Ciclo de conferencias:

Sujeto y cultura política popular en América Latina,

Costa Rica, septiembre 22, 2006..

 

    1.- La globalización designa periodísticamente un proceso civilizatorio. Determina una acentuación de la expansión planetaria e intensificación subjetiva de la forma mercancía mediante las tecnologías de punta, el predominio y fluidez del capital financiero, el peso corporativo de las grandes transnacionales monopólicas, la redefinición del control militar mundial (OTAN), el debilitamiento y crisis de Naciones Unidas, una sensibilidad de “guerra de civilizaciones” (the West against the Rest, entendida como guerra contra las poblaciones y el globalitarismo del Norte contra el Sur) y de la ‘cultura’ del mercado: que todo tenga precio. El proceso en su fase actual tiende a transformar el mundo en un espacio para inversiones transnacionales privilegiadas que acentúan la concentración de capital, la desagregación de tramas sociales, la polarización social, las migraciones no deseadas y el daño ambiental (social y natural). Se trata de capitalismo intensivo y extensivo (con predominio del primero), en red, acompañado de vaciamiento del espíritu, desagregación de las resistencias y violencia activa y pasiva de los “amos de la historia”. Es el mercado mundial y la acumulación de capital llegando agresivamente a todos los puntos del planeta. Contiene un “tiempo de ratas” para los trabajadores y sectores populares.

    2.- En el contexto anterior, América Latina y el Caribe como región, acentúa su papel en la economía mundial y con ello su vulnerabilidad: espacio para inversiones privilegiadas, base de fuerza de trabajo barata, proveedor de materias primas y commodities, transferidor de divisas (vía deuda externa y pagos por inversiones y colocaciones de capital transnacional). Se transita desde la sensibilidad del desarrollo (mejoramiento de la calidad de la existencia) hacia una de crecimiento económico centrado en la inversión directa extranjera que exige liberalización y privatización. Son signos de esta transición los Programas de Ajuste Estructural, el Consenso de Washington, los pactos de comercio preferencial o tratados de ‘libre’ comercio en el marco de una ‘neocolonización’, y la consolidación de la injerencia de los organismos financieros y comerciales internacionales (FMI, BM, BID, OMC). Políticamente se esfuma el mito de la “burguesía nacional” y con ella del Estado que le servía, socialmente se acentúa la polarización, los desplazamientos no deseados, culturalmente se asientan la sensibilidad del espectáculo y el simulacro, y la desesperanza e inseguridad ligadas a las desagregaciones (maras centroamericanas, por ejemplo). La transición genera o confirma  resistencias politicistas, sociales y culturales: el regionalismo bolivariano, el Movimiento de los Sin Tierra, las de pueblos originarios y naciones o Estados populares (Cuba) que, ya en la transición entre siglos, generan desafíos populares y ciudadanos de gobernabilidad y también de ingobernabilidad: Ecuador, Bolivia, México. El voto ciudadano elige candidatos poco gratos al sistema: Hugo Chávez, Lula, Kirchner, Tabaré Vásquez, Evo Morales. Aunque se advierte una reanimación de formas de lucha no parlamentarias (EZLN, “forajidos” ecuatorianos, “piqueteros” argentinos, resistencia ciudadana en México), no se asiste, sin embargo, sin embargo, a crisis políticas. Un factor para esto último es el debilitamiento (proceso) y debilidad (situación actual) de la sensibilidad de izquierda alternativa. Pese a ello, la votación de mucha gente parece exigir a la gestión democrática, y más ampliamente, a la de gobierno, claros e inexcusables contenidos sociales.

    3.- Los procesos anteriores son acompañados, desde la década de los ochentas y noventas, por procesos de democratización, que generan institucionalidades propias de poliarquías restrictivas. Estas se caracterizan por su énfasis procedimental (elecciones de gobierno, ejercicio formal), anatema y acorralamiento ideológicos, monopolio de la oferta electoral, acentuación de la corrupción del ámbito político (partidos, ideologías, tendencia a la autarquía de la minoría dirigente (clase política)), exigencias de pasividad ciudadana y simulación de un Estado de derecho y administración neoliberal en su versión latinoamericana. Ya en el siglo XXI estos regímenes democráticos son interpelados y cuestionados por votaciones que favorecen a candidatos “de izquierda” (en el sentido de no queridos por el sistema), atacados como “populistas”, las tesis de democracia participativa y ciudadanía colectiva (sujeto social) y el proceso bolivariano (Venezuela). Se insiste, cada vez más gente parece exigir del ejercicio democrático y del funcionamiento del Estado una regulación de la economía para lograr integración e igualdad de oportunidades sociales. Otro tiempo preñada de otra sensibilidad parece estarse avisando.

