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De "Siglo XXI: Militar en la izquierda",

Arlekín, Costa Rica 2005. 

Preliminar

Uno de los factores que contribuye al retorno del tema de ‘una’ o de ‘la’ izquierda en América Latina son los resultados electorales que se vienen produciendo y podrían producirse en esta primera parte del siglo XXI. En Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia, han resultado triunfadores candidatos no gratos para el sistema, trátese éste de la expansión mundial de la forma mercancía, o globalización con hegemonía transnacional, o de su propuesta ideológica oficial en América Latina: el neoliberalismo. La reciente elección de Michelle Bachelet en Chile ha permitido a los medios masivos comerciales enfatizar que en ese país gobierna una coalición ‘socialista’. Los resultados preliminares peruanos, el temor que despierta una eventual victoria del Partido de la Revolución Democrática en México y las posibilidades de izquierdas ‘históricas’ de alcanzar el gobierno en Nicaragua (FSLN) y El Salvador (FMLN), agregan peso a este retorno ‘electoral’, o sea institucional y parlamentario, de “izquierdas” que, probablemente, carecen de un referente conceptual único eficaz y, también, de criterios intercambiables para incidir con eficacia ‘izquierdista’ en sus coyunturas nacionales y en relación con los desafíos internacionales.

Visto en su conjunto, este ‘retorno’ de la izquierda latinoamericana es principalmente un fenómeno mediático y politicista[1], probablemente interesado, y que funciona porque reduce los conflictos y oposiciones socio-políticos de las formaciones latinoamericanas al ámbito y juego electorales y porque, en términos básicos, los gobiernos ‘izquierdistas’ que surgen de estas elecciones, reiteran, con variaciones puntuales, la sensibilidad única neoliberal que, pese a su evidente fracaso en avanzar hacia el desarrollo, ha dominado el subcontinente en la transición entre siglos, e ignoran, también con variantes, el freno impuesto al Acuerdo de Libre Comercio de las Américas y la irritación social que ha hecho desfallecer tanto el llamado Consenso de Washington como las ilusiones puestas por la población en el juego ‘democrático’. El primer punto, la focalización politicista en la disputa electoral y la consolidación del ‘rumbo democrático’ de la región gracias al aporte de estas ‘izquierdas’, ha sido reseñado por el editorial de un periódico conservador con circulación hemisférica:

Con el paso de dichas jornadas* se está esbozando un nuevo mapa político en América Latina con características bien definidas: gobiernos que promueven los ideales del libre comercio (como la mayoría de países centroamericanos y Colombia), los llamados social-demócratas, que pretenden balancear el liberalismo con lo social (tales como Chile, Uruguay y Brasil), y el modelo nacionalista, encarnado en la Venezuela de Hugo Chávez, que busca adeptos en Bolivia y Perú (con Evo Morales y Ollanta Humala) y propugna un proteccionismo social y económico frente a Estados Unidos.[2]

Para todos los casos, el editorialista cree advertir ideologías  que “parecen haber evolucionado hacia un discurso democrático más centrado” y en el que no tienen cabida derechas recalcitrantes ni izquierdas radicales. Sin perjuicio de retomar algunos aspectos de esta opinión, enfaticemos los obvios:

- estaríamos ante izquierdas ‘moderadas’, por democráticas y gubernamentales, y que pueden coexistir con neoliberales ortodoxos y social-demócratas, ambos en sus versiones latinoamericanas;

- en este continuo de fuerzas, los gobiernos ‘más a la izquierda’ serían nacionalistas y proteccionistas, en particular frente a Estados Unidos.

