en ‘la’ democracia. Segundo, lo que existe en América Latina son diversos regímenes de minorías que se llaman a sí mismos “democráticos” (con instituciones mejor o peor animadas por lógicas democráticas) o, en el extremo de la ideologización, que identifican sus instituciones con ‘la’ democracia. Por último, no se ve qué gana el régimen cubano con que lo llamemos ‘democracia ejemplar’, si su altísima concentración de poder político y cultural (correlato en parte del embargo/bloqueo/agresión estadounidense y de su soledad hemisférica), ha permitido por décadas que su población mayoritaria disfrute de educación, salud y autoestima efectiva muy por encima de los indicadores del resto del subcontinente. Política y culturalmente en Cuba se ha desarrollado una experiencia de ‘socialismo carencial’, inevitablemente autoritaria y selectivamente represiva porque siempre ha estado en la mira de la conspiración y de la guerra. Y las sociedades a las que sus enemigos desean el peor destino y sufren la guerra no hacen lo que quieren, sino lo que pueden para sobrevivir. Sobreviviendo, con sus penurias y logros, Cuba hace mucho para todas las izquierdas latinoamericanas. Pero hay que aprender a pensarla y a sentirla. Y sobre todo hay que evitar aferrarse a su proceso como un ‘concepto’ o ‘modelo’.[16]

En otro ángulo, Heinz Dieterich, combina politicismo ortodoxo al sostener tanto que un Bloque Regional de Poder (bolivarismo venezolano) se sigue de un acuerdo entre los presidentes de Brasil, Argentina, Venezuela como el que la democracia participativa tiene como referente las comunicaciones electrónicas (!) con un economicismo también ortodoxo cuya economía política socialista (y suponemos su éxito cultural) reposa en la novísima matemática del cálculo de equivalencias.[17]

En estas variaciones de metafísica ortodoxa, con sensibilidad milenarista, que por desgracia comprende también por doquiera a pequeñas organizaciones, persistentes y muchas veces heroicas, aunque también las hay personalistas y taimadas, quizás se encuentre un lugar común: el sentimiento de que la toma del poder es un fin en sí mismo, un punto de llegada (destrucción del antiguo régimen) y de partida: construcción del nuevo régimen. A este lugar común podría observársele que ‘la toma del poder’ forma parte de un proceso sociohistórico complejo por cambiar su carácter, y que este proceso carece de término: consiste en una lucha social y humana siempre abierta.

Respecto de estos criterios metafísicos sobre ‘la’ izquierda en América Latina, criterios encontrados, pese a su esterilidad común, por groseros unos y por sectarios y suicidas otros, resulta prudente avanzar al menos algunos criterios sociohistóricos, aunque sea para internarse significativamente en la discusión y el desencuentro. Sean éstos:

a) las izquierdas actuales no pueden ser exclusiva ni reductiva ni politicistamente clasistas; esto no elimina a las izquierdas de clase (aunque si cuestiona a las izquierdas politicistas de clase). Para efectos situacionales las estima un factor o componente de la lucha de izquierdas. Pueden o no estar empíricamente presente. Para efectos estructurales, demanda a todos los sectores sociales y organizaciones de izquierda, como las de mujeres populares con teoría de género, por ejemplo, o al movimiento social por derechos humanos, a entender y asumir el peso o rango del factor de clase en sus propias y particulares luchas sociales;

b) las izquierdas se gestan desde experiencias de contraste sentidas y analizadas por la gente en su existencia cotidiana. Por ello se conforman como factores de comunicación, de organización, de coordinación y de lucha de movimientos y movilizaciones sociales. Las izquierdas, incluyendo su analítica, se hacen desde la gente no para la gente ni menos ‘a pesar de ella’. Las izquierdas no comparten la tradición iluminista burguesa porque no existe una sola razón ni para luchar ni para construir humanidad. Esto no anula ni la individualidad ni los liderazgos en los movimientos sociales. Socialmente ser moderno significa aceptar que florezcan y combatan apasionadamente todas las razones, en especial las populares. Y los liderazgos surgen en emprendimientos comunes;

c) en las sociedades modernas todas las situaciones de dominación y cada una de ellas tienen su contraparte (efectiva o virtual) liberadora. Se puede determinar conceptualmente a esta contraparte como “popular”. Asumir las tareas liberadoras o populares, que comprometen cuestiones de identidad (subjetividad/sujetividad), de organización, de liderazgo democrático, de analítica, planes de lucha e incidencia político-cultural, es cuestión de los sectores populares y en estas tareas pueden contribuir como factor para su empoderamiento las organizaciones de izquierda. La gente es de ‘izquierda’ cuando se organiza para combatir, en entornos que no se controla enteramente, por su autonomía, su autoestima y su responsabilidad personal, social y genérica (producción de humanidad) en tanto todos estos referentes contienen la transformación radical y liberadora de esos entornos[18], entendidos como tramas sociales, y de sí mismos;

d) la izquierda social es plural (étnico-económica, libidinal, obrera, ciudadana, ecológica, campesina, generacional, etc.) y también política porque busca incidir en la transformación liberadora de la sociabilidad fundamental (o sea en las lógicas que animan las tramas sociales básicas). Al cambiar el carácter del poder (servicio  en lugar de imperio, solidario y no egoísta, comunitario en oposición a vertical e individual, transferible o fluido y no autoritario, coherente en la relación de medios y fines enfrentando a la simulación) devienen no peticionarios del Estado, en sentido amplio, o sea incluyendo medios masivos, escuelas e iglesias, o clientelas de ONGs, sino sectores identitariamente organizados en resistencia activa a sus expresiones orgánicas, sus prácticas y su sentido cultural. En esto consiste básicamente el proceso por la transformación del carácter del poder que torna obsoleta la distinción, por ejemplo, entre sociedad’ civil’ y sociedad ‘política’ de inspiración claramente burguesa;

e) la omnipresencia de lo político en las sociedades modernas permite a las izquierdas trabajar, o sea resistir y proponer o cambiar organizadamente situaciones y lógicas de opresión, desde cualquier lugar social. Económico-social y cultural, por ejemplo, como es la experiencia del MST brasileño. O libidinal, como es el caso de las luchas de mujeres con teoría de género, los movimientos ecologistas radicales y también las activaciones campesinas. O estrictamente cultural, ejemplificado por quienes quieren vivir su fe religiosa de una manera explícitamente política. Dimensiones como la experiencia social libidinal, la económico-social, la ecologista, campesina y religiosa no se dan aisladas. Concurren todas en cualquier sector popular, pero solo alguna o algunas de ellas son resentidas directa e inmediatamente por grupos específicos. Este resentimiento directo e inmediato genera experiencias de contraste que pueden desplegarse orgánicamente como movimientos, movilizaciones y partidos de izquierda que buscan incidir hasta transformar radicalmente el sistema. A este imaginario popular no le resulta ajena la tesis clásica de que la relación salarial puede gestar entre los trabajadores experiencias de contraste que los lleven primero a resistir y dar luchas, luego a organizar sindicatos y confederaciones y también a expresarse insurreccionalmente;

f) el carácter plural de las izquierdas sociales, que son al mismo tiempo políticas, reconfigura el imaginario clasista, clásico en la izquierda socialista, en al menos dos sentidos. En primer lugar hace del factor de clases, referencia del modo de producción y de la estructura social, uno de los ejes fundamentales de la lucha política, pero no el exclusivo (ni, obviamente, con legitimidad excluyente). Junto al eje de clases, y combinado con él, aparece el eje libidinal (administración social de la energía sexual), referencia del modo de reproducción que opera en las situaciones y coyunturas sociales y que se expresa como identificaciones de y para el sistema en la existencia cotidiana. Sin duda el eje de clases determina formas de la subjetividad (y de una sujetividad falsa), pero para hacerlo se articula con determinadas formas de dominación-gratificación de la libido socialmente administrada. Una obrera es también una mujer joven o anciana y un obrero es también un macho adulto o un niño o un bisexual. No pueden vivir sus identificaciones laborales sin referirlas a su sexo-género (mujer-de-obrero, hija-de-obrero, madre-de-obrero, obrera) y condición etaria y éstas ponen de manifiesto instituciones patriarcales que, en América Latina, poseen un brutal refuerzo clerical. La existencia de una anudación entre dos ejes básicos de dominación y su alcance sobre las subjetividades y sujetividades por la vía de la gratificación (concedida o negada) hace de la existencia cotidiana el espacio inicial de toda acción política que se desee eficaz y, también, su lugar de llegada. La existencia cotidiana es el lugar donde vive la gente, o donde la gente experimenta la existencia; la gente no siente la existencia a través de conceptos o analíticas, sino por felicidades o infelicidades. ¿Qué te gratifica y cómo? es siempre una pregunta política en las formaciones sociales con principios de dominación.

