Imprimir

Dignidad Educativa,

Colombia, 18/01/2012

 

   

   Presentación

  
     Las compañeras/os del movimiento magisterial colombiano Dignidad Educativa me han hecho llegar tres cartas del ciudadano portugués Boaventura de Souza Santos y una réplica del costarricense Henry Mora Jiménez. Versa, la primera de las cartas, sobre “las izquierdas”. El título es engañoso porque en realidad a de Souza en estas epístolas le interesa únicamente lo que ocurre en Europa, como se advierte en las dos cartas siguientes. América Latina no está entre sus preocupaciones, al menos en estas misivas. Para trabajar sus cartas he seguido un procedimiento poco usual. Redacté reacciones inmediatas y reservé una opinión sobre el conjunto para el apartado final. Lo estimé adecuado y prudente para las características de la ocasión. Henry Mora organizó su aporte de otra manera, bajo la forma de preguntas, y por eso el comentario remitió al orden de las cuestiones que él propuso.

   

   Por supuesto mis opiniones versan solo sobre la traducción de las epístolas que se atribuyen a de Souza. Si la traducción no fue buena o las cartas no proceden de él, no es asunto que esté en mi mano resolver.


    Para ubicar las referencias en los textos hice, para cada carta, un señalamiento alfabético por párrafo gramatical. El primer párrafo es [A], el segundo [B] y así sucesivamente. Por supuesto los comentarios no son exhaustivos porque ello generaría un libro. Supongo sería un resultado exagerado para la inquietud de quienes me hicieron llegar los materiales. Les agradezco la oportunidad que me dan de decir algo sobre estos  desafíos. Preferiría, es cierto, tener la oportunidad de hacer algo. Pero eso lo realizarán ellas y ellos desde su organización magisterial.

 

    Los trabajos de Boaventura de Souza Santos y Henry Mora Jiménez fueron incluidos al final de esta edición en la versión que me hizo llegar Dignidad Educativa.

________________________

 

    Boaventura de Souza Santos. Cartas.

    Carta Uno.

    La Carta Uno está organizada en cuatro secciones. Un párrafo preliminar se compromete a decirle al lector qué es la izquierda, los cuatro siguientes párrafos se centran en algunos rasgos de los fracasos de esta izquierda y culminan con dos ideas: el capitalismo ha vuelto a mostrar su vocación antisocial y se hace necesario reconstruir estas izquierdas (#E). Para cooperar con esta reconstrucción el autor pide (o exige) que se le acepten nueve ideas. Estas ideas constituyen el apartado más extenso de la carta (#Fa #M). La carta culmina señalando que las ideas expuestas evitarán al menos que las izquierdas sigan matándose entre sí (#N).

    Comencemos una reacción puntual a la misiva con una cita de ella:
    “La izquierda es un conjunto de posiciones políticas que comparten el ideal de que los seres humanos tienen todos el mismo valor, y que son el valor más alto. Ese ideal es puesto en cuestión siempre que hay relaciones sociales de poder desigual, esto es, de dominación. En este caso, algunos individuos o grupos satisfacen algunas de sus necesidades transformando a otros individuos o grupos en medios para sus fines. El capitalismo no es la única fuente de dominación, pero es una fuente importante”. (#B)

    1.- En la Carta Uno este párrafo (B) va precedido de una distinción, o al menos mención, entre ‘la izquierda’ y ‘las izquierdas’, distinción que es adecuada. Una cosa es el concepto y otra las experiencias de las que se sigue ese concepto o la hipótesis que permite rastrear esas experiencias que se considerarán de izquierda. No es que una cosa vaya por un lado y otra por otro. Están ligadas pero no son lo mismo: de hecho, son expresiones diversas de un mismo proceso.

    2.- En el párrafo mismo resulta disputable que “La izquierda es un conjunto de posiciones políticas que comparten el ideal de que los seres humanos tienen todos el mismo valor, y que son el valor más alto”. La disputa puede alcanzar diversos frentes:

    a) ¿Puede hablarse de “conjunto” sin más si lo que se designa con ese término contiene prácticas y organizaciones muy diversas? Por ejemplo, grupos parlamentarios, grupos insurreccionales y grupos que no buscan intervenir en política (feministas y algunos sectores ecologistas, por ejemplo) porque les parece algo viciado o por el motivo que sea (y estén equivocados o en lo cierto). No se tocará aquí el punto de que esos diversos grupos pueden no solo diferir en ideas, contenidos, formas orgánicas, etc., sino que pueden diferenciarse radicalmente en su manera de posicionarse en el mundo o con él. El autor de la carta habla de ‘conjunto’, pero esto pareciera una mala abstracción. Las malas abstracciones son incompatibles con las buenas intenciones de las recomendaciones. Si es que estas últimas, las buenas intenciones, existen. Las buenas recomendaciones suelen ir precedidas de abstracciones ‘buenas’. Se trata de una cuestión del método utilizado para producir abstracciones;

     b) si dejamos de lado el frente anterior, que se produce a partir de una objeción ‘pesada’, o sea que no puede dejarse de lado, encontramos que el conjunto está ligado, según el autor de la carta, por un ‘ideal’, el de que los seres humanos tienen todos el mismo valor. Es otra abstracción. En el conjunto cabría, por ejemplo, la iglesia católica con su jerarquía, porque en su doctrina los seres humanos tienen el mismo valor ya que todos son hijos de un único Dios creador y están destinados a la salvación. Al menos en América Latina la tesis de que las conferencias episcopales formen parte del conjunto de ‘la’ izquierda es disputable y no por razones doctrinales. Se trata de una cuestión práctica. Y eso lo saben ‘comunistas’, ‘ecologistas’, ‘homosexuales’, ‘obreristas’, ‘reformistas’, nacionalistas y hasta democristianos ‘de izquierda’ (que los ha habido). Por supuesto se podría alegar que la institución católica no es de izquierda (lo que es cierto), pero su doctrina es igualitaria aunque trascendente en un sentido abusivo por unilateral. Y por supuesto la institución católica no es democrática, cualesquiera casi sean los contenidos que se desee darle a esto último. Es jerárquica y autoritaria. Y también se podría aducir que la institución  católica no forma parte del universo político, lo que sería absurdo por ignorante.

    Este frente tiene al menos otro ángulo: ¿tienen todos los seres humanos el mismo valor? Por ejemplo, ¿el chofer del bus que conduce a los doctores de Sociología a un paseo en la playa tiene el mismo valor que esos académicos? La respuesta es: como chofer eficiente tiene más valor que ellos cuando o mientras conduce. De ese valor depende la vida de todos los que van de paseo. No diré qué ocurre si deja de conducir. O incluso mientras conduce, porque su rebajamiento (es nada más que “chofer”) en ambos casos es un ‘efecto ‘social. Se dirá que no se está hablando de choferes y doctores, sino de seres humanos. Es decir, ninguno tiene más valor que otro porque todos son igualmente humanos. Pero ‘los seres humanos’ no existen sino en tanto ocupan determinados lugares y roles más o menos precisos generados por el sistema social y las situaciones singulares en que se hallan. Se puede alegar que eso es una hipótesis. Cierto. Es una hipótesis. Pero en cambio el valor ‘de igualdad’” no es una hipótesis sino una mala abstracción.

    Por aligerar el punto digamos que el conjunto de las izquierdas contendría a los grupos que funcionan desde hipótesis (mejores o peores) y grupos que funcionan desde malas abstracciones. Obviamente se trata de una discusión y seria. Y lo es no porque conduzca a un título universitario o a algún premio internacional, sino porque tiene efectos prácticos, entre ellos, por ejemplo, el de evitar aplastamientos sociales.

    Como el asunto tiene su complejidad, agreguemos solo un alcance: las izquierdas no son igualitarias sin más. Tienden a combatir las discriminaciones que hacen de las diversidades inevitables, dominaciones. Que lo hagan a partir de una ‘naturaleza’ humana (propuesta o como valor o como hipótesis) igualitaria es discutible como posicionamiento de izquierdas. Excepto que uno acepte opiniones como las de N. Bobbio, por ejemplo, que contrapone a derechas e izquierdas vinculando con ‘la’ libertad a las primeras y con ‘la’ igualdad a las segundas. Pero Bobbio no es buena guía hablando de cuestiones políticas. Igual ocurre con la asunción de la tesis de que ningún ser humano debería ser utilizado como medio para fines particulares, cuestión ética que supone la invisibilización de que se trata de un asunto de lo político y de la política que no puede resolverse sino mediante capacidades o fuerzas que entran en conflicto. Desde aquí pueden darse consideraciones éticas. Pero éste es también otro asunto, con antecedente más prestigioso en Kant, que dejaremos aquí en paz, aunque no perpetua.

    c) El párrafo B contiene además un “ligero” problema de coherencia. El autor de la carta sostiene que la izquierda es un “conjunto” de posiciones políticas que comparten un ideal: el de la igualdad de los seres humanos. Bueno, según el mismo autor lo comparten tanto que las izquierdas se matan entre sí (#D, #M). El punto afecta al contenido: si tanto aman la igual dignidad de los seres humanos, ¿por qué matan, al menos a otros de izquierda? Deberían convencerlos o al menos comprenderlos. También afecta al estilo. La observación de que las izquierdas se han matado entre sí durante el siglo XX (y finales del XIX) tiene mucho de cierto. Pero el autor la utiliza como hilo conductor de su carta. Por eso remata la misiva diciendo que si se aplican ‘sus’ ideas “…las izquierdas seguirán siendo varias, aunque ya no es probable que se maten unas a otras”. Sus ‘ideas’ no se acercan a dar una explicación del por qué de las matanzas entre los ‘izquierdistas’ (matanzas que pueden ser también simbólicas), de modo que es probable que este vacío contribuya a que continúen haciéndolo. Como la carta se abre preguntándose ¿qué es la izquierda? (#A), una respuesta que da su mensaje es que se trata de gentes que tienen un mismo ideal político y que se matan entre sí y continuarán haciéndolo. Sería patético, si no contuviese algo de divertido.