Por supuesto, la imagen-fuerza más poderosa es la que articula en un continuo a neoliberales y nacionalistas, pasando por socialdemócratas, como opciones legítimas de gobierno. De esta manera, y enfatizando un aspecto, la izquierda ‘nacionalista’ y ‘proteccionista’, incluso antiimperialista, queda reducida a una opción administrativa y los gobiernos latinoamericanos de cualquier signo podrían acometer tareas que combinasen, con diversos énfasis y ritmos, sociedad de mercado y libre empresa, inversión extranjera, preocupación social, desplazamiento de la inequidad y articulación regional. Este peculiar imaginario se acerca a la tesis que esgrimió en el inicio de la década de los noventas Jorge G. Castañeda: la izquierda como ‘alternativa’ de administración de la crisis (es decir como gobierno con nombre de izquierda pero que se comporta como de derecha, donde ‘derecha’ comprende a los reproductores del statu quo) en un universo político donde las transformaciones revolucionarias han perdido todo lugar[3] debido, y ésta no es tesis de Castañeda, a neocontractualismos y consensualismos generados entre minorías poderosas y ‘prestigiosas’ explícitamente funcionales para la reproducción del statu quo.

Si esto fuera así, quizás convendría buscar signos de las izquierdas latinoamericanas en otros procesos y planos: la insurgencia zapatista en México (1994), las movilizaciones sociales populares, con fuerte contenido de pueblos originarios y ciudadanía e incidencia política, en Ecuador (2000), la honesta y lúcida perseverancia del Movimiento de los Sin Tierra en Brasil y, más ampliamente, en algunas virtualidades: la organización y movilización de mujeres con teoría de género, los ecologismos radicales, la movilización electoral rural y aymara en Bolivia (no necesariamente el gobierno del MAS), la posibilidad de avanzar hacia un movimiento social de derechos humanos continental, la necesidad de recuperar, ampliada, una revitalización del carácter político de la fe religiosa[4]. Y obviamente, porque el vacío debería convocar materiales conceptuales, la necesidad de rediscutir y repensar, de analizar, el carácter de las izquierdas en América Latina y el Caribe desde nuestras realidades estructurales, situacionales y existenciales.

Una segunda observación preliminar. La convocatoria a que responde este artículo dice: “Siglo XXI: El lugar de la izquierda en América Latina”. Ahora, ‘lugar’ puede ser entendido o como un posicionamiento en un sistema ya constituido o como una función/disfunción en un sistema exigido de reconstitución. En el primer caso, el lugar (espacio ocupado) de las izquierdas se expresa como punto variable de un continuo sincrónico y diacrónico en un imaginario politicista y determinado desde el centro político[5] cuyo posicionamiento como fiel de una balanza resuelve lo que es de derecha o de izquierda. Se trata, como es obvio, de ‘izquierdas’ conservadoras. En el segundo caso, la categoría de función/disfunción en un sistema exigido de reconstitución, determina a las izquierdas por su actitud social y política, no por su posicionamiento en un continuo. Si se abandona el imaginario espacial, las izquierdas pueden existir sin referencia al centro o a la derecha.

Ahora, la ‘actitud’ de esta última izquierda se alimenta de factores o procesos de los que conviene recordar al menos los siguientes:

- las izquierdas se gestan en la matriz conflictiva de las formaciones sociales modernas y de la mundialización del capital que les es inherente y expresan en ellas la crítica radical (superadora y práctica) de las instituciones y lógicas de dominación locales e internacionales que constituyen a estas sociedades. En este sentido, aunque modernas, las izquierdas resultan anticapitalistas;

- por su carácter superador-práctico o testimonial, las izquierdas se constituyen fundamentalmente como movilizaciones o movimientos sociales; esto torna política la tensión entre identificaciones sociales inerciales y autoproducción de identidades liberadoras. El carácter de movimiento y movilización de las izquierdas no excluye sus materializaciones orgánicas o partidarias, pero estas últimas no son independientes del movimiento ni tampoco son sus ‘representantes’ en un ámbito político ideológicamente autonomizado. Esto quiere decir que el motor político de las izquierdas no es parlamentario;

- asumiendo su carácter crítico, las izquierdas deben darse teoría o analítica social, tanto movimientista como básica. Su analítica no es independiente de las movilizaciones y luchas particulares y específicas. Movilizaciones y luchas conforman su matriz analítica en tanto plataforma social básica para sus teorías particulares. La teoría básica resulta de la tensión entre movilizaciones sociales particularizadas, campesinas, por ejemplo, y las determinaciones de la formación social como totalidad. Obviamente la izquierda social es plural y su expresión política fundamental es la articulación de esta pluralidad en relación con objetivos liberadores particulares-universales. Bajo condiciones sociales de fragmentación y desencuentro sistémicos no puede darse inercial movilización de izquierda ni analítica de izquierda radical; las izquierdas no surgen mecánicamente del empobrecimiento de las tramas sociales de la población, sino de una voluntad de reconstitución o liberadora de estas tramas;