El segundo efecto sobre el imaginario tradicional de clases se sigue de que al ser la existencia cotidiana en tanto esfuerzo de liberación el punto de partida objetivo y subjetivo de la política, las izquierdas aparecen marcadas por lugares sociales sentidos y no pueden privilegiar en ellos, por principio, ninguna dominación que no sea la resentida por los sectores populares como principal o radical. El efecto inmediato es la pluralidad o diversidad de las izquierdas y su defecto la espontaneidad que puede ser efímera, por clientelista, de su agitación. Corresponde a la teoría o analítica popular y a su práctica de articulación superar estos factores sin anular política ni conceptualmente los específicos dolores sociales sentidos y transformados en gratificaciones autónomas cuya vivencia asegurará, junto a otros factores coyunturales, que los combatientes ‘llegarán hasta el fin’. En América Latina las izquierdas deben dar testimonio ‘hasta el fin’, aun cuando sean derrotadas. Esta ética y mística del ‘hasta el fin’ hará surgir nuevas luchas populares o izquierdas, éstas últimas siempre necesarias aunque muchas veces prohibidas.

La diversidad de izquierdas supone que la política de izquierda se alimenta de distintos destacamentos, con distinta memoria de lucha y temporalidad, diversas formas orgánicas y variados niveles analíticos. Nada más lejos de esta imagen que la sólida ‘unidad de la clase obrera’. En realidad, el que solía ser sólido y unitario era el partido de vanguardia, no ‘la’ clase, una referencia del abstracto modo de producción que, en la existencia diaria se mostraba inevitablemente como diversidad y a veces hasta internamente enfrentada. Los sectores populares trabajan en cambio con diversos ritmos que responden a distintas premuras y diversas percepciones estratégicas. A veces están y en otras no. Para que estén siempre o casi siempre debe realizarse un trabajo político. Este trabajo corresponde a las organizaciones partidarias de nuevo tipo. Su función: crear espacios de encuentro, conectar y coordinar trabajos, darlos a conocer nacional e internacionalmente, contribuir mediante el diálogo con la teoría popular, condensar, expresar y comunicar los niveles de lucha sin falsearlos, complementar sin hegemonizar, cooperar sin dirigir, crecer en nervio y sabiduría popular. Ser factor de una transformación de la cultura política vía el aporte testimonial en la transformación del carácter del poder. Con esos caracteres, además, pueden ser escuela para cuadros de gobierno.

Por supuesto, el cuadro social anterior parece exageradamente fragmentario, fluido y volátil para ser manejable. Marta Harnecker ha considerado la dificultad del punto y tiende a resolverlo mediante una reconfiguración del centralismo democrático (al tradicional lo denomina centralismo burocrático). Su preocupación, legítima, es la eficacia política:

No hay entonces eficacia política sin conducción unificada que defina las acciones a realizar en los distintos momentos de la lucha. Esta conducción única se hace posible porque ella refleja una línea general de acción que ha sido discutida por todos los miembros y acordada por la mayoría. Aquellos cuyas posiciones han quedado en minoría deben someterse en la acción a la línea que triunfa, desarrollando junto a los demás miembros las tareas que se desprenden de ella.[19]

Una ‘discusión por todos los miembros y acordada por la mayoría’ contiene como supuesto una racionalidad común a todos los que discuten. Esta abstracción no existe entre los diversos destacamentos populares. Lo que puede existir en común es la disposición de lucha, es decir una voluntad, pero las racionalidades que conforman esa voluntad pueden ser variadas. La discusión es por tanto no solo racional o intelectual sino política y su objetivo es no solo la acción coordinada, sino especialmente el reforzar la disposición de lucha y evitar que ella se pierda, subjetiva y sujetivamente, en cada destacamento popular que concurre a las políticas de izquierda o al proceso revolucionario. No se trata, por tanto, centralmente, de un juego de mayorías-minorías en las que las últimas se pliegan racionalmente a las primeras, sino de un espacio en el que se resuelve participar o no con intensidad radical porque en ello se compromete la producción de identidad.

De lo anterior se desprende no una dirección unificada (o sea temporalmente hegemónica) sino una coordinación efectiva de las subjetividades comprometidas en la lucha. Son estas subjetividades, o sea los testimonios, los que convocan y configuran la plural y no delicuescente fuerza y movilización popular que constituye la base de las acciones, programas y organizaciones de izquierda.

Se siguen de aquí varios corolarios: no existe ‘línea general de acción’, sino una matriz común en la que se inscriben distintas líneas básicas de acción coordinables. Este posicionamiento tiende a resolver la tensión tradicional entre lo que es ‘reformismo’ y lo que es ‘revolucionario’.  El reformismo es enemigo de los revolucionarios solo si estos últimos no existen políticamente (o sea carecen de capacidad de incidencia). Tampoco todos los grupos participan en las mismas acciones. Cada sector contribuye con la especificidad de lucha que siente y lo que debe procurarse es que esa lucha refuerce la matriz común de izquierda radical y empoderar al sector en sus luchas específicas. La cuestión central a resolver en la práctica no es el de la dirección única, sino el de la hegemonía que sociohistóricamente siempre se ha deslizado hacia el autoritarismo. Para las izquierdas, el autoritarismo nunca es eficaz o su ‘eficacia’ tiene un letal costo estratégico.

Pero entrar a considerar estos puntos ya nos ha alejado bastante (aunque no lo hayamos superado) de las metafísicas que oscurecen todavía significativamente las discusiones sobre las izquierdas latinoamericanas y sus prácticas.


Notas

[9] Brunner, José Joaquín: “La izquierda necesita morir para resucitar”, en Bienvenidos a la modernidad, págs 123-124. Lo que se sostiene es que el despliegue civilizatorio de la modernidad habría terminado por anular su radicalismo revolucionario y que ahora la autonomía y autoestima universal de las personas se seguirá, por ejemplo, de las ‘coordinaciones flexibles’.

[10] P. Drucker: La sociedad postcapitalista, p. 75. Debido a su imaginario centrado en el individuo, Drucker saca de su argumento una conclusión contraria a la que él contiene: “Una consecuencia es que ahora el capital sirve al empleado, mientras que bajo el Capitalismo el empleado servía al capital” (ídem). En realidad, todos sirven a la lógica de la acumulación bajo el dominio de las grandes corporaciones.

[11] Drucker, op. cit., p. 9.

[12] Vicente Echerri: “Ideología que sobra y programa que falta”, en Tiempos del Mundo, Año 9, N° 16 (489), p. 13, 4 de mayo del 2006, Centroamérica y el Caribe.

[13] James Petras: Neoliberalismo en América Latina. La izquierda devuelve el golpe, p. 205. Petras ve los embriones del nuevo socialismo en el MST brasileño, mineros, campesinos del sur y sindicatos de La Paz (Bolivia), el enfrentamiento campesino al capitalismo militarizado en Paraguay, el avance de las guerrillas en Colombia (?), la CUT y el Partido Comunista chileno, los sindicalistas y los movimientos provinciales en Argentina y el FZLN en México. La lectura que hace, a finales de los noventas, de estos procesos (y de otros básicamente enumerados) es enteramente politicista, abstracta por testimonial y fantasiosa. Para él ‘la’ revolución se hace desde el compromiso y la lucha de clases. No se interesa, por ejemplo, en preguntarse cómo podrían movimientos rurales convocar y captar la subjetividad política de sectores urbanos mayoritarios, uno de los factores que ha llevado al aislamiento y la derrota al FZLN. Probablemente habrá que hacer ‘la’ revolución contra ellos.

[14] Atilio Borón: “Costa Rica no es una democracia”, en Semanario Universidad, N° 1655, febrero/marzo del 2006, p. 11.

[15] R. Dahl: La democracia y sus críticos, págs. 390-392.

[16] Su principal dirigente, Fidel Castro ha advertido, en uno de los discursos que pueden considerarse como su legado, que el proceso cubano puede ser revertido debido a errores internos.

[17] Entrevista al profesor Heinz Dieterich Steffan, en Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.. En Internet se localizan abundantísimas opiniones de este catedrático de origen alemán, todas ellas politicistas/economicistas. Lo único que no parece importarle a Dieterich es la gente, o sea su subjetividad.

[18] Económicos, libidinales, generacionales, étnicos, políticos, culturales y religiosos, locales e internacionales, y sus anudamientos. En tanto los entornos no son nunca de completo dominio humano, las izquierdas realizan ‘apuestas’ liberadoras que no son ni enteramente ‘científicas’ ni tampoco absolutamente aleatorias. Que sean ‘apuestas’ no exime de responsabilidades.

[19] Marta Harnecker: Haciendo posible lo imposible, # 1240, págs. 359-360.


 

Condiciones para el retorno ‘electoral’ de las izquierdas latinoamericanas

Se señaló, en el inicio de esta presentación, que el ‘retorno electoral de las izquierdas’ en América Latina podía ser considerado más una imagen para sostener la ‘normalidad’ de la realidad actual de estas naciones y poblaciones que un signo de que algo esté cambiando en la cultura política de la población y en especial de sus sectores populares y organizaciones dirigentes. Entre finales de abril y comienzos de mayo de este año en curso (2006) la firma de un acuerdo comercial y político entre Bolivia, Cuba y Venezuela (Tratado Comercial de los Pueblos), acentuó la posibilidad de muerte para la Comunidad Andina de Naciones, sostenida hoy principalmente por Perú y Colombia que, a su vez, pretenden hacerla compatible con TLCs con Estados Unidos. La firma del Tratado Comercial de los Pueblos, inscrito en el marco del proceso bolivariano liderado por Venezuela, podría tener el efecto no deseado de transferir con diversas modalidades el aislamiento hemisférico cubano a sus pares boliviano y venezolano. Estamos hablando aquí de mecanismos de desagregación regional, o centrífugos, cuando urgen procesos de articulación e integración que empoderen a poblaciones y gobiernos para enfrentar los desafíos de la mundialización con acciones de carácter social-nacionales y subcontinentales.