    3.- El autor de la carta reconoce que las diferentes asunciones del ‘ideal humano-igualitario-en dignidad que él mencionó llevaron a muchas fracturas y conflictos entre las izquierdas (#C). Así fue. Pero este reconocimiento no se hace a partir de las observaciones entre buenas y malas abstracciones (y las condiciones sociales de su producción) en el seno del ‘conjunto de las izquierdas’ sino como cuestiones doctrinarias y prácticas. Hacerlo así supone un error de procedimiento. El problema básico no es si las izquierdas se dividieron entre reformistas y revolucionarios, si la lucha tiene dirección obrera única o si la dirección es socialmente plural, es parlamentaria o no, y un corolario de ésta, compromete al Estado o éste es neutro. Este es un tipo de problemas. Pero el problema de fondo es si la lucha debe seguirse de una buena abstracción o de una mala abstracción. En lenguaje clásico, si los conceptos de izquierda son o concretos o indeterminados (como el valor de la igualdad y dignidad humana universal, por ejemplo). Pero el autor de la carta no quiere hablar de esto. Y con esta actitud prolonga linealmente la actitud de muchas izquierdas (incluyendo las con mayor influencia) del siglo XX. El juicio vale tanto para las izquierdas que buscaron asaltar el poder o competir electoralmente por él como para quienes instalaron ‘nuevas’ sociedades, que son izquierdas que enfrentan desafíos incomparables por su diversidad. El problema de la linealidad no es asunto temático sino de posicionamiento básico y de trabajo político consecuente (esto, de paso, debería eliminar que algunas ‘izquierdas’ se sientan con la obligación de masacrar a otras). Este punto, el del posicionamiento, está ausente de la primera carta. Lo que debería ser quizás una señal de que los desafíos de las izquierdas no admiten el formato de carta/recomendación o solo lo admiten si estas cartas están insertas y son signo particular de otros procesos. Otra vez, dejemos este asunto de lado, porque discutir estos puntos nunca estuvo de moda en el Occidente militante del siglo XX, al menos desde el ‘éxito’ de la Revolución bolchevique, y amenaza con no estarlo en el siglo XXI. Y así les ha ido a ‘las izquierdas’.

    4.- Un detalle de los párrafos en los que están las cuestiones anteriores. Dice: “Este siglo corto de las izquierdas terminó con la caída del Muro de Berlín” (#D). Por favor: el Muro de Berlín no cayó, fue derribado. No decirlo así no es un problema de vocablos. Política y culturalmente existe una diferencia radical entre “caerse” y “ser destruido”. Lo que cae puede reincorporarse, por sí mismo, o por otros agentes. Lo que se destruye debe ser o reconstruido o se debe construir una cosa que no se caiga, al menos no por las mismas circunstancias y factores por los que antes fue destruido. El lenguaje no es inocente. La frivolidad conceptual y política tampoco. Y el tema es radicalmente serio. Otro detalle para estimar que tal vez el estilo de cartas firmadas por profesores universitarios no es la mejor manera de poner estos asuntos en escena.

    5.- La segunda parte de la Carta Uno (inicia en #E) se ocupa de otra cosa: el autor recomendará la aceptación de nueve ideas para que las izquierdas no vuelvan a matarse entre ellas: “¿Cómo recomenzar?”. Si se trata de un ‘recomienzo’ lo obvio sería comenzar con la crítica de lo fracasado. Si éste no es el sentido de ‘recomenzar’ (como si nada se hubiera hecho, bueno o malo, propio o impropio), lo correcto sería proponerse un nuevo ‘origen’. Esto supone un análisis social. No es el camino que elige el autor de la carta. Para él, bastaría con aceptar nueve ideas. Veamos esas ‘ideas’:

     i) “…el mundo se diversificó y la diversidad se instaló en el interior de cada país. La comprensión del mundo es mucho más amplia que la comprensión occidental del mundo; no hay internacionalismo sin interculturalismo”. Si suena a receta, así es como se escribió. El internacionalismo del siglo XX partía de la hipótesis (quizás falsa por incompleta) de la existencia de una clase obrera mundial. Además esa ‘receta’ ‘solo’ comprendía a los países industrializados. Pero un internacionalismo centrado en el interculturalismo…no es la misma cosa. ¿Desde qué análisis, por ejemplo, se entienden ‘las’ culturas? Porque para que para las izquierdas exista la interculturalidad tendrían que existir políticamente ‘las’ culturas. Se trata de otra mala abstracción. Cada cultura y subcultura, europeas, latinoamericanas, asiáticas, etc., contiene conflictividades que deben ser resueltas en su seno y por sus actores. Podría hablarse de ‘cultura universal de la forma mercancía’, pero esa cultura, la más transcultural, toma formas locales y las gentes existen localmente y no en una cultura abstracta. No parece tan sensato para “las izquierdas” adoptar el punto de vista que propone el autor de la carta. Por irreal. Y ya hemos señalado (quizás sea un error): las malas abstracciones conducen a errores políticos y los errores políticos pueden llevar al aplastamiento de las fuerzas que propician cambios liberadores (como parecen ser los grupos, movilizaciones y movimientos que se desean de izquierda).

    ii) Dice el autor de la carta: “...el capitalismo concibe a la democracia como un instrumento de acumulación; si es preciso, la reduce a la irrelevancia y, si encuentra otro instrumento más eficiente, prescinde de ella” (#G). No se trata de ‘la’ democracia sino del régimen de gobierno democrático. Son cosas muy distintas. Y que el régimen democrático de gobierno sea función de la dominación capitalista no es exactamente un descubrimiento reciente, pero en fin, al menos el autor de la carta ha descubierto esta agua tibia ahora. Ya es algo. Pero la recomendación que sigue es curiosa: “La defensa de la democracia de alta intensidad debe ser la gran bandera de las izquierdas”. Aquí se advierte el resultado práctico de confundir ‘la’ democracia (concepto/valor) con el régimen democrático de gobierno (instituciones). La única ‘democracia’ que se conoce modernamente, y acepta, es la capitalista (poliarquía, la llama Dahl). Forma parte de la dominación cultural junto con ser una institucionalidad política. Pero es falsa porque supone un principio de agencia humana que el capitalismo no puede generalizar o universalizar. De modo que las izquierdas  no pueden proponerse la defensa de una democracia de “alta intensidad” porque esta democracia vivida en las sociedades capitalistas modernas es equivalente al unicornio de Silvio Rodríguez. Nunca existió y además se ha extraviado. Lo que podrían hacer las izquierdas es incorporar lógicas democráticas a sus instituciones (es decir a las que generan desde sus luchas liberadoras). Y esto podrán hacerlo si estas lógicas no conducen al fracaso o a corto plazo o al colapso estratégico. Por supuesto, es una discusión altamente situada para la cual no existe receta, entre otras cosas porque depende de sus enemigos. Y para que no se entienda mal, las “democracias populares” del siglo XX, o la experiencia cubana, no son respuesta para de lo que aquí se habla. Pero si pueden ser interlocutoras. Es posible aprender de ellas.

    iii) La tercera idea dice: “…el capitalismo es amoral y no entiende el concepto de dignidad humana; defender esta dignidad es una lucha contra el capitalismo y nunca con el capitalismo” (#H). Dicha así esta idea es discutible: la organización capitalista de la existencia propone criterios éticos pero ellos no resultan universalizables. Pero eso no la torna amoral (cuestión no factible a la experiencia humana) ni inmoral (excepto para quienes estiman que debe existir consistencia al menos tendencial entre la propuesta ética y su realización). Únicamente la hace apropiada para algunos y no apropiada para otros. Y al hacer esto contiene una propuesta sobre la dignidad humana. Por ejemplo, cuando infantes de marina orinan sobre los cadáveres de afganos a los que han asesinado están animados por una profunda convicción ética: esos cadáveres son de perdedores, de seres inferiores y no hay ningún problema en mearlos. Por el contrario, la acción alivia la vejiga y confirma las identidades victoriosas. Por supuesto, nadie debe mear sobre el cadáver de un infante de marina. De modo que una aceptable conclusión “defender la universal dignidad de los seres humanos y de cada uno de ellos, aunque se exprese como cadáver de un musulmán” no se sigue de premisas falsas, pero entender que esa compleja lucha no puede darse estando a favor del capitalismo como único orden o incluso como un orden, sino contra él, es una excelente recomendación. Como dice un lírico: a ver qué hacemos con ella.