- la movilización de las izquierdas (obreras, campesinas, de género, de creyentes religiosos, por derechos humanos, etc.) se da en relación con un horizonte de esperanza o utopía que contiene tanto una antropología liberadora o emancipadora como una recaracterización de la sociabilidad fundamental. Estos factores suponen una transformación cultural (subjetiva-objetiva, sujetiva) radical. Desde este punto de vista, la lucha de las izquierdas, en realidad, no es ‘por el poder’[6],  sino por la transformación del carácter de este poder o poderes. El punto enfatiza la configuración de un sujeto social diverso, por alternativo en sentido fuerte, al imperante: propietario-excluyente,  acumulador, patriarcal, adultocentrado, geopolítico, depredador, reificador, por referir algunas de las características que el nuevo sujeto social (que no es una sustancia, sino proceso y articulación) debe enfrentar y transformar.

El referente ideológico-utópico nucleador de las izquierdas radicales remite a una propuesta moderna revisitada críticamente: la autoproducción de sujetos, o sea la configuración de relaciones o tramas sociales locales e internacionales que potencien la agencia humana responsable y la producción de humanidad, esta última entendida como apuesta-proceso abierto. Estos referentes (liberación universal de la escasez, autonomía y autoestima personales) son promesas no cumplidas por la modernidad capitalista. En este sentido elemental la izquierda radical se constituye como ‘otro camino’ para la modernidad, un camino cualitativamente distinto al recorrido por las formaciones sociales de la modernidad, capitalistas o socialistas históricas.

Una última observación preliminar. Ya se ha señalado que la noción de ‘lugar’ remite a un imaginario espacial (espacio ocupado), institucional y politicista respecto de la práctica política, o a un imaginario crítico asociado con la  transformación de posibilidades en oportunidades de liberación (disfunción radical). Solo en este último sentido puede hablarse de un ‘tiempo’ de la izquierda o para la izquierda. En el imaginario espacial, en cambio, ‘siempre’ existe lugar y ‘tiempo’ para ella, aun cuando no se lo ocupe o se lo llene fantasmagóricamente.

Si éste fuera tiempo de o para las izquierdas latinoamericanas, habría que referirse a su tiempo anterior, fuertemente politicista y que culminó en derrotas o en procesos a los que factores internos y entornos cerraron o dificultaron la capacidad para transformar posibilidades en oportunidades liberadoras, como es el caso del proceso revolucionario cubano. Las izquierdas en tanto tales solo pueden acceder críticamente a sus tiempos anteriores, lo que no implica en ningún sentido la anulación metafísica de esos tiempos y sucesos. Las izquierdas latinoamericanas del siglo XX se constituyeron mediante lecturas politicistas del campesinado (lo que implicaba una reforma agraria o propietarista o colectivizante), de la relación salarial (apuntaba al socialismo, y éste al acuerdo con algún modelo), del nacional-populismo (que en América Latina quiere decir antioligárquico con la posibilidad de un flanco antiimperial) y, en menor medida, por movilizaciones sociales como las de campesinos y obreros rurales en México (1910-19) o la de obreros en Bolivia (1952-1964). Escaseó la teoría política, las formas de lucha fueron tanto parlamentarias como semiparlamentarias (explosiones sociales, huelgas, rebeliones) e insurreccionales, y los campos poco visitados o invisibilizados, en gran medida como ‘efecto’ de la adscripción a modelos, fueron el análisis sociohistórico, incluyendo el de clases, la crítica del Estado de derecho y de la soberanía popular en tanto tal, la lógica de las instituciones democráticas y republicanas, y las dominaciones o imperios no-estrictamente-clasistas (locales e internacionales). Las ‘izquierdas’ se independizaron así de las tramas sociales y de sus bases eventuales e inevitablemente fueron ideológicas, mesiánicas, verticalistas, puntuales y sectarias, aunque también constantes, románticas y heroicas. No se considera aquí, por razones de espacio, las excepciones[7]. Además de su presencia socio-política y político-partidista (notable por momentos en países como Chile, Colombia, Bolivia, Argentina o Cuba y Nicaragua), algunos de sus procesos pasaron a formar parte, como hitos, del imaginario cultural (sensibilidad) popular, en especial la experiencia revolucionaria cubana y el justicialismo argentino (peronismo).