El retorno de ‘la’ izquierda podría estar asociado, de esta manera, con el escenario de una desagregación derivada de comportamientos gubernamentales/estatales que obviamente no favorece a esta izquierda. La referencia se fortalece porque el proceso de una desagregación regional contiene asimismo, en este corto período, la negativa reacción inicial del gobierno brasileño ante la nacionalización de los hidrocarburos por parte de Bolivia, la apuesta del mismo Brasil por una hasta el momento fantasmagórica Comunidad Sudamericana de Naciones (distante del proceso bolivariano) cuando ni siquiera puede contribuir a atender con propiedad las diferencias entre los gobiernos de Argentina y Uruguay, y otras más históricas entre Paraguay/Uruguay y Argentina/Brasil, que acentúan la debilidad (algunos prevén su muerte) del Mercosur. Agrega elementos negativos a esta situación la disposición de Uruguay a firmar un TLC con Estados Unidos. Éste, de darse, se agregaría a los ya firmados con Chile, Centroamérica y República Dominicana, Colombia y Perú. Así, el segundo escenario imaginado y puesto en práctica por Estados Unidos para anexarse América Latina y el Caribe en esta etapa de la mundialización[20], los acuerdos comerciales bilaterales, más las acciones defensivas, pero también politicistas y en cierta manera inconsultas, bolivarianas y antiimperialistas del gobierno de Venezuela, y de su polo de atracción, contribuyen a tornar más frágil el Mercosur y con ello a fortalecer los posicionamientos y planteamientos no-izquierdistas respecto de lo político (un economicismo vinculado a la apertura y a la inversión directa extranjera) y a las instituciones políticas: el continuo ‘democrático’ consensuado al que nos hemos referido anteriormente. Si se lo mira así, las ‘experiencias gubernamentales de izquierda’, aunque su gestación no haya sido exclusivamente parlamentaria, o sea que puedan haber sido portadoras de un contenido social preponderante que excede lo ciudadano-electoral clásico o burgués, como es el caso de los procesos venezolano y boliviano, son todas ellas expresiones de administraciones sin mayor información ni participación ciudadana y popular y, por tanto, admiten ser valoradas como señales de que estas aparentes izquierdas siguen jugando de acuerdo a las reglas del politicismo burgués. Esto quiere decir que siguen funcionando sin una crítica social efectiva del comportamiento que llevó a las mayorías populares a aislamientos y derrotas, e incluso a aplastamientos, en el siglo XX. Si el punto central es que en América Latina una experiencia efectiva de izquierda tiene como eje un proceso de (auto) transformación de la cultura política popular de modo que los  diversos sectores que la conforman puedan movilizarse autónoma y permanentemente por sus necesidades, intereses e identidades, se podría concluir que un rasgo de las izquierdas latinoamericanas pasa por no insistir en transitar unilateralmente por estos caminos.

Pero se insiste. Y con entusiasmo patético. Declara Fernando Ramón Bossi, Secretario General de Organización del Congreso Bolivariano de los Pueblos en relación con el vigor de su organización:

Cuando los pueblos y sus organizaciones populares van tomando conciencia de la necesidad de integrarnos “desde abajo” y combatir unidos al imperialismo yanqui, la organización crece y avanza. Nada peor podemos hacer que subestimar la fuerza del enemigo y estar desunidos, descoordinados, ¿qué mejor que golpear juntos y simultáneamente al Imperio? La “unión hace la fuerza”, dice un viejo refrán, que debe ser la respuesta nuestra a otro viejo refrán que utiliza siempre el imperialismo “divide y reinarás”[21].

Los caracteres de este fragmento de declaración antiimperialista podrían haber sido suscritos en cualquier momento después de la Segunda Guerra Mundial. ‘¿Subestimar la fuerza del enemigo?’ ¿Podrá ser ésta una referencia actual?. Guevara escribía en la década de los sesentas del siglo pasado que el enemigo (se refería al clasista sistema imperial de dominación y a sus guerreros) era temible y brutal[22] y su observación no puede reducirse al campo de la lucha armada. Para enfrentar el sistema imperial de dominación se hace necesario un proceso de transformación radical de la subjetividad. ¿Se entiende que este trabajoso proceso de radicalización colectiva, no puramente verbal o politicista, podría alterar la polarización que, por ejemplo, debilita en este momento el proceso bolivariano en su cuna, es decir en Venezuela? ¿Se podrá enfrentar al imperialismo cuando significativos sectores medios de la población urbana lo quieren y adoptan (consciente o inconscientemente) y los estratos altos lo reclaman y publicitan como el único “way of life” deseable? El apoyo al modo de vida imperial (incluso a veces a sus migajas) constituye un factor positivo para muchas y variadas subjetividades latinoamericanas. Las izquierdas deben asumir este reto, factor básico para la sangrienta derrota del tránsito institucional al socialismo en Chile en 1973 y para el enfriamiento y debilitamiento de la guerra popular centroamericana en la década de los ochentas.

¿Integrarnos desde abajo contra un imperialismo (abstracto)? El imperialismo penetra la vida cotidiana y las subjetividades y genera falsas sujetividades. Desde esta concepción, el lema se transforma en: luchar desde los diversos lugares en que se experimenta vulnerabilidad e intentar articularlos. Se trata de otra concepción de la lucha política popular y de izquierda que no reniega tampoco de la brega parlamentaria, pero que esta vez también procura llegue hasta su fin.

El Secretario General de Organización del CBP hace cuentas alegres, todas abstractamente politicistas, con una excepción:

… muchas fuerzas que pertenecen al CBP han alcanzado importantes espacios de poder: Evo Morales por ejemplo hoy es Presidente de Bolivia de la mano del Movimiento al Socialismo (MAS), el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) de Nicaragua está a punto de ganar las elecciones presidenciales de este año; el Movimiento Barrios de Pie en Argentina está en un proceso de unidad con otras fuerzas populares y este mes se lanza el Movimiento Libres del Sur, donde muchos de sus miembros ocupan cargos significativos en el gobierno de Néstor Kirchner; el PRD de México también avanza en la elecciones presidenciales de 2006 con inmensas posibilidades; en Uruguay, con el Frente Amplio en el poder, muchos son los compañeros que ocupan cargos estratégicos; en El Salvador el Farabundo Martí sigue avanzando y fortaleciéndose… en Ecuador el movimiento indígena –Pachakutik, Conaie, Ecuarunari-- aumenta su poder de resistencia a la firma del TLC… el movimiento independentista de Puerto Rico cada vez incrementa más sus fuerzas…

Lo de Morales en Bolivia está en su fase inicial y puede perderse porque encuentra oposiciones de diverso carácter: de los sectores sociales que estiman ha llegado ya su momento de resarcirse de tanta explotación y dolor, de los sectores medios y de las minorías neoligárquicas y transnacionalizadas que desean independizarse del socialismo, de sindicalistas de inspiración trotskista e incluso de minorías indígenas que adversan como ‘traidor’ y espurio el liderazgo aymara de Morales. Y todavía no se nota con fuerza la oposición transnacional (europea, brasileña, estadounidense) ni internacional (FMI, BM, BID, etc.) ni su conspiración. Y todavía la jerarquía eclesial permanece callada. Los sondeadores de opinión valoran en cambio que cada vez más la población se desapega de ‘la’ democracia y se inclina hacia gobiernos fuertes pero efectivos. ¿Está condenada a fracasar la experiencia dirigida por Morales en Bolivia? Se trata de una pregunta mal posicionada. Debe trabajar social y políticamente como si fuera a triunfar. Si fuera así, aunque colapse, porque las relaciones de fuerza y la economía no se inventan ni transforman de un día para otro, el proceso volverá y será democráticos millones.

Bossi menciona un proceso social, el de Ecuador, que con sus conflictividades internas y derrotas ha querido ser un proceso que articula y convoca desde raíces. Como el MST brasileño. Como el EZLN mexicano. Convendría examinar y discutir los caracteres (avances, acumulaciones, retrocesos, fallos) de estas izquierdas no politicistas y recelosamente parlamentarias aunque vigorosamente políticas. No se trata de reemplazar modelos, sino de abrirse hacia otras actitudes que faciliten repensar las izquierdas.

Todavía una observación. El renacer meramente electoral de izquierda (si tal fuera el punto) contiene además de su desviación politicista otro desafío ejemplarizado con dramatismo por el gobierno encabezado por Lula en Brasil. Para poder alcanzar el gobierno el Partido de los Trabajadores brasileño debió darse una identidad parlamentaria[23]. Como partido parlamentario sin mayor control social tuvo que hacer suya, para sobrevivir y tener éxito, las experiencias de corrupción y venalidad inherentes a la autonomización del ámbito político propia de todas las formaciones sociales latinoamericanas y de su reproducción. Al hacer esto, dejó de ser alternativa de gobierno (y por fuerza de poder) y pasó a ser un partido más del sistema. En su momento, los otros actores de este mismo sistema le pasaron su factura. Un eventual segundo gobierno de Lula, no del Partido de los Trabajadores, estará aún más apresado por su propia historia parlamentaria que es la que, sin paradoja, alimenta las alianzas electorales que le permiten ‘triunfar’.