    iv) La cuarta idea es “…la experiencia del mundo muestra que hay inmensas realidades no capitalistas, guiadas por la reciprocidad y el cooperativismo, a la espera de ser valoradas como el futuro dentro del presente” (# I). Es dudoso que estas experiencias  sean “inmensas” ya sea que el calificativo se aplique su cantidad y dominio o a su trascendencia. Probablemente sean más bien locales o puntuales y comprometan a individuos o a sectores específicos… pero al mismo tiempo se dan al interior de una tendencia dominante: hacia la mundialización (objetiva y subjetiva) de la forma mercancía. Y esta tendencia por el momento determina el futuro: es su “luz en la colina”. También habrá que ver qué harán o están haciendo ‘las izquierdas’ contra esta tendencia. Por el momento, si se mira el Foro Social, por ejemplo, parece que no mucho.

    v) La idea quinta es “…el siglo pasado reveló que la relación de los humanos con la naturaleza es una relación de dominación contra la cual hay que luchar; el crecimiento económico no es infinito”. En realidad ocurrió en el siglo pasado pero se lo sospechaba desde el siglo XIX. Y lo revelaron sectores de no-izquierda y también de izquierda. De aquí fórmulas tan diversas como el “crecimiento cero”, la “bomba demográfica”, el “desarrollo sustentable” y el ecologismo radical (esta última de izquierdas) que obviamente no proponen las mismas salidas para esta revelación.

    vi) La sexta idea dice: “…la propiedad privada sólo es un bien social si es una entre varias formas de propiedad y si todas están protegidas; hay bienes comunes de la humanidad (como el agua y el aire)” (J). La idea está mal construida: la propiedad privada individual es de “alguien”, su propietario/poseedor. ‘Los bienes comunes de la humanidad’, en la ‘idea’, serían de la humanidad, que es un concepto o un valor. ‘Alguien’ y concepto o valor no son equiparables. La propiedad individual capitalista se constituye mediante relaciones sociales. Los ‘bienes comunes de la humanidad’ se siguen de una declaración ideológica de principios. Algo anda mal. En todo caso, el desafío aquí es que la propiedad privada capitalista es también una forma de racionalidad (y de sensibilidad cultural) que se proclama como la superior y última. Las otras formas de propiedad y racionalidad son vistas por esa razón/cultura como conducentes al caos y al fracaso. Por supuesto es un discurso ideológico. Pero los discursos ideológicos se tornan peculiarmente persuasivos cuando se montan en la forma mercancía (esta genera subjetividades ad-hoc) y son acompañados, por si acaso, por armamento de destrucción masiva, el control saturante de los medios de comunicación y espectáculos, el apoyo de los aparatos clericales más importantes, la OTAN y una más que decidida voluntad de aplastar a todo lo que se mueva o tenga olor a ‘enemigo’. Algo facistoide el asunto y también probablemente suicida, pero así viene el naipe. La idea seis resulta así solo un buen deseo. Casi una ocurrencia porque no procede de un análisis de lo posible ni va acompañada de indicaciones de trabajo factible.

    vii) La idea séptima debería traer buena suerte, pero no: “…el siglo corto de las izquierdas fue suficiente para crear un espíritu igualitario entre los seres humanos que sobresale en todas las encuestas; éste es un patrimonio de las izquierdas que ellas han estado dilapidando.” (K). Si dejamos de lado las experiencias europeas y sus izquierdas democráticas (que son capitalistas), el espíritu igualitario no suena a legado ni de las derechas ni de las izquierdas. La URSS pudo tener muchos logros, pero nunca fue igualitaria. Tampoco lo es la actual de Corea del Norte. No se discute aquí si pudieron serlo. La experiencia latinoamericana más cercana es la de Cuba y ésta por algún tiempo repartió la pobreza por igual (y habría sido una buena idea como momento de un proceso), pero hoy no lo hace. Y repartir la pobreza por igual no torna a los individuos iguales. Tampoco es que el asunto sea de mala o buena voluntad. En sociedades con alta división social y técnica del trabajo los sectores sociales nunca serán iguales ni mucho menos lo serán los individuos. Tratarlos como iguales en realidad les hace daño porque son diversos. Distinto es que ningún trabajador o sector (mujeres, asiáticos, pueblos originarios, etc.) sea discriminado por su diversidad inevitable. El igualitarismo no es un valor de experiencia humana, no es factible y ello afecta a todo principio de igualdad. Lo que sí resulta factible a la experiencia humana es el criterio político de no discriminación. Es decir de bloquear la transformación de las diversidades inevitables en sistemas de jerarquías que determinan algunas de estas diversidades como ‘inferiores’. Pero esta última cuestión no se sigue de buenos deseos, sino de institucionalizaciones, o sea de transformaciones político-culturales protagonizadas y asumidas. Se trata de procesos lentos, no meramente acumulativos, llenos de peligros. Los negros de Ray Bradbury lo resolvieron alquilando cohetes y yéndose a otro planeta. De paso dejaron en la Tierra hasta sus recuerdos. Pero, claro, eso es literatura.

    viii) La idea octava recuerda a Mao Tse Tung: “… el capitalismo precisa otras formas de dominación para florecer, del racismo al sexismo y la guerra, y todas deben ser combatidas.” (L). El dicho es correcto: lo que existe es un sistema de dominación y un subsistema que reproduce esa dominación. Los desafíos surgen de inmediato: ¿quién luchará contra el sexismo? ¿Los obreros/obreras? ¿Y contra la relación salarial? ¿Las mujeres, los ancianos, los homosexuales y pueblos originarios de América? ¿Qué se hace si los obreros no quieren por ningún motivo luchar contra la relación salarial ni contra el adultocentrismo ni se oponen a bombardear a Afganistán y vitorean excitados los crímenes de lesa humanidad del Estado de Israel y la legislación contra la inmigración no deseada de los países europeos? El dirigente chino arriba mencionado decía algo así como ‘Determinen la contradicción principal’. Pero ocurre que la contradicción principal es situacional y también estructural y por ello pueden no coincidir para quienes se organizan desde alguna lucha, o sea situadamente. Sí, todas las dominaciones deben ser combatidas, pero ¿por quiénes? ¿Y qué pasa si quienes deberían luchar (por hipótesis) no quieren luchar? ¿Habrá que dar sus luchas por ellos? Es un tema de inicios del siglo XX pero se tornó más complejo en su último tercio. ¿Las mujeres organizadas deberán luchar contra el patriarcalismo y contra la  relación salarial? Combatir desde el aire y en el aire se dice fácil, pero en situación es otro asunto: la lucha por ciudadanía participativa en Colombia, que es una lucha democrática, ¿se inclinará por las FARC? Si no lo hace, porque sería un error, ¿reivindicará a las FARC mañana? Y no se debería olvidar que, en América Latina, varias de las pocas izquierdas sobrevivientes o malmurientes, declaran ufanas su “obrerismo”. Pero en esta Carta Uno no se utiliza el término “hegemonismo” ni organizaciones ‘de vanguardia’ que tienen mal eco. Cierto, tampoco se predica la ‘unidad de las izquierdas’. Esto último es un progreso. Pero como se la formula en el aire, en el aire se pierde. Contra la mala suerte lo mejor es reír de vez en cuando o siempre. Reírse facilita recordar que comportarse como ‘de izquierda’ es algo radical y serio. No solemne o pomposo. Serio.

    xix) La novena ‘idea’ del autor de la Carta es curiosa:”… el Estado es un animal extraño, mitad ángel y mitad monstruo, pero, sin él, muchos otros monstruos andarían sueltos, insaciables, a la caza de ángeles indefensos. Mejor Estado, siempre; menos Estado, nunca” (#LL). ¿Captura la señora Merkel (una personificación del Estado) a algún monstruo insaciable (las farmacéuticas, por ejemplo) que esté a la caza de ángeles indefensos? ¿Los frena u obstruye Obama? ¿La OTAN aceptaría bombardear el tráfico financiero mundial y sus bases para destruirlo o al menos obligarlo a pagar impuestos? ¿No es éste acaso el principal monstruo mundial (siguiendo el vocabulario del autor de la carta)?