Los procesos recién mencionados, justicialismo y experiencia revolucionaria cubana, consiguieron precisamente el apoyo ‘de masas’ y la incidencia cultural popular ausente en la mayor parte de las experiencias de izquierdas en América Latina. Aunque el proceso revolucionario cubano optó por transitar hacia un socialismo hostil a la propiedad privada, su referente no fue el comunismo ortodoxo y su prolongado sostén social se ha derivado más del refuerzo de una cultura antiimperialista, de su ‘cubanía’, de la integridad y carisma de la dirección fidelista y de los avances, espectaculares para América Latina, en los campos de la educación, la salud, la existencia rural, la dignidad nacional y la solidaridad proyectada especialmente hacia el Tercer Mundo. El justicialismo antioligárquico[8], de inspiración militar, reconstituyó la escena política argentina tanto mediante el ingreso en ella de los trabajadores rurales y urbanos y otros sectores populares (“descamisados”, “cabecitas negras”) como por el establecimiento del sufragio femenino. Adversado por la jerarquía católica, Estados Unidos, oligarquía, militares y comunistas, y debilitado por la corrupción interna y por su incapacidad para transformar el apoyo de masas en organización autónoma popular, la experiencia peronista, que pudo ser revolucionaria, fue derrotada en su primera fase por una irónica y militar ‘Revolución Libertadora’ (1955). Los procesos cubano y argentino, coinciden en la conducción carismática, la interpelación popular, y los esfuerzos por avanzar hacia el desarrollo mediante transformaciones estructurales liberadoras. Ambos, asimismo, en su renuencia a hacer avanzar su apoyo de masas hacia una plural organización popular autónoma como condición fundamental de la reproducción del régimen y la acentuación de la radicalidad del proceso.

La referencia ideológica privilegiada de las izquierdas latinoamericanas del siglo XX tuvo como eje el marxismo-leninismo, un producto del proceso soviético e investido por él, desde su éxito, como inevitable referencia revolucionaria, ya sea en el sentido de ‘asalto al poder’ o en el de ejercicio popular u obrero de este poder (gobierno). Las izquierdas radicales debían identificarse, subordinarse o rechazar este marxismo-leninismo. El rechazo implicaba la excomunión. No sentirse interpelado implicaba pasar a formar parte del ‘reformismo’. Así, por ejemplo, no podían tener carácter situacional de izquierda reformas agrarias con eje social impulsadas por militares (Honduras 1974-77) o democristianos (Chile, 1964), ni los esfuerzos por articular la nación recuperando riquezas básicas (México, 1938) ni, mucho menos, finalizando ya el siglo, las luchas de mujeres populares con teoría de género, las de ecologistas radicales, las de los activistas por derechos humanos movilizados contra el terror de Estado y el neoliberalismo, o las de las minorías de creyentes religiosos que deseaban vivir su fe trascendente como esfuerzo de liberación sociohistórica. En el mejor de los casos, las politicistas izquierdas reinantes los consideraron “compañeros de ruta”. En los menos afortunados, “agentes diversionistas de la burguesía y el imperialismo”, “tontos útiles” o “enemigos de la clase obrera”. Apresadas por una metafísica clasista impracticable excepto como doctrina, las izquierdas no se adiestraron ni empeñaron en la tarea de producir posibilidades políticas o de aprovechar las oportunidades para avanzar en la construcción de una cultura política popular. Era o su propia ‘captura del Estado’ o nada ni nadie. Un resultado no deseado de este comportamiento fue su aislamiento social y político en la mayor parte del subcontinente. Las izquierdas clasistas agregaban así carbón de su propiedad a la hoguera ideológica del conflicto Este//Oeste.