Dicho escuetamente: en América Latina los procesos electorales son parte de procesos mayores que pueden ser descritos como de corrupción del ámbito político (y su recomposición degradada), corrupción que se constituye en matriz de venalidad. La corrupción del ámbito político consiste en su autonomización respecto de las necesidades de la ciudadanía y de la población. La venalidad, en las acciones delictivas, con frecuencia impunes que, desde esa autonomización, protagonizan actores políticos, empresariales y sindicales. Este proceso solo puede ser evitado por el control que las organizaciones populares y su movilización social puedan ejercer sobre los actores y lógicas políticas. Este control es un ‘efecto’ de lo que hemos llamado transformación de la cultura política. Por el contrario, el ‘politicismo’ inherente a la corrupción del ámbito político es asumido como ‘natural’ no solo por los medios masivos y por la escuela, por citar dos aparatos que producen opinión pública, sino también por la mayoría de las organizaciones de ‘izquierda’. Se trata de la crónica de un suicidio anunciado.

Cerrando este apartado: la participación parlamentaria no constituye por sí misma un camino negado para las izquierdas. Lo es si las organizaciones tradicionales (o, peor, los movimientos sociales) se valoran politicistamente y esto quiere decir con independencia de las tramas, movimientos y movilizaciones sociales populares que deberían sostenerlas, oxigenarlas y controlarlas en tanto estructuras susceptibles a la corrupción y venalidad políticas al igual que al oportunismo (caracterizado aquí como olvido o relegamiento de los fines estratégicos). Estas movilizaciones (que pueden ser estimuladas pero no utilizadas por las organizaciones) son plurales, complejas de articular y exceden el tradicional enfoque de clases. La comprensión práctica de estos fenómenos abre el camino para discutir el lugar que debe contribuir a producir en América Latina una izquierda radical que se quiera políticamente eficaz.


Notas

[20] El primero fue el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA), hasta el momento abortado y cuyo fracaso abrió paso a los tratados bilaterales.

[21] Fernando Ramón Bossi: Entrevista, ALAI Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla., marzo-abril 2006.

[22] Ernesto Che Guevara: Crear dos tres… muchos Vietnam es la consigna.

[23] El Partido de los Trabajadores brasileño nació en 1980. A finales de esa década se valoró a sí mismo como una organización que conquistando el gobierno y apoyándose en el movimiento social podría transformar el carácter del Estado y avanzar hacia el socialismo. En esta concepción básica, similar a la chilena de Unidad Popular, ha fallado el apoyarse en una movilización social autónoma. La carencia deja al PT expuesto a la corrupción y venalidad propios del sistema parlamentario brasileño y frágil ante sus exigencias.


 

Notas sobre la izquierda en América Central

El editor me solicita que haga algunas referencias a la izquierda en América Central. Lo primero que habría que señalar es que ‘América Central’ es más una nominación geográfica (y geopolítica, desde el punto de vista de Estados Unidos) que una única zona económica y política e, incluso, cultural[24]. Lo que tiende a imperar en el área es, por tanto, la desagregación regional y también la falta de integración interna (nacional). Se trata asimismo de una zona empobrecida, en cuyo territorio habitan unos 40 millones de personas (población principalmente urbana), con un PIB promedio de casi 13.000 millones de dólares por año, que es la quinta parte del de Chile y un poco superior al de Uruguay, y en la que el componente agrario del PIB es significativo: más del 14% (Chile: 8.8%; EUA: 1.6%). En el área se encuentran dos de las poblaciones más vulnerables, solo por encima de Haití, de América Latina, Honduras y Nicaragua (PIB per cápita promedio, 860 dólares; Haití, 410; Guatemala, 1.940; Costa Rica, 4.270; Uruguay, 3.610).

En la medida que los procesos de industrialización centroamericanos presentan diversas formas de precariedad, incluyendo su no articulación regional y la pequeñez de cada economía y mercado por separado, la producción en el área debe importar insumos productivos (materias primas, tecnologías, etc.) y capitales, aspectos que acentúan su dependencia transnacional e internacional y sus efectos internos (estructuración de clases), como la incapacidad para constituir un proyecto de nación, avanzar hacia un desarrollo sostenible o ser internacionalmente competitivos. Por el contrario, su lógica económica y de clases redistribuye cada vez más regresivamente el ingreso, polariza a la población y desagrega tramas sociales básicas, potencia sectores informales, genera migraciones no deseadas y vuelve a las remesas de divisas de estos emigrantes pobres factor básico para economías como la de Nicaragua, donde estos retornos constituyen el 18% del PIB, y el Salvador, donde se elevan al 16%.

La inversión extranjera directa acude a la zona principalmente por su cercanía con el mercado estadounidense, su mano de obra barata, el no cumplimiento de la legislación laboral y ambiental, la intolerancia hacia la organización sindical autónoma y sus riquezas naturales (maderas, mariscos, algunos minerales, turismo). Las exportaciones principales ‘nacionales’ de cada economía son prácticamente las mismas: bananos, café, textiles, azúcar, carne. La inversión extranjera toma principalmente las formas de enclaves, zonas francas (con tratamiento impositivo privilegiado), maquila, agroindustria y áreas turísticas para opulentos. Aunque ofrecen empleos, ninguna de ellas colabora significativamente con el encadenamiento económico interno ni potencia la agregación de valor nativo a los productos; más bien son formas depredadoras y desagregadoras de inversión. Las argollas políticas reinantes, sin embargo, la consideran, con el endeudamiento externo, la única vía para el crecimiento.[25]

El apunte económico-social anterior se complementa con la precariedad de un Estado de Derecho (es azaroso y, por tanto, inexistente), la simulación de instituciones democráticas, como el sufragio y los partidos políticos, la violación sistemática e impune de todo tipo de derechos humanos (políticos, fundamentales, económico-sociales, culturales, étnicos, ambientales, etc.), el conservadurismo ideológico, la presencia militar y paramilitar en política (especialmente en Guatemala) y en la existencia económica, la concentración excluyente de poder y prestigio, el carácter oligárquico, patriarcal y minoritario de la ‘alta’ cultura, y la descomposición social que se expresa en el auge de la delincuencia y el incremento del narcotráfico.

El área, además, forma parte de la Cuenca del Caribe, zona marítima considerada frontera estratégica por parte de Estados Unidos. Resulta así geopolíticamente importante y de esta importancia se siguió la Guerra de Baja Intensidad que desangró la zona durante la década de los ochenta del siglo pasado. Los embajadores de Estados Unidos en estos países ni siquiera se refieren a ellos hoy como su “patio trasero” o “repúblicas bananeras”, sino como su “gallinero”. Entre los grupos dominantes este calificativo no despierta irritación ni resistencia. La convicción de que sin Estados Unidos sus privilegios se pulverizarían es completa, excepto quizás en Guatemala. El “american way of life”, que ostenta aquí algunos de sus rostros más brutales y discriminatorios (imitados por las minorías en el poder), se asume por estas tierras por sus sectores dirigentes como el sentido de toda existencia. Por ello en el último período campean las formas y medidas más grotescas del neoliberalismo, en su versión latinoamericana. En Costa Rica, por ejemplo, la resistencia de algunos sindicatos públicos (los empresarios no permiten sindicatos privados) a un Tratado de Libre Comercio con EUA, negociado de tal manera que refunda al país en la insolidaridad y la discriminación, es calificada como “terrorismo pasivo”. Los gobiernos de Costa Rica, El Salvador, Honduras y Nicaragua apoyaron con entusiasmo la invasión de Irak el año 2003 y al menos los tres últimos países aportan hoy mercenarios para trabajos militares menores (de protección) o “sucios” en territorio irakí o afgano. Algunos costarricenses de origen participan en la ocupación militar como soldados estadounidenses. En Guatemala, en cambio, con una brutal experiencia en genocidio, grupos sociales, en especial pueblos originarios, rechazaron con energía la invasión y la ocupación de Irak. Apuestan por la solución pacífica de los conflictos.

Todavía debe agregarse que parte de las estructuras públicas, asambleas legislativas, cortes, policía y militares, suelen vincularse con delincuencia común (robos de automóviles), desapariciones, amenazas, narcotráfico, industria del secuestro, venta de pasaportes y tráfico de influencias. La mayor parte de estos delitos no se investigan o por una u otra determinación quedan impunes.