    La idea de que el Estado es mitad y mitad y que las izquierdas deben defender la mitad buena ni siquiera llega a ser curiosa. Resulta mórbida. Particulamente en América Latina donde el Estado tiene tradición oligárquica, patrimonialista y clientelar. Y los que la tenían menos (excepto quizás Uruguay), la van construyendo hoy aceleradamente. ¿Cuál será la parte ‘buena’ del Estado de Israel? Seguro la tiene, pero está secuestrada. Por supuesto la ‘idea’ nueve apuesta por mejorar la parte buena del Estado para que no se la coman los mercados, pero los Estados solo tienen parte buena si existen fuerzas populares con capacidad de incidencia. Y de aquí no surgirá ningún equilibro 50 y 50 (las fuerzas dominantes no lo permitirían), pero quizás desde una tensión relativa y parcial logre construirse poder local (donde las gentes sean personas) y territorios (y mentalidades) liberados/as y, alguna vez Estados liberados, es decir ciudadanos, republicanos y populares. Se les puede llamar mejores Estados. Para entonces los mercados (los de la economía, finanzas, sexuales, generacionales, étnicos, etc.) ya habrán sufrido derrotas significativas de las que no podrán reponerse. Pero esto no lo verán los que ya han cumplido hoy 20 años.


    La Carta Uno remata:

    “Con estas ideas, las izquierdas seguirán siendo varias, aunque ya no es probable que se maten unas a otras y es posible que se unan para detener la barbarie que se aproxima.” (#M). Con todo respeto, para el Tercer Mundo la barbarie hace ya rato que está aposentada a sus anchas e impune aquí y allá. Que algunos la resistan, allá y aquí, es otro cuento.

    Ah, y corrijo un error. No resultó cierta mi afirmación que el autor de la carta no se inclina por la unidad de la izquierda. En la penúltima línea  de su misiva sucumbe a la linealidad de la historia: “…y es posible que (las izquierdas) se unan…” (#N). Como se ve, no hay última idea buena. Se articulen es el verbo. Unir no, articular sí. Esto último sería romper con la sectaria linealidad de “izquierdas”.

    Más adelante daremos una mirada conceptual básica a esta Carta Uno. Entremos a la Carta Dos, significativamente más breve.

    Carta Dos

    Esta segunda carta, que ya está dirigida explícitamente a ‘las izquierdas’ europeas, se organiza en tres núcleos. El primero (#A) es un posicionamiento presentación que se podría considerar conceptual que pone de relieve la ‘ausencia de democracia’ europea debido a la ‘ausencia de Estado’ europeo. Se ha debilitado a las naciones europeas y sus democracias y no se ha construido la versión democrática europea de ellas. El segundo núcleo se extiende entre los párrafos #B y #C y contiene una transición desde el párrafo #A a los párrafos en que se describe/analiza las transiciones que el neoliberalismo desea imponer a los europeos. Esta descripción/análisis ocupa la mayor parte de la carta (desde #D hasta #H). El vínculo hacia el párrafo #A describe/analiza el “proceso global de desorganización del Estado democrático”. La epístola a los europeos culmina conminando a las izquierdas a aceptar la tesis de que Ante el recetario neoliberal, es difícil imaginar que las diferentes izquierdas no estén de acuerdo sobre el principio “mejor Estado, siempre; menos Estado, nunca”, y que de eso no saquen conclusiones”. [I]

    Lo primero que habría que enfatizar es que la epístola está enteramente dirigida a los europeos y que la escribe un portugués. La realidad latinoamericana no cuenta en esta misiva. Y uno podría preguntarse por qué les interesó a los colombianos una discusión centrada en Europa. ¿Se engañaron con el título genérico y no pasaron de ojear la primera carta? ¿Sucumbieron a una de las mañas de minorías culturales colombianas que fingen existir en París y que se les toma en cuenta allí? Probablemente no, aunque el punto como tal quedará en el misterio. Es factible arriesgar otra hipótesis: lo que ocurre en Europa debe ser leído también en América Latina desde ojos y sentimientos latinoamericanos porque se trata de una realidad a la vez global y local. El tema es: ¿Ha sido la experiencia latinoamericana (de subdesarrollo) un anticipo de lo que está ocurriendo y ocurrirá en Europa y Estados Unidos debido al capitalismo global? ¿Serán las mayorías ciudadanas y populares de Portugal, Grecia, España, etc. los ‘nuevos indios’ y ejércitos de  reserva o poblaciones sobrantes? ¿Habrá sido la experiencia ‘capitalista’ latinoamericana la verdadera luz (aunque invertida (o sea el agujero negro)) en la colina, la ‘mera-mera verdad’ del capitalismo? Como la hipótesis parece atractiva, se tiene al menos una excusa para proseguir el análisis de estas cartas.

    El párrafo #A de la epístola dos contiene un posicionamiento conceptual que no puede dejar de ser pasional. Desde la premisa ‘el régimen democrático de gobierno’ (por desgracia el autor de la carta redacta “la democracia política”) presupone la existencia del Estado, enteramente cierta aunque incompleta, se sigue la afirmación de que en la Europa de hoy no existe democracia europea porque no existe Estado europeo.

    Conviene detenerse un minuto en lo afirmado por el autor de la carta. Si bien es cierto que el régimen democrático de gobierno se apoya inevitablemente en un Estado de derecho, de esto no se sigue que el Estado sea democrático ni que la ciudadanía (correlato humano y social del Estado) tenga ‘espíritu’ democrático. El autor de la carta redacta “la democracia política”, pero esto no ha existido nunca ni en Europa ni en ninguna galaxia conocida en la que el ‘orden capitalista’ sea el determinante, excepto como deseo prontamente extinguido. Lo que ha existido son instituciones de un régimen democrático de gobierno. Estas instituciones pueden estar o no inspiradas o animadas por lógicas democráticas: el voto, por ejemplo, puede ser o ciudadano y republicano, o clientelar. Si ocurre lo segundo, esa institución resulta escasamente democrática. Si ocurre lo primero, al menos el voto exuda espiritualidad democrática. En América Latina es claro que el sufragio “libre” puede estar sostenido por un Estado oligárquico, patrimonialista y clientelar. Europa (un nombre cómodo) tiene otra historia. Pero en ningún caso se puede asociar necesariamente régimen democrático de gobierno con Estado democrático. No bajo el ‘orden’ capitalista, al menos. Sí puede asociarse con Estado de derecho. Tal vez éste exista en Europa. En América Latina no existe, excepto como farsa. Pero un Estado de derecho no es necesariamente un Estado democrático. Es solo un Estado de derecho. El Estado de derecho puede ser también nacional, pero este carácter tampoco lo hace Estado democrático. Puede ser Estado nacional y de derecho pero no democrático. Los colombianos tienen la vivencia terrible de que su Estado no es ni de derecho ni nacional, pero en el país se realizan ‘elecciones democráticas’ y la prensa mundial las “celebra”.

    Volviendo al punto de la carta, la existencia de un Estado europeo no necesariamente garantiza la posibilidad de una cultura democrática europea ni las instituciones de un régimen europeo de gobierno democrático. Se trata de procesos diversos, con distintos actores y protagonistas. El proceso no puede ser descrito entonces como una transferencia de poderes económicos desde los Estados nacionales (que existían antes de la Unión Europea) a entidades europeas que no están interesadas en la seguridad de los ciudadanos nacionales, portugueses, por ejemplo, o no pueden jurídicamente ocuparse de ella. Lo que viene ocurriendo es la configuración de una constelación transnacional e internacional de poder dentro de la cual los Estados ‘nacionales’ (entre signos especiales porque nunca lo han sido) juegan algún papel pero no el decisivo. O casi nunca. Si uno vive en América Latina puede ‘sentirlo’ muy claro, para bien o para mal. Si reside en Portugal o Grecia, debería empezar a sentirlo. Se puede recomendar a los europeos hacer turismo “mochilero” a América Latina para que ‘sientan’ cómo se está organizando hoy el mundo. Tal vez si lo “sienten” querrán pensarlo. Y si lo sienten/piensan querrán hacer algo. Y en vez de libertad y democracia o ‘nación’ lanzarán gritos y bufidos e invectivas como ¡liberación o muerte! En el idioma que estimen lo expresa mejor. Después de todo el lema de algunos revolucionarios europeos del siglo XVIII era ¡Libertad, igualdad, fraternidad… o muerte! Nadie, excepto el conservadurismo, lo consideraba excesivo.

    De modo que el párrafo #A es menos consistente de lo que parece. Y se agrava por una asociación con las ‘teorías de la conspiración’. “Esta trama neoliberal ha sido urdida en todo el mundo, Europa sólo tuvo el privilegio de ser “tramada” a la europea”. (#A). “Urdir”, en español, no sé si en inglés o en portugués pasa lo mismo, se asocia con cautela, engaño y conspiración (obviamente contra algo o algunos). La acumulación global no requiere ‘urdir’ nada. Se presenta a la vista de todos como espectáculo, sociedad de la información, economía del conocimiento y, ahora sí, ‘la’ democracia, ‘los’ derechos humanos, ‘la’ paz mundial, etc. El mundo de la acumulación mundial es un mundo que culmina en los Torneos Mundiales de Fútbol, en Los Juegos Olímpicos, en las peripecias de los Ricos y Famosos y en los bombardeos de la OTAN. Todos son espectáculos. ¿Nadie en Europa ve CNN? ¿No se habían enterado? Les conviene a todos los europeos de a pie venirse a este subcontinente latinoamericano algunos meses.