    Pese a ello, ideológicamente la minoría reinante de la región se mantiene en el “pensamiento único” neoliberal en su versión latinoamericana, pese a su fracaso. Ante el fracaso se propone una segunda ronda de liberalizaciones y privatizaciones. Las oposiciones a esta práctica son consideradas por el discurso reinante propias de deficientes mentales o psicópatas (populismos delirantes). Sin embargo, las decisiones electorales y la presión social van permitiendo que comience a dibujarse otro tipo de sentimiento y sensibilidad que reclama el control sobre los recursos naturales del territorio, un mejor reparto de los bienes socialmente producidos y la crítica o desahucio de las minorías dirigentes tradicionales por su incapacidad política y administrativa. A diferencia del neoliberalismo en su versión latinoamericana, esta percepción política reclama la regulación política de las relaciones económicas. Es la negación de la tesis neoliberal mediante un reposicionamiento básico: la reducción de la desigualdad social genera crecimiento-desarrollo porque un colectivo mejor integrado responde más adecuadamente (genera más valor agregado) en los circuitos del mercado global. Pese a las evidencias de fracaso neoliberal, sin embargo, los medios masivos y los gobiernos en su mayoría continúan practicando y promoviendo las recetas neoliberales centradas en la desagregación social, los bajos salarios, la tributación regresiva y la inversión extranjera directa (desrregulación, liberalización, desnacionalización).

    El único “modelo exitoso” de este porfiado ‘pensamiento’ único es Chile (aunque comienza a republicitarse a México). Se exaltan su crecimiento económico, la disminución sustancial de la pobreza y miseria, su economía de exportación, su estabilidad macroeconómica y su madurez política. Se invisibilizan la acentuación de la polarización social, la debilidad de la inversión en necesidades sociales básicas (salud, educación) la insostenibilidad social y ambiental (natural) del ‘modelo’, el alto desempleo (10%) y su precarización y la deuda en derechos humanos. En el caso mexicano se elogia el crecimiento económico vía el auge de sus exportaciones en manos de agroindustrias transnacionales. Con el triunfo otorgado a F. Calderón probablemente se elogiará también la consolidación y vigor de su “democracia”.

    4.- Desafíos y tareas  para la izquierda social y política

   1. Mejorar su discernimiento situacional y estructural.
   2. Resistir desde las tramas sociales populares (sostenerlas, recomponerlas, revolucionarlas) y promover la nueva sensibilidad de defensa de los recursos naturales, la regulación política de la economía, y la integración social (igualdad de oportunidades, bienexistir y bien vivir) como eje del crecimiento-desarrollo.
   3. Resistir desde la movilización ciudadana y otras formas de lucha y avanzar desde esta resistencia hacia nuevas instituciones (nuevas lógicas institucionales).
   4. Privilegiar las formas de resistencia social y ciudadana extraparlamentaria no armada (sin anatematizar las expresiones político-militares existentes).
   5. Anunciar la defensa y constitución popular de la nación (integración, inclusión e igualdad sociales, recursos naturales, desarrollo sostenible).
   6. Buscar la constitucionalidad de los sujetos (ciudadanía) colectivos (sectores sociales y poblacionales) y comunitarios y ligarlos con la noción movimientista de poder local.
   7. Propiciar articulaciones constructivas entre trabajadores organizados y usuarios (consumidores), especialmente en el sector público.
   8. Exigir un régimen tributario no regresivo.
   9. Exigir inversión pública significativa en educación y salud de calidad.
  10. Ir hacia la constitución de partidos de izquierda de nuevo tipo (por su función) vinculados a los movimientos y movilizaciones sociales.
  11. Resistir desde lógicas tercermundistas (espiritualidad del Sur).
  12. Proclamar la dignidad del trabajo humano y su institucionalización.
  13. Levantar un movimiento social de derechos humanos (universales, integrales, vinculantes jurídicamente).

    Todo ello en el marco de la socialización de una cultura de resistencia(denuncia, agitación, protesta, enunciación, propaganda, organización, testimonio permanente), integración y gratificación, o sea de una cultura política que pone en su centro no el mero crecimiento económico (desagregador y polarizante) sino la igualdad social (producción de comunidad) como condición del bien vivir y eje del bien producir (aspiración al desarrollo humano sustentable en su versión radical y popular).