En un área con estas características puede esperarse la multiplicación de experiencias de contraste de inspiración popular, rural y urbana, que se prolongan en luchas sociales y políticas, usualmente con contenido antiimperialista y popular. En El Salvador, por ejemplo, la caída de los precios del café, a inicios de la década de los treintas del siglo pasado, generó una insurrección dirigida por el Partido Comunista. Fue reprimida salvajemente por los militares con un saldo que, según sea el historiador, va de 10 mil a 30 mil muertos. El principal dirigente de la insurrección era Agustín Farabundo Martí. Los gobiernos militares, después de la matanza y apoyados en la fuerza y el fraude se prolongaron en El Salvador hasta entrada la década de los ochentas, momento en el que la política de Estados Unidos hacia el área instaló en todos los países, excepto en Costa Rica, que ya lo tenía, un gobierno civil. El saldo de víctimas humanas de la última guerra (1978-1992), que enfrentó al FMLN contra las fuerzas militares oficiales respaldadas por EUA, fue de 75.000 muertos, 8.000 desaparecidos y casi un millón de desplazados. Las muertes selectivas incluyeron el asesinato de un arzobispo (Óscar Arnulfo Romero) y de un colectivo de jesuitas. En otro ejemplo, Estados Unidos ocupó Nicaragua en 1912 y hasta 1933, gestando las condiciones para una resistencia militar nacional y popular encabezada por César Augusto Sandino. Asesinado Sandino, una dictadura familiar (los Somoza) manejó brutal y codiciosamente el país hasta ser derrotado por una insurrección popular y el FSLN en 1979. Saldo de esta guerra, 50 mil victimas. El triunfo de los sandinistas y su posterior gobierno desencadenaron la intervención estadounidense bajo la forma de una guerra de baja intensidad (llamada así en parte porque no contempla en principio intervención directa de tropas estadounidenses) que combinó una milicia asentada en Honduras con hostigamiento y sabotaje económicos. La nueva guerra llevó la inflación a más del 30.000 por ciento anual. En opinión oficial de un antisandinista, el conflicto provocó:

50.000 mil muertos (…), 10.000 prisioneros políticos pudriéndose en las ergástulas de la seguridad del Estado, 800.000 mil exilados que votaron con los pies; mas de cincuenta mil millones de dólares en perdidas, y el retroceso de 50 anos… fue el saldo que nos dejo la gestión del Frente Sandinista en la década de los anos ochentas.[26]

Pero la historia más dramática y brutal, sorprendente incluso en un área como la centroamericana, es la de Guatemala. La situación más reciente de masacres, desplazamientos, genocidio y etnocidio, se inicia con la invasión (propiciada por la United Fruit y el gobierno de EUA) desde Honduras por militares guatemaltecos que derrocarían al gobierno de J. Arbenz en 1954. El presidente constitucional había intentado una reforma agraria. Los militares continuaron reeligiéndose mediante fraudes, pero debieron enfrentar una oposición ciudadana y también armada en conflictos que acumularon, entre 1954 y 1982, 80.000 víctimas. En 1982, asumió, tras un golpe militar, Efraín Ríos Montt, quien en solo un año de mandato asesinó más de 15 mil guatemaltecos e hizo huir a 70.000 más, principalmente a México. 500.000 se internaron en las montañas. Esta última etapa de matanzas, terror, tierra arrasada y guerra finalizó en 1996 con un saldo probable de 100.000 muertos. Como señal grotesca, Ríos Montt, un criminal implacable, se transformó, desde 1994, en un líder clerical y en importante figura política legal.

Lo peculiar de estas historias de terror, asesinatos masivos y enfrentamientos es que se producen en economías que pueden alcanzar buenos indicadores de crecimiento (como en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial), pero que concentran la riqueza en muy pocas y bestiales manos. El área es, además, groseramente anticomunista, incluso para los estándares latinoamericanos, racista (en relación a indígenas y afroamericanos) y con una cultura política sin contenidos democráticos, republicanos ni de derechos humanos y hostil a la búsqueda de consensos incluso entre las minorías reinantes. Los partidos son grupos de interés en torno a personalidades particularmente perversas o con algún carisma, carentes de ideología. La escena política se constituye así mediante instituciones fraudulentas, enfrentamientos personales, acuerdos codiciosos entre camarillas, demagogia y violencia abierta.

En este contexto, del que debe exceptuarse (sin que esto la torne virtuosa) Costa Rica, las izquierdas han sido principalmente destacamentos insurreccionales, obviamente clandestinos, con formas particularizadas y verticales de articulación, y los vicios personalistas propios del medio, a los que debe agregarse el espíritu de secta y el mesianismo cultivado por la influencia del marxismo-leninismo. La tendencia generalizada es que los sectores populares, con la excepción quizás de El Salvador, sean vistos y tratados politicistamente como “masas” o como ‘frente social’ e incluso ignorados como ha ocurrido con la población indígena mayoritaria en Guatemala.[27]

La guerra que conmovió al área en la década de los ochentas terminó con conversaciones y acuerdos de paz (Esquipulas, 1987; Protocolo de Transición, Nicaragua, 1990; Acuerdo de Chapultepec, El Salvador, 1992; Acuerdo de paz firme y duradera, Guatemala, 1996). La guerra regional había permitido, sin embargo, con la excepción de Nicaragua, que los regímenes reinantes fueran asistidos económica y militarmente por EUA y, al mismo tiempo, se les concediera una mora respecto de la mundialización capitalista en curso. Finalizada la guerra, América Central dejó de ser geopolíticamente interesante y debió enfrentar la globalización sin tener ninguna preparación económica ni política para ello. Al nuevo desafío se agregaba que las situaciones (de propiedad, de distribución, etc.) que habían conducido a las guerras internas se mantenían y reforzaban. Como se señalaba, se había firmado la paz pero no se producían las condiciones para que esta paz se construyese. El neoliberalismo (entendido como privatización, liberalización, explotación, discriminación, devastación y sujeción de las pequeñas economías débiles a las corporaciones transnacionales) calza admirablemente con la tradición de dominación neoligárquica en el área. Las izquierdas, antes político-militares, han sido o empequeñecidas, junto con sus bases sociales, como en Honduras (Partido de la Unificación Democrática) o Guatemala (Unidad Nacional Revolucionaria Guatemalteca), o cooptadas y desvirtuadas, como el sandinismo en Nicaragua, manteniendo un perfil significativo solo en El Salvador con el Frente Farabundo Martí, transformado a esta fecha en el principal contingente electoral individual del país, aunque minoritario frente a las alianzas todavía posible de la derecha. En Costa Rica, la frágil izquierda sindical y electoral que sobrevivió a la guerra civil de 1948, desapareció en la década de los noventas. De alguna manera se ha prolongado, sin embargo, en la lucha gremial de los trabajadores públicos y en la persistencia, como en toda América Latina, de agrupaciones muy minoritarias, normalmente gestadas en las universidades, que agitan tesis de clases y antiimperialistas y se dividen en sus críticas y apoyos a las experiencias cubana, bolivariana/venezolana o al más reciente mandato de Evo Morales en Bolivia.

Desde el punto de vista económico, el área en su conjunto sufre la experiencia de no poder agregar significativamente valor a su inevitable inserción de traspatio en la economía globalizada. Además, aunque agregara este valor, su dinámica social no se orienta a dar mejores y mayores posibilidades a sus sectores de población más vulnerables (campesinos, mujeres jóvenes, indígenas, informales urbanos). Las experiencias de sufrimiento social, y su pasado revolucionario heroico, abren así posibilidades electorales para algunas ‘izquierdas’, específicamente la expresada por el Farabundo Martí en El Salvador y, en menor medida, por el Frente Sandinista en Nicaragua. Estas posibilidades son, sin embargo, ambiguas. La saga heroica de estas agrupaciones es fácilmente asociable con “comunismo”, “guerra”, “padecimiento” y “no factibilidad” ante la presencia y agresividad del centro imperial. Las guerras fueron extraordinariamente crueles y la población aun las resiente en sus muertos, lisiados, empobrecimientos y desapariciones. Pese a las enormes carencias de todo tipo y al fracaso de las experiencias de ‘gobiernos democráticos’, los actores del statu quo pueden agitar el peligro de la polarización y la guerra. En El Salvador, donde la izquierda ha obtenido los mejores rendimientos electorales en este siglo que comienza, y va en ascenso, la abstención ciudadana oscila entre el 50 y el 60% del padrón. El país muestra asimismo una tendencia a la polarización izquierda//derecha. Con alrededor de un 40% de apoyo o más, el FMLN es una gran fuerza electoral, pero está lejos de constituirse en una fuerza política hegemónica que trice al bloque opositor y enfríe a Estados Unidos al convocar a sectores sociales rurales y medios, informales, sindicatos y frentes sociales para apoyar a un imaginario y a programas que adversen el Consenso de Washington y avancen hacia la necesaria refundación del país aun cuando el FMLN no fuese gobierno.

La referencia al papel del FMLN en El Salvador es ilustrativa. Los escenarios políticos que dibuja con su acción son variados. Su crecimiento electoral lo ha transformado en el principal aparato individual de este tipo en la historia latinoamericana. Lo ha conseguido pese a sus fracturas internas, a los ataques y defecciones de antiguos militantes y a las trampas de sus opositores y del marco institucional. Sin embargo este crecimiento electoral podría frustrarse por la emergencia de un gobierno fuerte y eficaz anticomunista apoyado por Estados Unidos, la jerarquía eclesial católica, los medios masivos, el entorno regional y la complicidad de la OEA. Un segundo escenario, derivado de cierta fijación de sectores del FMLN por ser gobierno ya, muestra al FMLN como partido del sistema en funciones, en el mejor de los casos, de conciencia crítica e, incluso, como administrador principal o asociado de las inevitables crisis de una economía dependiente atada ahora por un tratado de libre comercio con EUA. Un tercer escenario lo muestra articulándose socialmente desde los sectores populares, combatiendo la abstención ciudadana, superando esquematismos, y avanzando desde la gente y con ella hacia la constitución de un nuevo bloque de poder, popular, o socialista. Nacional y campesino. Este último escenario es el deseable, pero para ello el FMLN debe transformarse internamente para no polarizar sectariamente a la población en un contexto internacional abiertamente desfavorable. Es distinto ser la principal fuerza electoral que ser la fuerza política constituyente de la sensibilidad política del país. Esta tarea educativa y autoeducadora solo puede realizarla el FMLN nutriéndose humildemente de sus referentes sociales. Este trabajo no es para nada incompatible con sus aspiraciones electorales. Por el contrario, constituye el fundamento de la efectividad de un eventual mandato electoral y de su peso y proyección político-cultural.