    Pero la epístola entra a su segundo núcleo. Señala el autor de la carta que está en curso un proceso global de desorganización del Estado democrático. Ya señalamos que la expresión ‘Estado democrático’ es polémica. Pero el argumento sigue así: el Estado democrático tendría tres funciones: la de confianza (protección a los ciudadanos contra fuerzas extranjeras y delincuentes ‘internos’ y catástrofes naturales), la de legitimidad (garantía de promoción del bienestar) y la de acumulación (garantía de la reproducción del capital a cambio de impuestos principalmente). Es interesante que el autor de la carta no diga que el Estado moderno también ha provisto identidades nacionales e individuales (es decir subjetividades) por medio de un habla común, por ejemplo. Esta función toca a las tres que él menciona. Pero las toca de tal manera que permite esbozar esta cuestión: las fuerzas de la OTAN proveen seguridad, sin duda (al menos es el criterio del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas), pero se la brindan al gran capital, no a los ciudadanos portugueses ni a los británicos, ni a ningún ciudadano, en verdad. Es el tema de la internacionalización y transnacionalización del poder que va asociado con la brutal militarización de los conflictos. El principal aparato militar del planeta sirve no a una nación o a varias, sino a la acumulación global y a sus necesidades geopolíticas. Este es el mundo, baby. Sobra decir que la lógica de la acumulación global no repara en las necesidades de población (seres humanos) alguna, excepto en cuanto ellas son función de esa acumulación. Es la época. No se ve qué tenga esto que ver con la pretensión de que existan Estados democráticos. Habría que explicárselo a los bancos, los monopolios (incluyendo el de las armas de destrucción masiva) y a los generales (no necesariamente los últimos de la lista). Es otra opinión. Hecha desde un lugar en el que se ‘siente’ esta realidad. El lugar podría ser Libia. O, algo más cercano a Portugal, Kosovo. Portugal votó a favor de la autonomía de la república ‘democrática’ de Kosovo que surgió de bombardeos y “limpiezas raciales”, suponemos también democráticos, contra el bando serbio y yugoslavo, limpiezas raciales auspiciados por EUA, sectores de Naciones Unidas y ejecutados por albaneses y la OTAN. Y no estamos aquí para nada abogando por el bando serbio. Solo recordando algunos episodios “democráticos” recientes. Y el punto nuclear es que la ‘desorganización del Estado democrático y nacional’, que por lo demás no ha existido nunca, es resultado de una tendencia estructural económico-político-cultural hoy paroxística y que si se quiere una cultura democrática, que es una bella aspiración, debe lucharse contra esa tendencia y no defender/apoyar una institucionalidad fantasma a la que muchos ciudadanos europeos vitorean en sus “triunfos” que son crímenes de lesa humanidad. Solo que, en geopolítica, cuando se triunfa, los genocidas y terroristas son los ‘otros’.

    Mirado así, las funciones del Estado nacional reconocidas por el autor de la carta dos, protección, legitimación y acumulación, se ven con otros ojos y distinta mirada. Una mirada que logra distinguir la sangre de las víctimas que para otros posicionamientos resulta invisible.

    Pero plantada la conspiración neoliberal (que es, en realidad, función de la acumulación global, podría ser también el catolicismo) la carta dos se ocupa de los engaños que éste plantea como transiciones necesarias. Es la mejor parte de la epístola porque ayuda a sentir, discernir e imaginar. La carta propone cinco transiciones.

    La primera es el paso desde la responsabilidad colectiva a la ‘responsabilidad’ individual (# D). No es buena esta presentación del asunto. La responsabilidad social es un dato de existencia humana, de cualesquiera maneras que se entienda “responsabilidad”. Esto porque el ser humano es un ser social que tiene la capacidad biológica y cultural de individualizarse. En cambio la responsabilidad individual, cortada de todo nexo social, es enteramente ideológica o, lo que es casi lo mismo, una referencia jurídica. Luego, se apunta bien el proceso, que no es reciente, eso sí, pero se lo determina o describe en mala forma porque se invisibiliza su núcleo ideológico. El costo es que la responsabilidad social puede ser también tachada de ideología, cuando no lo es, al menos en el mismo sentido que el individuo cortado de toda relación social.

    El segundo tránsito va desde la acción del Estado financiado por la tributación a una acción centrada en el crédito. Excelente descripción. Y sirve para entender América Latina y cómo los ‘éxitos’ de sus gobiernos actuales, centrados en el endeudamiento, anuncian el colapso y la masacre de las poblaciones “sobrantes”. Y también cómo oligarcas, industriales y tecnócratas y los principales medios masivos colaboran con este futuro negándose a pagar impuestos. Dejo en paz a las transnacionales, Zonas Francas, capital financiero y otras yerbas para no reiterar lo evidente. Bien estuvo aquí el autor de la carta.

    Tercer tránsito: desde la afirmación de bienes públicos (educación, salud, recreación, por ejemplo) e intereses estratégicos (agua, Naturaleza, etc.) cuya coordinación y defensa corresponde al Estado, a la afirmación de que toda intervención estatal en estos campos, que pueden dejar ‘ganancias’, es una limitación ilegítima de las oportunidades para el lucro privado (#F). Lástima que el autor de la carta no asuma con rigor su correcta aunque sumaria descripción. El punto quiere decir que desaparecen los territorios nacionales y sus poblaciones con sus necesidades y se transforman en espacios de inversión privilegiada. Territorios y gentes existen si dejan ganancias. Desaparecen, como tendencia, Portugal, Francia, Belice y Costa Rica, por ejemplo. La ideología neoliberal únicamente acompaña este proceso. Este tipo de mundialización puede aceptar otras ideologías. La fascista, por ejemplo, o la católica, cada cual con sus especificidades. Faltó aquí además un mejor recuento de los bienes públicos, como una tendencia al pleno empleo con horizonte de una sociedad/cultura del trabajo.

    La cuarta transición (#G), en opinión del autor de la carta, hace desaparecer la primacía del Estado y la desplaza/reemplaza por la primacía de la sociedad civil y del mercado. Es discutible. En realidad el capitalismo individualista y monopólico con hegemonía del capital financiero requiere de una legalidad transnacional e internacional que bloquee a las sociedades civiles y a la vez reconozca como sujeto absoluto de derecho al individuo productor/consumidor racional ambas expresiones ‘naturales’ de la especie. Que el capitalismo requiera de esta legalidad, aunque ella no esté depositada en un Estado-nacional sino en aparatos transnacionales tiene que ver con su carácter monopólico u oligopólico y con el hecho de que uno de sus instrumentos de persuasión/destrucción, sin paradoja ninguna, es la guerra. Las guerras justas siempre han demandado una ley que las víctimas de ella han roto y que a la vez justifique su exterminio o reducción. Así como Moisés utilizó el mandato de Dios para aplastar a quienes querían retornar a Egipto (una manera de disputar su monopólico liderazgo), el capitalismo requiere de un aparato legal, aunque precisamente porque uno de sus poderes se centra en el indisimulado deseo de ostentar el monopolio de la fuerza más bruta. Nada especialmente novedoso. Modernamente lo plantearon Maquiavelo y Hobbes.

    Agreguemos de paso que la expresión “sociedad civil” es polisémica. Si el autor de la carta la utiliza como el ámbito de los intereses particulares establecidos como legales/lícitos salta a la vista que en ella se acepta y privilegia el perfil jurídico del Estado. El individuo posesivo sin freno alguno no es un dato del liberalismo ni del capitalismo porque con esos caracteres podrían atentar contra la vida y la propiedad de otros y quedar impune promoviendo múltiples empobrecimientos. Ahora si “sociedad civil”, en su versión de sociedad  civilizada, apunta al dominio de los grandes capitales transnacionales, nichos sublimes de la más alta racionalidad natural del ser humano, esa sociedad civil, y el mercado ‘libre’ planetario que la constituye sí son ideologías actuales. Pero siguen demandando leyes porque ellas tornan ‘moral’ la crueldad, la guerra y el aplastamiento. El tema de fondo es más básico y contiene la escisión moderno-burguesa entre ámbito civil y ámbito político de la sociedad. En América Latina el asunto puede adquirir otro carácter porque aquí la depredación social vía la acción de individuos puede estar de acuerdo con la legalidad (positivamente o por omisión, o de facto), en el sentido de no ser sancionada. En eso solemos ser pintorescos.