El mundo de quienes no rechazaban el marxismo-leninismo, aunque tuvieran su propia versión de él, se compuso mediante sectas: comunistas ortodoxos (pro-soviéticos) y no ortodoxos, muchas y usualmente pequeñas variedades trotskistas, pro-chinos, fidelistas y guevaristas, pro-coreanos, pro-albaneses, espartaquistas, socialistas, gramscianos, etc. Cada secta se atribuía una filiación directa con Marx-Engels, Lenin, y con los procesos considerados fundantes, y cada una  poseía toda la verdad revolucionaria por sí misma. El mesianismo, el personalismo, el liderazgo de pequeños grupos, estimularon el sectarismo cuyo semilla se encontraba ya en la bolchevique creación de la Internacional Comunista (Lenin-Trotsky). En América Latina esta semilla rindió abundantes frutos, todos ellos conducente al fracaso.

Esta izquierda politicista, compleja, fragmentaria y bulliciosa es la que fue política y culturalmente derrotada durante la segunda mitad del siglo XX. Los hitos de su derrota son especialmente la destrucción de la vía institucional al socialismo (Chile,1973), la extenuante y cruel prolongación con pérdida de horizonte de la lucha armada en Colombia (FARC, ELN), la drástica reducción de la generación de posibilidades liberadoras del proceso popular cubano, la brutal frustración de las guerras populares en América Central (1990), la culminación perversa del justicialismo en Argentina y, en menor medida, el aislamiento y ahogo de la rebelión zapatista en México, todos ellos sucesos inscritos en los procesos de deterioro de las sociedades del socialismo histórico que culminarán con las revoluciones populares, nacionales y por el capitalismo en el Este europeo y con la autodisolución de la Unión Soviética en el inicio de la década de los noventas. Fuera de las responsabilidades directas de estas izquierdas, y provenientes de sus adversarios y enemigos o de la lógica del sistema, deben señalarse también los regímenes militar-empresariales de terror de Estado conocidos como “dictaduras de Seguridad Nacional” y, más ampliamente, la mundialización de la forma mercancía bajo su forma actual de globalización.

Lo anterior es un bosquejo sobre el ‘antiguo’ tiempo latinoamericano de izquierdas, tiempo que las nuevas izquierdas deberían criticar y superar porque en él se dieron las condiciones para su actual derrota cultural y política.


Notas

*Se refiere a las elecciones por decidirse en Perú, Colombia, México y a las ya resueltas en Honduras, Chile, Bolivia, Costa Rica y Haití y algunas más lejanas en Venezuela, Brasil, Ecuador y Nicaragua. El editorial observa: “Lo cierto es que no se observan derechas recalcitrantes ni izquierdas radicales”.

[1] En sentido lato, ‘politicismo’ designa la fijación del discurso o del análisis en el Estado y gobierno y sus actores, independizándolos ideológicamente de sus determinaciones sociales y culturales.

 

[2] Tiempos del Mundo, Editorial, Año 9, N° 15 (488), Centroamérica y El Caribe, 27 de abril del 2006.

[3] Jorge G. Castañeda: La utopía desarmada, págs. 516-517.

[4] Todos estos procesos y virtualidades, con sus diferencias, tienen en común el orientarse por utopías (ideas sociales regulativas desde las que se intenta transformar significativamente el mundo), cuestión quizás ausente en la mayoría de los fenómenos que la prensa comercial ha agrupado como “retorno de la izquierda”.

[5] Este imaginario ideológico ha sido presentado como ‘teoría’, por ejemplo, por N. Bobbio, para las sociedades europeas. En América Latina lo han seguido autores como J. J. Brunner.

[6] Todavía en algunos círculos latinoamericanos se identifica las disputas y triunfos electorales, y se habla, sobre ellas, como “conquista del poder”.

[7] La más notable, quizás, sea la ofrecida por el imaginario guevarista, incompleto por su asesinato en 1967 y transformado, posteriormente, en ‘modelo’. Probablemente debería estudiarse con ojos no-cubanos el imaginario martiano.

[8] Suele considerársele la principal experiencia nacional-populista de América Latina. En estas tierras nacional-populismo y perspectiva clasista (excepto para la dirección cubana) han sido antagónicas.