Una situación distinta, quizás porque el FMLN no perdió la guerra ni fue gobierno que la mayoría de nicaragüenses creyeron y quisieron revolucionario, es la del Frente Sandinista en Nicaragua. Aquí la saga revolucionaria se ha diluido por la crueldad de la guerra contrarrevolucionaria, los errores del gobierno encabezado entonces por Daniel Ortega, las sucesivas derrotas electorales en comicios presidenciales (1990, 1996, 2001), las defecciones de personalidades, principalmente por cuestiones éticas, significativas, y las divisiones personalistas, la dirección vertical con imaginario de masas, la corrupción ligada al juego parlamentario, el enriquecimiento personal y polémico de algunas figuras relevantes del sandinismo, incluyendo los hermanos Ortega, y la negativa a renovar liderazgos y transferir capacidades. El sandinismo continúa siendo el principal aparato partidario en Nicaragua, sigue teniendo bases sociales pese a su esquema cupular y politicista, pero abandonó enteramente el trabajo político por una nueva cultura política ciudadana y popular. Su manera de hacer política es una combinación de populismo clientelista de masas, acuerdos tras bambalinas por cuotas de poder, control de algunas estructuras estatales y acción conspirativa. Este estilo, tradicional en la pobre cultura política institucional del país, a la que el sandinismo oficial añade capacidad de movilización social reivindicativa, no soporta las presiones del centro imperial anudadas con la oposición interna que, como en los ochentas, sería a muerte ante un eventual gobierno sandinista. Si ganase las elecciones de noviembre con su autoimpuesto y eterno candidato Daniel Ortega[28], el escenario más probable sería uno que le construirían sus adversarios locales e internacionales y en el que el sandinismo sería acosado, bloqueado y puesto a la defensiva en un país agobiado y empobrecido. En una reiteración de su ciclo de degradación, se vería forzado a administrar acciones neoliberales, como ya lo hizo en la década de los ochentas, ante la emergencia de un colapso. Es decir, para superar un desplome firmaría la confirmación de su defunción. A diferencia de El Salvador y del FMLN, en el caso nicaragüense la tarea no es la refundación popular de Nicaragua sino la refundación popular del sandinismo.

Todavía una observación. Entre los desafíos actuales del área está la puesta en ejecución de un Tratado de Libre Comercio con EUA pactado por separado por cada país pero firmado conjuntamente. La población más afectada por este pacto es la costarricense que durante el siglo pasado acumuló algunos activos públicos en energía, teléfonos, salud y educación que la distinguen en el área y en América Latina. Precisamente es en Costa Rica, donde las izquierdas casi no existen, que se da la principal resistencia ciudadana y social contra un tratado acordado a la carrera, sin control político y en donde los negociadores estaban parcialmente financiados por la contraparte. En el mismo período, y por otros motivos, ha surgido en el país un partido (Partido de Acción Ciudadana) que hace énfasis en una diversa manera de hacer política (sin corrupción ni venalidad) y en un desarrollo nacional que, sin cerrarse al mundo, fortalezca las tramas sociales internas mediante el apoyo a las pequeñas y medianas empresas y la preservación de los activos públicos y de su tradición de solidaridad social. El PAC alcanzó más del 40% en la reciente elección presidencial y con 17 diputados es la segunda fuerza en la Asamblea Legislativa. De manera aleatoria la movilización social y ciudadana y el PAC podrían articularse y fortalecerse si ambos se dan la capacidad para leer con mayor intensidad sus raíces y mejoran sus estilos de trabajo. Así nacería, con buenas posibilidades, una peculiar izquierda –todas lo son—en uno de los países más conservadores de América Latina. No está de más señalar que tanto la movilización social como el PAC son valorados por la caverna local como parte del Eje del Mal con financiamiento chavista.


Notas

[24] Cuando se habla de América Central se suele agregar “y Panamá”  que está también parcialmente en el istmo. En la misma zona, pero al norte, se ubica también Belice. Sin embargo estos dos países tiene una historia que permite diferenciarlos de los otros cinco que son los clásicos centroamericanos.

[25] En realidad, para el desarrollo. Pero nos resistimos a escribir ese desatino en el cuerpo central de este escrito.

[26] José Luis Velásquez Pereira, representante permanente de Nicaragua ante la OEA: Discurso en celebración del décimo séptimo aniversario del inicio de la transición en Nicaragua y el fin de la guerra civil, 22/02/06, OEA, Washington. Por supuesto no hace ninguna mención a que esa guerra la desató la administración Reagan y después EUA se negó a pagar los daños.

[27] En el área existe también una mojigata ‘izquierda democrática’ ligada a la socialdemocracia europea de la cual obtiene algunas franquicias. El Partido Liberación Nacional, en Costa Rica, transmutado en neoliberal en sus últimos gobiernos, es el más destacado.

[28] Aunque en el área las encuestas de opinión son utilizadas para manipular el voto, en abril pasado los sondeos daban un 39.7% a Herty Lewites, disidente andinista, 31.7% a Eduardo Montealegre, disidente liberal, y 18.4% a Daniel Ortega. Para diputados, Lewites y Ortega consiguen el 23.1% y el 25.1% respectivamente, lo que haría del sandinismo oficial, a esta fecha, la primera fuerza en la Asamblea y con ello Ortega tendría su cuota de poder en un medio enrarecido. La expresión ‘disidente’ muestra la confusa fragmentación de la política electoral nicaragüense.


 

Conversación

1.- ¿Qué ha sido de la izquierda en América Latina después de la revolución fracasada o derrotada?

HG.- En política, fracaso y derrota suelen decirse desde bandos diferentes y enfrentados. Aquí voy a hablar, en cambio, desde un solo bando, el que fracasó y fue derrotado. La izquierda marxista-leninista, de reducida pero sostenida presencia durante el siglo XX, fue derrotada local e internacionalmente por fuerzas superiores y porque no logró edificar sus propias fuerzas. Su mayor fracaso consiste no en haber sido derrotada, sino en no haber impactado culturalmente de una manera significativa para su causa. Lo que se da en estas condiciones es una tendencia de la memoria, o de ciertas memorias, a cancelar metafísicamente el pasado y también a rechazarlo. Entonces aparecen los fenómenos de la cancelación, la acentuación de la dispersión, el reciclamiento oportunista tras las confesiones de los errores y crímenes, etc. Esta izquierda persiste en continuar ignorando el materialismo histórico, el análisis del fetichismo, el carácter movimientista no mesiánico de los procesos revolucionarios, la diferencia sustantiva entre asaltar el poder y transformar su carácter sin perjuicio de que se lo asalte. Pero si se asalta el poder sin estar en el proceso de transformar su carácter, entonces las revoluciones fracasan porque la modernidad no se alcanza al no expresarse como subjetividad del proceso.

El fracaso anterior, y la derrota, son distintos si se los mira desde el punto de vista de la principal experiencia nacional-populista, la argentina. Aquí no puede hablarse de cancelación de la memoria. El sentimiento peronista, popular, nacional, antioligárquico, modernizador, vive. No se puede copiar ni su práctica ni su sensibilidad, pero se las puede estudiar, en sus riquezas, flacuras y errores. Es una experiencia en la que debería mirarse, por ejemplo, el proceso bolivariano que encabeza Venezuela. La articulación popular que convoca al sujeto nacional (abierto al mundo) multiclasista pero con referente estratégico popular sigue siendo una referencia de las izquierdas. Aquí el desafío es que estas izquierdas siguen moviéndose dentro del politicismo y el politicismo ‘popular’ en América Latina polariza. Y las situaciones polarizadas terminan en fracasos de estas izquierdas por un golpe de Estado, el bloqueo hemisférico, el desangramiento de una guerra o la corrupción y venalidad internas.

El proceso cubano podría considerarse parcialmente fracasado, en el sentido de desviaciones internas que lo ponen por debajo de sus metas factibles, pero no derrotado. No es tampoco una victoria popular, en el sentido de que allí mane leche y miel y se de el autogobierno, sino una experiencia de sociedad del socialismo histórico carencial con proyección en la memoria y cultura política popular. Y esta proyección está ligada también a sus aciertos internos, a un liderazgo excepcional y a su sobrevivencia heroica frente a la guerra del centro imperial. El proceso cubano intenta seguir siendo, además, intensamente solidario con las luchas de los pueblos.

La izquierda movimientista, en cambio, interpelada por estas derrotas, fracasos y desviaciones, debería estar gestándose, organizándose, aprendiendo de sus luchas propias y de las de otros, o sea dando sus propias luchas y sin tregua. Comunicándolas. Esto supone un esfuerzo por superar el imaginario politicista, que no es de izquierda sino burgués y pequeño burgués y patriarcal y adultocentrado.

2.- ¿Una izquierda, muchas izquierdas?