    La discusión que propone el párrafo G probablemente se enreda porque se utiliza en su planteamiento una visión burguesa del asunto. Resultaría más enriquecedor entenderlo desde la Economía Política asumida como un discernimiento de los factores que caracterizan toda producción/distribución social y su crítica. Lo que está en juego aquí son los vínculos entre propiedad/posesión, capital, fuerza de trabajo, tecnología y conocimiento. Si se lo mira de esta manera, el período, como bien lo señala en otros lugares el autor de la carta, contiene una tendencia hacia la depreciación absoluta de la fuerza de trabajo. Esto es lo que da un carácter de malmorir, más que de sobrevivir, a las sociedades civiles. Pero ahí queda el tema como discusión.

    La quinta transición (#H) es la que va desde derechos sociales a la filantropía y a las ayudas puntuales. En América Latina este es un tránsito casi de socio-ficción. Derechos sociales, con excepción de países como Uruguay y Costa Rica, nunca han existido positivamente y, al menos en el caso costarricense, han entrado en estado de coma. En este subcontinente los pobres lo son porque no quieren trabajar y además son borrachos y sucios-brutos. Tal vez en Europa sea distinto, pero aquí los neoliberales latinoamericanos afirman tranquilamente que cada tiene la salud y la educación que puede pagar, por ejemplo. Solo una minoría desaprueba este diagnóstico. Al final de cuentas, Dios nos ha puesto “en un valle de lágrimas”.

    Según el autor de la carta después la exposición de éstas “sus” ideas, le resulta difícil imaginar “que las diferentes izquierdas no estén de acuerdo sobre el principio “mejor Estado, siempre; menos Estado, nunca”, y que de eso no saquen conclusiones”. Bueno, que a él le resulte difícil imaginarlo, se entiende. Pero aun regalando que sus ideas sean axiomas no polemizables, que no lo son, las políticas de izquierda no se siguen solamente de buenas ideas sino que tienen que ver con convicciones/posicionamientos (tendenciales y situacionales) y utopías. Y si  proponemos a los guatemaltecos, mexicanos o colombianos, por ejemplo, “…menos Estado, nunca”, de repente dirían: “Miren, mejor menos Estado porque el que tenemos es odioso, empobrecedor de nuestra gente y masacrador. Y además los funcionarios quieren que los aplaudamos”.  Y si les sugerimos “Mejor Estado siempre”, se cerciorarían que nadie los espía, ni soldados, ni curas ni políticos ni vecinos, y dirían “Mejor mejor no. Un Estado revolucionado sí. Pero como que no se ha podido”. Por supuesto aquí sí vale que Europa quizás es otra galaxia.

    Carta Tres

    El dicho afirma que la tercera es la vencida y tal vez sea así. La carta tres es la más floja de todas. Parte de un párrafo de antología porque solo contiene estereotipos: “Cuando están en el poder, las izquierdas no tienen tiempo para reflexionar sobre las transformaciones que ocurren en la sociedad y, cuando lo hacen, siempre es como reacción a cualquier acontecimiento que perturbe el ejercicio del poder. La respuesta siempre es defensiva. Cuando no están en el poder, se dividen internamente para definir quién será el líder en las próximas elecciones, de modo que las reflexiones y los análisis están relacionadas con este objetivo”. (A)

    Si el objetivo del autor de la carta es que lo escuchen y se abra un debate, pues ésta es pésima forma de escribir/hablar. Partamos con el último segmento: “Cuando (las izquierdas) no están en el poder, se dividen internamente para definir quién será el líder en las próximas elecciones, de modo que las reflexiones y los análisis están relacionadas con este objetivo.” Y, ¿qué quería? Se trata de ‘izquierdas’ parlamentarias. Su reloj es electoral, por su sangre corren sufragios, su corazón palpita plazas públicas. Sus dirigentes se ven Primer Ministro, Presidente, etc. En sus sueños la gente los abraza, vitorea, aplaude. Elige una esposa fotogénica y compra un perro vigoroso para la foto de hogar. Es por lo que han trabajado toda su vida. O casi.  ¿Qué quería el autor de la carta? Pero además de estas izquierdas parlamentarias, que aquí quien esto escribe también ha estereotipado (porque son complejas), existen izquierdas sociales, izquierdas ciudadanas, izquierdas culturales, izquierdas revolucionarias. Y muchas de ellas no se guían por el calendario electoral sino por la planificación de sus acciones y por las acciones mismas. Muchas estudian, aunque quizás no lo que el autor de la carta querría que estudiaran.

    Retornemos al inicio del párrafo: “Cuando están en el poder, las izquierdas no tienen tiempo para reflexionar sobre las transformaciones que ocurren en la sociedad y, cuando lo hacen, siempre es como reacción a cualquier acontecimiento que perturbe el ejercicio del poder. La respuesta siempre es defensiva.”. Bueno, al menos en América Latina si alguna izquierda gana elecciones, el otro bando (Embajada de EUA, jerarquía católica, Cámaras empresariales, FMI, CNN, medios locales y un buen sector de ciudadanía) comienza por aullar que existió fraude electoral (hoy sale a la calle para agitar a ver si logra algún Otanazo por ahí). Esto de inmediato. Si logra poco (poner a la defensiva al nuevo gobierno, por ejemplo) o nada, inicia una campaña de hostigamiento que carece de todo límite. Puede llegar a la guerra (Nicaragua), al golpe de Estado (Honduras, Venezuela, Chile), al terrorismo, el boicot, el estrangulamiento financiero, etc. Y mueve gente porque mucha gente le cree a los medios, le cree a la jerarquía católica le cree los pastores protestantes y le cree a la repetición de anatemas como “comunismo”, “populismo”, “izquierdismo”, “están arruinando el país”. Tiene a su favor, usualmente al menos al poder judicial. ¿No estaría el autor de las cartas a la defensiva también? No estarlo sería insensato, excepto que se dieran condiciones para avanzar desde el gobierno (desde el Estado no, porque ahí residen los militares, entre otros). Pero estas ‘condiciones’ se dan rara vez y no siempre existe espacio y tiempo para crearlas. También pueden faltar voluntad y sabiduría, cierto. Y asimismo puede existir una proclividad a la corrupción y la venalidad. Eludirlas no es nada fácil para las izquierdas parlamentarias.

    Seguro Europa es distinta. Pero aquí el gobierno que quisiera poner la seguridad social como universal o pasar una reforma tributaria para que los poderosos paguen algo o un poco más, levanta a toda la jauría. No hablemos de una reorganización de la propiedad de la tierra. Y toda la jauría quiere decir toda: potentados y también sectores humildes, por decir algo. Por supuesto las izquierdas sociales, que normalmente no aspiran a ser gobierno, pueden desarrollar otro trabajo político y suele ser lo que hacen. No son mejores ni peores que las izquierdas parlamentarias, son distintas. A las parlamentarias habría que criticarles quizás que no aprenden algunas lecciones básicas del pasado.

    Un tercer estereotipo en este párrafo de seis líneas. “Cuando están en el poder”.Como se sabe desde Cristóbal Colón nadie “está en el poder”. Los poderes se ejercen y porque se ejercen se sabe (y otros aprenden) que se es poderoso. Cuando un varón se casa no está en poder de la mujer. Si ejerce como marido/amigo/amante/padre/compañero/etc. ejercerá un poder que no es de dominación sino de acompañamiento y servicio y que resulta en producción de pareja con autoestima individual y compartida. Cuando una izquierda electoral gana un gobierno no está en el poder porque no necesariamente puede ejercerlo; además de las carencias propias, existen otros poderes estatales, oposición legal e ilegal, capitales especulativos, medios masivos, procesos de reificación, desafíos puntuales (migración, por ejemplo), crimen organizado, nadie paga impuestos, vecinos siniestros,  etc. De esto solo se sigue, no un necesario naufragio siempre, sino que la izquierda parlamentaria tiene que estar negociando siempre el ejercicio del poder. Si lo hace bien, no necesita ganar elecciones para ejercer el poder o parte de él. Pero nada de esto está en el párrafo A de la tercera carta. El autor se mueve a tiro de estereotipo. Con ese estilo, cualquiera ‘piensa’.

