Universidad, N° 1916,

septiembre 2011.

 

      “El sueño del pibe” es un tango de Juan Puey y Reinaldo Yiso que se transformó en un dicho social que se acerca, pero también enfrenta, a la fábula con raíz europea (Esopo/Samaniego) de la lechera que derrama su leche, anécdota desde la que se aconseja “no vivir de ilusiones”. Y claro, Buenos Aires  está en América Latina y en este barrio de opulencias gordas y densas pobrezas destruir ilusiones populares es crimen de lesa humanidad. El tango narra el efecto en un chico de arrabal de la citación de un club de fútbol que le permitirá mostrar sus condiciones.

    El muchacho, excitado, dice a su madre que llegará a ser un crack y ganará dinero, jugará en la quinta, después en primera y será un triunfador. Por la noche, sueña su debut en estadio lleno, marcador cero a cero. Por finalizar el juego gambetea a todos para quebrar el empate. Es ‘el sueño del pibe’. Ingenuo, hermoso. Buena fama.

   Todos hemos tenido o tenemos, aunque no durmamos, un sueño del pibe. Un chileno, criado en La Legua, Santiago, me cuenta el suyo. Sueña con que en una nueva vida, cuando se produzca otra vez un golpe de Estado empresarial-militar en Chile, con otro Augusto Pinochet a la cabeza, y se abra en su país y contra su ciudadanía y su población humilde el terror de Estado, y la gente sufra primero y resista después, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, aprobará ‘la adopción de todas las medidas necesarias para proteger a los civiles que estén siendo atacados por el criminal ejército de Chile y sus socios empresariales’.

   En su sueño, dice, se impide el tránsito aéreo y también los desplazamientos terrestres y el aprovisionamiento de las fuerzas criminales. Tajante, la ONU resuelve iniciar la lucha con  aviones franceses y de la Fuerza Aérea Real británica. La Marina inglesa impone un bloqueo naval para que no lleguen armas y víveres a los asesinos que han roto el Estado de derecho y aplastado el régimen democrático. Se sumarán a los ataques fuerzas y recursos militares de Bélgica, Canadá, Catar, Dinamarca, España, Italia y Noruega.

   Lo mejor del sueño sin embargo, me agrega el chileno, viene después: aunque los cobardes criminales huyen o se esconden en cuevas cordilleranas, como bestias siguen dañando y aterrorizando a los sectores más humildes: comunidades indígenas, ancianos y niños. Por ello la ONU transfiere el mando militar a la OTAN. Los bombardeos de este aparato de guerra, como se sabe, liquidan solo a los malvados criminales déspotas. Aunque caigan a centímetros de civiles no beligerantes, de poblaciones inermes, su precisión es tal que solo caen abatidos los malos. El bombardeo de Chile por la OTAN liquidará refugios y fugas de los golpistas sin causar ninguna baja impropia de un ataque restaurador.

   La OEA expulsará a Chile y reconocerá como autoridad legítima en el país a su población civil desarmada y al recuerdo de sus muertos. Su histórico acuerdo incluye el párrafo: “Ninguna víctima de la dictadura y de su terror de Estado, ningún sufrimiento, ni el más leve, causado por los golpistas, quedará impune. Los bienes de los criminales y sus instigadores y familias serán congelados, se les juzgará por tribunales internacionales y se les condenará a penas y restituciones merecidas por sus delitos contra los chilenos y la humanidad. Si algún Estado los acogiera, será considerado cómplice. Ni perdón, ni olvido, ni impunidad”. El voto será casi unánime. Estados Unidos se abstendrá.

   Falta la culminación del sueño. Nueva abstención de EUA y el Consejo de Seguridad de la ONU pide a la Corte Penal Internacional y a su Fiscalía General realizar las acciones pertinentes para detener al émulo de Augusto Pinochet y a sus socios y financiadores, los émulos de R. Nixon y H. Kissinger, en cualquier lugar del mundo. La Fiscalía General pedirá de inmediato a INTERPOL una “circular roja” con los datos de los delincuentes para que se les arreste. Si sus escondrijos fuesen fortalezas (el dinero puede tanto), la Fiscalía exigirá a la OTAN nuevos bombardeos quirúrgicos, sin daños a inocentes, que los hagan salir de sus cuevas, como ratas. Se les juzgará, sin embargo, como seres humanos. Su castigo lo resolverán los tribunales.

   “Vieras”, me dice este chileno de La Legua, “cómo despierta uno tras este sueño del pibe. Saludo a todos en el barrio. Me voy silbando a tomar la micro. Y cuando llego a la pega, trabajo con ganas. Recuerdo a mis muertos y a tantos. Miro la foto de mis hijos. Pero estoy tranquilo”.
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