En situación y coyuntura, es inevitable que existan muchas izquierdas politicistas y no politicistas (movimientistas). También es bueno. Y buenas también las tensiones que puedan existir entre ellas. En relación con la estructura social y el modo dominante de producción, existe la izquierda moderna, cuya tarea es alcanzar la liberación que dan y generan autonomía y autoestima social, cultural y personal. Son tareas económicas, políticas y libidinales. La izquierda moderna es Sísifo que elimina a los dioses y a sus castigos porque consigue con su testimonio que las historias de sujeción ya no se repitan porque las izquierdas han eliminado o están eliminando las condiciones que las hicieron posibles. Ahora, Sísifo puede tener varias caras. No hay que imaginarlo como un único Sujeto. De súbito Sísifo se mira y se encuentra/siente transexual.

3.- ¿Una izquierda fragmentada o articulada?

Articulada, no unida. Unión en América Latina siempre ha significado hegemonía de uno o algunos. Articulada, ojalá coordinada, aprendiendo de cada experiencia liberadora y de cada fracaso. Reconociendo y acompañando. Si las izquierdas están fragmentadas el efecto político es que no existen como izquierda porque carecen de capacidad de incidencia. Esta carencia les impide aprender. América Latina y el Caribe están llenos de pequeños grupos de izquierda eternamente adolescentes.

4.- ¿Es la izquierda democrática o revolucionaria?

No parece adecuado separar y oponer ‘democrática’, que es una lógica, a ‘revolucionario’, que califica procesos. Estados Unidos no es ‘democrático’, porque ello supondría una sensibilidad cultural y una lógica en las instituciones sociales, o al menos en las políticas; tampoco son ‘democráticos’ Costa Rica o Chile o México. Estados Unidos, por ejemplo, se maneja con un régimen poliárquico que supone instituciones derivadas de altísimas concentraciones de poder (en la economía, la cultura, etc.) que son excluyentes, o sea no pueden compartirse o generalizarse. Se elige presidente, representantes o senadores, pero expresan el dominio de minorías excluyentes. En Estados Unidos la ciudadanía no se autogobierna. En América Latina tenemos las instituciones de poliarquías restrictivas que prolongan peculiarmente esos rasgos estadounidenses debido a la polarización social que producimos acá y que están en la base de los ‘consensos’ de minorías respecto de las instituciones democráticas y la determinación de su gobernabilidad, a la inexistencia de un Estado de derecho, a la dependencia internacional, al patriarcalismo, a las discriminaciones raciales explícitas incluso en la legislación. Las instituciones democráticas no pueden basarse en lógicas discriminatorias ni exudar una sensibilidad de rebajamiento o sujeción. Si lo vemos así, las izquierdas revolucionarias deben producir también las condiciones para una existencia democrática y para regímenes democráticos. Esto no impide reconocer que los valores y prácticas democráticas nunca fueron cuestiones discutidas en exceso ni particularmente apreciadas por nuestras izquierdas históricas. Pero en realidad en sociedades con principios estructurales de exclusión/dominación nadie es democrático, llámese a sí mismo socialista, revolucionario, consensual o reaccionario, excepto por el testimonio de experiencias de contraste. La existencia democrática, y las instituciones que la condensen y expresen todavía son tarea por realizar. Se trata de una tarea de izquierdas.

5.- ¿Es revolucionaria la izquierda democrática?

Si la cuestión se refiere a una ‘izquierda’ parlamentaria, como la chilena, que la prensa califica de ‘socialista’, la respuesta es no. Tampoco desea serlo. Ahora, si la cuestión es si las revoluciones no pueden transitar por la vía parlamentaria, la respuesta es que no existe incompatibilidad lógica entre ambas sensibilidades. Lo que puede ocurrir es que entornos prácticos dificulten, oscurezcan o impidan su concurrencia.

6.- ¿Es democrática la izquierda revolucionaria?

Las experiencias de gobierno y también las de lucha indican que históricamente no lo han sido. La Unidad Popular chilena tuvo un programa revolucionario, llegó al gobierno en el marco de instituciones democráticas formales pero también tuvo un gran temor y resistencia a la organización desde la base social sin control gubernamental directo, al extremo que prefirió apoyarse en las Fuerzas Armadas y disolver instancias politicistas como los Comités de Unidad Popular, o los más integralmente populares gestadas por los trabajadores para resolver desafíos golpistas en el transporte y la distribución de bienes de consumo. Las experiencias insurreccionales poseen tentación verticalista y carismática. No todos pueden ser el Comandante ni éste está siempre dispuesto, tal vez los entornos tampoco se lo permitan, a ser interpelado por los sectores sociales desde necesidades sentidas.

Ahora, desde el punto de vista del concepto, la izquierda movimientista revolucionaria debe cultivar una sensibilidad democrática porque irradiar autonomía, autoestima y producir desde uno mismo identidad no son asuntos que admitan discriminaciones o puedan conseguirse por delegación. Y autonomía, autoestima e identidad son factores del autogobierno. En la práctica, sin embargo, los movimientos pueden reproducir prácticas viciadas y erróneas. Habría que estudiarlo con detalle en experiencias, como en la muy positiva del MST brasileño, o en el Pachakutik ecuatoriano por citar dos procesos que parecen de relevancia. Y también, como referente negativo, las políticas de alianzas socioeconómicas y parlamentarias del PT brasileño.

7.- ¿Cómo se posiciona/n hoy la/s izquierda/s en: a) el escenario político, b) el sistema político, c) el campo político, d) el campo del poder? ¿Opción de gobierno u opción de poder?

En la América Latina si se privilegia como único, o inevitablemente como el más importante, siempre al escenario político oficial, entonces no se poseen criterios de izquierda. Las izquierdas reconfiguran o deben tender a reconfigurar el espacio político oficial y crear escenarios políticos inéditos, como el de la sexualidad, o el generacional, la presencia en la calle, el de un movimiento de derechos humanos contra la pobreza o el de la resistencia civil o insurreccional, sin perjuicio de dar un nuevo carácter a las luchas más tradicionales, como la sindical. Lo que corresponda porque conmueve y convoca. El escenario político oficial condensa muchas simulaciones. Las izquierdas no pueden anularlo por decreto, pero tampoco deben concederle legitimidad por encima de toda sospecha. El sistema político (Estado, régimen de gobierno, iglesias, medios masivos, cultura) es la matriz de ese repertorio de identificaciones falsas y simulacros. Más que destruido tiene que ser alimentado por otras lógicas que enfrenten las diversas lógicas de minorías. Las izquierdas tienen que construirse como opción de poder local o nacional, internacional y personal. No pretender estratégicamente administrar el antiguo poder en beneficio de otros sectores, sino cambiar su carácter. Aquí hay desafíos que tienen que ver con la propiedad económica, con la sujeción libidinal y su sobrerrepresión, con las relaciones internacionales determinadas por la geopolítica, con la idolatría y el fetichismo, con la voluntad de producir humanidad. Son muchos desafíos. De cómo se entiendan y se puedan asumir, enfatizando que es obligatorio entenderlos y asumirlos, se siguen las posiciones de las izquierdas y sus prácticas en situación.

8.- La/s izquierda/s, ¿opción de gobierno u opción de poder?

Si las izquierdas se proponen reconstituir, entonces tienen que producirse como opciones de poder y de un nuevo carácter para los poderes. Se trata de producir en un mismo proceso vino nuevo (subjetividad, espiritualidad) en odres también nuevos (objetividad).

9.- ¿Cuál es la perspectiva estratégica de la/s izquierda/s en la oposición?

Siempre se es oposición en situación. Supongamos que haya que enfrentar un TLC con Estados Unidos, lo que implica denunciar el carácter antipopular, porque incluye discriminación y porque pauperiza, de la mundialización en curso. Ello quiere decir evidenciar para la gente, para sus distintos sectores, que se está privilegiando unilateralmente el mundo de las mercancías respecto del de las necesidades humanas y de la Naturaleza. Igualmente hay que evidenciar que interlocutor impone todas sus ventajas y privilegios (subsidios, por ejemplo) y no concede nada. Hay entonces que multiplicar tanto los espacios de encuentro social como las convocatorias y las formas, locales, nacionales e internacionales, de denuncia y resistencia. Estas formas organizadas de lucha determinan el programa de un gobierno alternativo de izquierda, en este caso nacional y popular, inclusivo. Desde el punto de vista del concepto, el asunto no cambia sustancialmente si en esa situación existe lucha armada, como es el caso de Colombia o México. Solo se hace más complejo. Ahora, una izquierda, tanto en la oposición como en el gobierno, debe moverse para cambiar la cultura política de minorías por una popular. Así, aunque pierda el gobierno podrá seguir su despliegue e incidir. Un solo ejemplo: los grupos reinantes siguen insistiendo en que el desarrollo es alcanzable en el marco de las estructuras sociales actuales, nacionales e internacionales. Muchos sectores populares están abiertos a esta ‘idea’. En el gobierno o en la oposición las izquierdas deben avanzar en la crítica y superación de estos ideologemas. Todos debemos aprender a mirar el mundo y a nosotros mismos de otra manera. Debemos aprender a tratarnos de otra manera. Debemos crecer en subjetividad liberadora desde nosotros mismos.

10.- ¿Cuál es la perspectiva estratégica de la/s izquierda/s en el gobierno?