    El segundo párrafo no mejora mucho el asunto. Combina lugares comunes (no pensar hoy conduce al suicidio, por ejemplo) y los argumenta mal. Las izquierdas, según la epístola, tienen que pensar porque las derechas piensan mucho y bien. El autor de la carta tres confunde “pensar” con publicidad y propaganda. Las derechas no requieren pensar porque están en ejercicio de los poderes económico-sociales, de prestigio, políticos-jurídicos y transnacionales. Por eso suelen ser grupos dominantes y hegemónicos. Como no controlan enteramente los culturales los transforman hoy en espectáculos vistosos: música, bailes, fútbol, etc. En América Latina además administran a un Dios que desalienta. Por lo tanto no requieren pensamiento alguno como no sea el procedimental que los lleva a manipular, crear o adaptar tecnologías y ganar dinero o hacerlo ganar a sus patrones. Y, por cierto, esto resulta universalmente suicida. Las derechas tienen publicistas orgánicos de muchos tipos, no intelectuales. Los intelectuales, por el contrario, siempre les resultan desconfiables a las derechas. Es obvio: piensan. O, al menos, tratan. También son desconfiables los artistas: conmueven y pueden convocar a la imaginación a soñar con otras humanidades. Las derechas resienten a los sectores populares organizados (ni hablar de los político-militares) y a los artistas e intelectuales a los que no pueden cooptar. En América Latina inscribirse en las derechas quiere decir condenarse a ser municipal y espeso. Y a desmovilizarse excepto cuando el patrón lo ordena. El autor de la carta confunde ‘intelectuales’ con técnicos-del-sistema (‘trabajadores intelectuales’, en realidad) que, como escribe él mismo, “siempre interpretan la realidad llevando el agua a su molino” (#B). El párrafo culmina con un exabrupto. Después de afirmar que las izquierdas parlamentarias no piensan ni cuando ganan ni cuando pierden (#A) el autor de la epístola redacta: “… las izquierdas no disponen de instrumentos de reflexión abiertos a los no-militantes”, o sea que sí piensan, pero su “reflexión sigue la línea estéril de las facciones” (#B). Ahora, las ‘facciones’ en el seno de las organizaciones no son algo metafísicamente perverso. Si se dan facciones (diversidad) puede existir debate. Lo impropio es la ausencia de debate o su resolución autoritaria. O la transformación de los ‘debates’ en happening, como ocurre en el Foro Social la mayor parte de las veces.  Se trata de una lógica de la organización, no de la existencia en ella de facciones, o de diversas versiones, cuestiones sólidamente positivas. Pero el autor de la carta prefiere el estereotipo que anatematiza: la izquierda no piensa porque las facciones son sectarias. Si esto fuera siempre así, su precio sería el inmovilismo y la muerte (por burocratización) de la organización. La muerte ocurre porque la disciplina vertical y el oportunismo burocrático ahogan el debate. ‘Pensar’ no facilita ganar escalones. Estas desviaciones y corrupciones, disciplinarismo, burocratismo, oportunismo, pueden ocurrir (de hecho han ocurrido y siguen ocurriendo). Pero decirlo supone reflexionar y no descalificar mediante estereotipos. Redactarlo como ‘ley general’ de las izquierdas no conduce a nada positivo porque contiene provocación y resulta políticamente falso/erróneo. Y ya dijimos que las izquierdas hoy no se agotan, ni mucho menos, en la izquierda parlamentaria. Ese es un prejuicio propio del imaginario dominante. Que no es precisamente ‘de izquierdas’.

    En el párrafo siguiente, el epistolante, se mantiene rodando cuesta abajo. Una perla: “… tras el doble colapso de la socialdemocracia y el socialismo real”. (#C). En sus propios términos, la socialdemocracia (que es capitalista y en su inicio con guiños obreros) y parlamentaria no ha colapsado porque ocasionalmente y por aquí o por allá gana elecciones. Que haga pésima política (en el sentido de anti-republicana, contra la fuerza de trabajo y los grupos discriminados, dudosamente democrática y clientelar) es otra cosa. Esto resulta de que hace rato, en la mayor parte de países, dejó de ser de izquierda o de tener sectores de izquierda o aceptar interpelaciones ciudadanas o populares. Se dice esto desde América Latina. Habría que estudiarlo en Europa. Pero si gana elecciones, estrictamente, no ha colapsado. Que sus gobiernos sean hediondos de malos y efímeros (no dejan huella alternativa y liberadora), es otro cuento. Ahora, la expresión ‘socialismo real’ es fácil y está extendida, pero también es  fuertemente ideológica. Durante la Guerra Fría tuvo vertiente capitalista/occidental y soviética. Una imagen ideológica no puede colapsar. Los colapsos políticos se producen en los procesos sociohistóricos y pueden derivarse de factores internos y condiciones externas. Esto permite estudiarlos. Las imágenes ideológicas no colapsan. La mejor prueba es que el autor de estas cartas la usa rediviva. En la transición entre las décadas finales del siglo pasado colapsaron experiencias sociales del socialismo histórico. La más importante, la de la URSS. Para sus gentes, igual de importantes las de lo que hoy se llama Europa Central, entonces ‘democracias populares’. Pero, excepto para Stalin y Washington, eso nunca fue ‘socialismo real’. Usar el giro casi apunta las señas de alguien que no quiere entender nada y no quiere darse la molestia ni de sentir ni de pensar. Y esto último no es de izquierdas.

    Y, de paso, ya que se habla de cuestiones elementales, el autor de las cartas, habla del conocimiento estratégico del mundo (# C) Pues si hay conflictos agudos (contradicciones sistémicas, diría alguien), entonces no existe un conocimiento estratégico del mundo porque coexisten (articulados) varios mundos y se hacen factibles, por lo tanto, varios y conflictivos conocimientos estratégicos sobre él. Como se advierte, el autor de las epístolas tiende a no acertar ninguna. Una canción argentina dice (habla un pequeño propietario rural): “No venga a mirarme el pago con ojos de forastero. Que no es como usted lo ve, sino como yo lo siento”. Sabio el pequeño propietario, aunque no haya escrito epístolas. Es casi seguro que si en Portugal y Europa existen pequeños propietarios rurales debe existir alguna letra de canción semejante.

    El párrafo D de la tercera carta, uno de los más largos, contiene dos apreciaciones inadecuadas. Al hablar de las izquierdas y de los nuevos actores y movilizaciones sociales (un tópico que tiene ya sociológicamente medio siglo) responsabiliza unilateralmente a las izquierdas, parlamentarias suponemos, de sus desencuentros. En realidad los desencuentros provienen de ambos lados. Existe un sectarismo de los nuevos actores y también un sectarismo (quizás más pétreo) de los que se considera más tradicionales (partidos y organizaciones político-militares de izquierda). Por razones de extensión no viene al caso analizar estos sectarismos (y frivolidades, en sentido estricto) pero existen. Un solo ejemplo: grupos feministas pueden rechazar hacer política (en el sentido periodístico vulgar) porque ven/sienten en la política espacios de corrupción dominados por los machos y sus barbies. Se trata de un error sectario lamentable porque es precisamente la lucha política de las mujeres con teoría de género la que desnudó el carácter político de la existencia familiar por existir en ella dominación patriarcal. El punto se reservaba, antes de sus luchas, simplemente a la bobería perversa de algunos ‘marxistas’. Desde luego que este tema es más complejo y no se resuelve con un ejemplo. Pero la atribución unilateral de responsabilidades a las izquierdas políticas (cónstese que los nuevos movimientos, sí existen, también son parte de las izquierdas políticas) es inadecuada, tal vez por falta de información o de experiencia militante.

    La otra parte del párrafo se ocupa de asociar (acercar, asemejar) condiciones de lucha populares del siglo XIX, específicamente 1848, con las condiciones que se viven hoy. El autor de la carta menciona la polarización social (que oponía entonces a propietarios/empresarios y trabajadores) y las banderas por acceso al empleo (no al trabajo, como se redacta en la carta) y la reducción de la jornada laboral. El autor escribe: “Ciento cincuenta años después, la situación no es exactamente la misma, pero las banderas siguen siendo actuales.” (# D). Pues, si se considera aisladamente las banderas ‘parecen’ semejantes, pero están muy lejos de ser las mismas. Son enteramente distintas y no puede ser de otra manera. Remito a dos cuestiones que muestran la distancia.  En 1848 el efecto de reificación (objetivo y subjetivo) de la forma-mercancía no tendía a ser radical como hoy lo es. Por lo tanto los trabajadores resentían la explotación laboral (de 16 horas, por ejemplo, o el empleo infantil). Hoy día la mayoría de trabajadores desea tener salario, estar incorporados al sistema. No es solo que la jornada laboral disminuyó y por ley (cuestión no solo jurídica sino derivada de los despliegues tecnológicos), sino que la subjetividad de las personificaciones de la fuerza de trabajo ha internalizado como identidad legítima la de recibir salario. No se trata de llorar, porque para este resultado confluyen varios procesos, pero hay que contar con las subjetividades de las gentes para realizar trabajo político alternativo efectivo. Y no estoy hablando de “seguidismo”, sino de crear condiciones para que las personas crezcan desde sí mismas y deseen los cambios, aunque cuesten y uno no vea en vida las transformaciones. Se trata de luchas de largo aliento, constantes por lo tanto, políticas y culturales. No de ocupaciones de fines de semana o de coyuntura electoral.