Volver a ganar las elecciones o avanzar para consolidarse como opción de (auto) producción de la realidad. Ambas cuestiones no están separadas, porque lo decisivo no es ganar o perder, sino cómo se gana o se pierde. Una derrota electoral debe significar para las izquierdas un avance estratégico. Las izquierdas en el gobierno deben esforzarse por crear condiciones para el avance de todas las izquierdas, incluso las que no están el gobierno y también de aquellas que lo adversan. No es romanticismo, o basismo, sino sentido estratégico. Si existe capacidad, hay que avanzar, asimismo, en una efectiva articulación regional de fuerzas. No de gobiernos, sino de fuerzas, lo que no excluye gobiernos.

11.- ¿Cómo se posiciona/n la/s izquierda/s respecto al statu quo capitalista?

Son anticapitalistas porque el capitalismo se constituye y reproduce mediante propiedad  económica excluyente articulada con sobrerrepresión libidinal y sexismo (fijación genital). El capitalismo también destruye o dificulta la producción de humanidad genérica y devasta de manera irreversible el hábitat natural. Cultiva asimismo el racismo, promueve estructuralmente la idolatría y llena con ‘cosas’ el sentido de las existencias. Supone además relaciones internacionales determinadas en última instancia por la fuerza y la guerra. Ahora, ser anticapitalista no quiere decir ser estatista o promover un comunismo de cuartel, o distribuir universalmente pobreza. Quiere decir crear condiciones para un proceso largo en el que todos los seres humanos y todas las culturas y todos los sectores sociales puedan dar luchas liberadoras, subjetivas y objetivas, para producirse a sí mismos como sujetividades en procesos de liberación y en la creación de tramas sociales básicas que les potencien para proyectarse como experiencias de humanidad genérica. Esto es lo debería querer decir “otro mundo es posible”.

12.- ¿Izquierda vs. Derecha, Izquierda vs. Capitalismo, Izquierda vs. Neoliberalismo?

Una izquierda no necesita de ninguna ‘derecha’ para luchar por metas liberadoras, como la producción social de conocimiento, por ejemplo, o por experiencias de fe religiosa no idolátricas. Ahora, en América Latina todos los contingentes que reproducen el statu quo o se niegan a reconstituirlo configuran ‘derecha’. Son mayoría y reinan. Además, declaran practicar el ‘realismo’ y carecer de ideología. Por supuesto, los pragmatismos son figuraciones ideológicas. Las izquierdas latinoamericanas, con las sabidurías que demandan las situaciones de lucha, pero al mismo tiempo implacablemente, enfrentan esta derecha, no pactan con ella en cuestiones estratégicas, generan espacios y estructuras de autodeterminación y reconfiguración de sensibilidades en relación con cuestiones como una reforma agraria campesina, la pobreza y miseria como desafío de derechos humanos, o la vida sexual como experiencia de autoaprendizaje y de desarrollo personal, por citar tres situaciones, la última relacionada con la necesidad de enfrentar al catolicismo reinante. Ya vemos que estas tareas en América Latina chocan contra las formas del capitalismo dependiente y su reproducción. Entre nosotros si se está contra la derecha, se está contra el capitalismo dependiente que es la forma local de ser Anticapitalista a secas o global. Pero cuidado, porque anticapitalismo no quiere decir necesariamente las formas históricas del socialismo conocido. Tal vez sí, tal vez no. Podría apuntar a extendidas formas de cooperativismo, por ejemplo. Y a otras combinaciones. Por último, cualquier cosa que diga su doctrina, en América Latina no cabe duda que el neoliberalismo extrema nuestro capitalismo dependiente y declara, además, que el fracaso de este capitalismo nos hace ‘culpables’. Como son oportunistas, hoy la ‘solución’ para ellos es Chile. Chile, como toda experiencia específica, no es exportable, entre otras cosas porque habría que exportar 17 años de dictadura empresarial-militar y al pueblo que la sufrió, y porque además su ‘éxito’ es una polémica, no una realidad.

13.- ¿Está la izquierda a la izquierda de sus antecedentes? ¿Y de los movimientos sociales? ¿Cuál es su interlocución con  estos?

Como observador externo y ubicado en un país donde las izquierdas tienen una presencia mínima y fragmentaria, tengo la impresión de que las principales izquierdas latinoamericanas, o al menos las que más aparecen en la prensa, la bolivariana, por ejemplo, no han realizado una crítica de sus antecedentes y se están exponiendo a descubrir el agua tibia de los alegrones de corto alcance y las decepciones de derrotas que pudieran ser evitadas. En la experiencia chavista, por ejemplo, encontramos tanto factores que apuntan al personalismo y verticalismo (con eventuales proyecciones hacia la corrupción (burocratismo) y venalidad (tráfico de influencias)), como esfuerzos por avanzar en organización autónoma desde la base, pero con una fuerte carga politicista y sin que se abran espacios significativos, por sentidos, a mujeres con teoría de género, jóvenes y estudiantes, trabajadores productivos y de servicios, ecologistas radicales, etc. La impresión que uno se forma es que existe una dirección personalizada y excluyente, o una argolla de poder, que tiende a reforzar un fenómeno de polarización social en el cual, por lo reciente del proceso, muchos sectores medios se transforman en antichavistas entre otras cosas porque el antichavismo tiene más y mejor prensa, o al menos más descarada, que el chavismo. Entonces gente que podría estar con el proceso bolivariano se transforma objetivamente en pro imperialista, aunque en realidad no desee serlo. Pero cuando se juega al politicismo en América Latina la polarización es inevitable y la polarización puede llevar a la guerra o al golpe de Estado. Entonces hay que apostar a la pluralidad de la experiencia social y a impactar en la transformación de la cultura política. Esto en especial cuando, como en Venezuela, se tiene la Constitución y el parlamento y es posible avanzar en legislación que favorezca no solo al chavismo sino a diversos sectores de la población, aunque no sean chavistas, pero que son gente con necesidades que los bolivarianos podrían ganar para su causa si dejan de tratarlos como enemigos, si se abren a ellos de buena fe, respetándolos.

Ahora, también existen experiencias que están aprendiendo, como la ecuatoriana. Por momentos ésta ha dado señales de querer estar ‘a la izquierda’ de la izquierda tradicional, aunque haya coqueteado con un golpe de Estado y la articulación entre sectores indígenas y  no indígenas no termine de abandonar recelos mutuos y varias veces se haya tenido la tentación de ser gobierno quizás sin la calidad de fuerzas necesaria.

En Bolivia, el gobierno y el MAS tienen la obligación de transformar su apoyo electoral fuerte y convincente en organización y apoyo político nacional y popular. Si se superan las agresiones y frialdades, que irán subiendo en intensidad y ritmo, la Constituyente por una nueva Bolivia podría ser decisiva en esta fase. Pero esa constituyente debe ser entendida como un momento especial de un trabajo de organización social popular con capacidad para convocar a otros sectores no necesariamente populares. Un sujeto político con conducción popular no contiene exclusivamente sectores populares tradicionales. Algunos pueden ir descubriendo su carácter popular en el camino, en el proceso de lucha. Y recordemos que esta lucha no termina nunca.

No es posible hablar en un espacio reducido de los movimientos sociales porque son concepto y utopía más que realidad en la mayor parte de América Latina. Existe sin duda un retraso, o varios, en su configuración: mujeres con teoría de género, derechos humanos, campesinos (exceptuando el MST), otros muestran fragmentación y decadencia (jóvenes y estudiantes), o entrega al sistema por razones de sobrevivencia. Estimo que el FZLN mexicano no ha logrado romper su aislamiento. Donde existen y tienen alguna fuerza, como en El Salvador o en Ecuador, los partidos tratan de utilizarlos como frente de masas o contingente electoral, o las dirigencias de los movimientos aspiran a ser actores políticos más que sociedad civil emergente. Entonces hace falta mucho trabajo de organización y mucha discusión analítica sin anatematizar campos temáticos ni posiciones ni errores pasados. No es la actitud de ‘borrón y cuenta nueva’, sino de intentar por primera vez de crecer desde los movimientos sociales, de ser una expresión sociohistórica significativa. Porque si existen retrasos es seguro que ellos no son atribuibles solo a contextos desfavorables.


Libros y artículos referidos:

Brunner, José Joaquín: Bienvenidos a la Modernidad, Planeta, Santiago de Chile, 1994.

Castañeda, Jorge G.: La utopía desarmada. Intrigas, dilemas y promesa de la izquierda en América Latina, Ariel, Buenos Aires, Argentina, 1993.

Dahl, Robert A.: La democracia y sus críticos, Paidós, 2ª edición, Barcelona, España, 1993.

Drucker, Peter F.: La sociedad Postcapitalista, Norma, Bogotá, Colombia, 1994.

Harnecker, Marta: Haciendo posible lo imposible. La izquierda en el umbral del siglo XXI, Siglo XXI, México, 1999.

Petras, James: Neoliberalismo en América Latina. La izquierda devuelve el golpe, Homo Sapiens Rosario, Argentina, 1997.

Ruiz Schneider, Carlos: “Democracia” en Pensamiento Crítico Latinoamericano. Conceptos fundamentales (Ricardo Salas Astraim coordinador), t. I, Universidad Católica Silva Henríquez, Santiago de Chile, 2005.