    La segunda referencia se liga con la primera. En la mitad del siglo XIX la situación europea generó pensamiento crítico marxista y anarquista. El imaginario que sostenía estos pensamientos era no que la historia se acababa, sino que podía empezar por vez primera. Hoy marxismo y anarquismo, sin haber sido adecuadamente asumidos nunca, son marginales. No reaparecerán ‘espontáneamente’ desde las gentes que hoy sufren, de diversas maneras, el capitalismo mundial. Por lo tanto las banderas del siglo XIX ‘parecen’ las mismas, pero no lo son. Se inscriben en procesos muy distintos y los actores han cambiado significativamente. Es otro capitalismo (más brutal por enraizado) y también son otros los intersticios desde los que se puede y debe alentar y construir la esperanza radical. Y esto no quiere decir para nada enterrar al siglo XIX y sus luchas. Solo quiere decir que es otra época. Y la política se hace desde situaciones específicas para crecer desde ellas hacia su transformación radical. Esto, claro, si se quiere militar en las izquierdas. Si se desea ganar las elecciones o ganar prestigio, esa es otra historia.


    El siguiente párrafo de la carta tres es un corolario del anterior y, aunque tiene caracteres específicos, es brincable. Un solo detalle. Observa el autor de la carta que en el siglo XIX “…, pero los gobiernos conservadores que siguieron (a la emergencia de la lucha social) tuvieron que hacer concesiones para que la cuestión social no desembocara en una catástrofe” (# E). Esos gobiernos hicieron concesiones cuando a las clases empresariales les resultó factible y hasta deseable hacerlas y su factibilidad se siguió del colonialismo y del despliegue tecnológico, a los que se sumó el juego partidario de las organizaciones ómnibus. Por supuesto, otro componente del motor de los cambios fue la lucha social popular. Hoy las tecnologías permitirían eliminar, sin problemas, por ejemplo, 3 mil millones de seres humanos. Y las mismas tecnologías, que descansan en una racionalidad fragmentaria, amenazan liquidar las condiciones que le permiten al planeta sostener la vida. Las “catástrofes” en el horizonte son, como se ve, también distintas a las del siglo XIX, aunque ya latieran embrionariamente entonces.

    El párrafo F básicamente sostiene que el aparato financiero no causa (a las izquierdas) el suficiente terror que debería y que las derechas tienen capacidad para reprimir cualquier amenaza seria. En el otro bando, las izquierdas, por su desunión, parecen no tener planes. Si la situación europea es la que el autor describe, pues sus poblaciones y estructura social dentro de algún tiempo se parecerán a América Latina. Y los latinoamericanos por fin habremos alcanzado el status europeo que tanto hemos deseado (es broma). Es decir, la mayor parte de la población comerá y respirará mierda y la encontrará sabrosa y excitante. Habrá que reconocer asimismo que las Cartas no contribuyen excesivamente a que las izquierdas se hagan planes (en especial si son exclusivamente parlamentarias) ni se articulen constructivamente o “unan”. Si se “unieran” en un frente electoral, eso no cambiaría mucho. Las elecciones, por ejemplo, no entregan poder militar. El asunto es político-cultural. De hecho siempre lo es, visto desde las izquierdas. Si es que lo son.

    La carta tres llega ahora al nivel de la propuesta. Si lo facilón es genial, pues entonces se trata de una propuesta genial. Si no lo es, pues habría que entregarle otro calificativo. Hay que “volver a conectar la democracia con las aspiraciones y decisiones de los ciudadanos” (# G). Es decir, hay que enfrentar al capital financiero y a la OTAN con los ciudadanos que se toman en serio la democracia. ¡Pero si es el gran capital el que sostiene ‘las’ democracias, o las instaura, “crea” las sensibilidades de ciudadanos falsos y los paga, y es la OTAN la que protege a estas ‘democracias’!.

    Nótese que el autor de la carta se olvidó hace ya rato de las izquierdas sociales y antineocoloniales y etc. Solo existen ciudadanos. Menos de izquierda que esto, difícil. Para ponerlo en términos antiguos, quiere refundar la socialdemocracia de mitad del siglo XX. No es en exceso original, lo que no es pecado, pero ocurre que el espacio de la social-democracia lo ocupa ya la actual social-democracia. Habría que ver cómo se lucha contra eso. Porque la actual social-democracia busca aliados. Y los consigue. Casualmente, entre ciudadanos y sectores sociales. Por supuesto lo hace para repartirse bienes (repartición que podría resultar en defunciones). El tema aquí es cómo reconfigurar una socialdemocracia parlamentaria en territorio para nada  política e ideológicamente (sin contar la fetichización) virgen.   Cierto, se puede intentar. Pero es casi una certeza que de ello no resultará un proceso de “izquierdas”. Las izquierdas o tienen fundamento social o no lo tienen. Una cultura democrática tiene contenido social. Aspirar a ganar las elecciones puede hacerse con contenido ciudadano y engañifas sociales. Ganar elecciones significa también, y no es un factor menor, ser cooptado por el sistema. El autor de la carta califica al régimen de gobierno de ‘democradura’. Bueno: trabajar para ganar en elecciones sin que ello sea culminación de un trabajo político para crear cultura/sensibilidad democrática significa legitimar la “democradura”. Que, imaginamos, es lo que el autor de las cartas no desea.

    Y termina la tercera carta con una mención ‘a la moda’: ‘Indignados’ y ‘movimiento Occupy’. Dice de ellos que “rechazan la expropiación de la democracia y optan por tomar decisiones por consenso en sus asambleas” (# H). Bueno, también lo hicieron, y peleaban contra el neoliberalismo mundial y el Estado mexicano, los insurgentes zapatistas en 1994. El autor de las epístolas se pregunta retóricamente “¿Están locos o son un indicio de los retos que vienen por delante?”. En toda locura existe alguna sensatez, escribió Shakespeare. El desafío es si esa sensatez tiene alcance (incidencia) político y se inscribe en un proceso de politización cultural de la sociedad. Pero el autor de la epístola no está para estas cuestiones. Prefiere rematar su mensaje con una pregunta-insulto: “¿Ya han pensado las izquierdas, si no se sienten cómodas con formas de democracia de alta intensidad (dentro de los partidos y en la república), deberían retirarse o refundarse?” (# H). Es su palabra final. No constituye exactamente una invitación al diálogo ni a la polémica constructiva.

    Se hará una sola observación a esta conminación epistolar final: las asambleas por sí mismas no constituyen un rasgo democrático. Lo que las hace democráticas, con la intensidad que ello requiere, es su lógica interna. Esta lógica se expresa en un proceso y funcionamiento que trasciende y excede el momento y espacio físico de la asamblea. Una asamblea con mucha gente puede ser convocada y manejada despóticamente. O puede hacerlo democráticamente. Los Congresos del Partido Comunista de la URSS fueron un tipo de asamblea. Pero sus votaciones curiosamente unánimes durante mucho tiempo las tornaron dudosamente democráticas y, con ello, facilitan cuestionar el carácter democrático del proceso partidario que conducía a los Congresos. Luego, las asambleas por sí mismas son dudosas, como toda institución social aislada. Serán democráticas las asambleas si se inscriben en una cultura democrática. No lo serán si se inscriben en una cultura autoritaria. Los laicos católicos lo saben perfectamente porque entre ellos los asuntos se pueden discutir mucho pero finalmente se hará lo que diga el cura/obispo. La cultura de las sociedades capitalistas es autoritaria. Construir y propagar cultura democrática en su seno exige trabajo y testimonio político. Existe bastante literatura acerca de propuestas democráticas participativas en sociedades de grandes números y cuyas gentes ocupan la mayor parte de su tiempo en lo que creen son sus exclusivos propios negocios. Convendría revisar esta literatura con ánimo constructivo. O imaginarla con seriedad. Esto no implica dejar de felicitar a los “indignados” y a los “okupas” si sus asambleas se inscriben en procesos de democratización cultural. Y si no lo hacen, felicitarlos por el tiempo que se toman y ojalá se sigan tomando. Aquí tiene alguna razón el autor de las cartas. Podrían estas asambleas llegar  a ser ejemplo, aunque realmente no lo hayan sido. Como lo de los zapatistas.
_____________________

    Conviene aquí dar una opinión de conjunto. Las Cartas a las izquierdas firmadas por Boaventura de Souza Santos están dirigidas a los europeos, y  más específicamente quizás a los portugueses, y a sus izquierdas parlamentarias. Su estilo es inapropiado para iniciar o mejorar debates. Y su contenido es una mezcla de estereotipos, lugares comunes y asociaciones dudosas. Su debilidad más patente es hablar a las izquierdas, en plural, cuando se ocupa exclusivamente casi de las izquierdas parlamentarias. Esto si se considera que “indignados” y “okupas” no necesariamente se consideran a sí mismos de izquierda ni tampoco cuestionan todos quienes participan en sus acciones al sistema. En América Latina resultaría complicado, excepto en términos nominales, llamarse de “izquierda” sin cuestionar al sistema. Y las izquierdas políticas parlamentarias, si deseasen no ser cooptadas por la lógica parlamentaria (que exige mirar frecuentemente para otro lado para no percatarse de lo que ocurre, y esto en el mejor de los casos), tendrían que adoptar procedimientos de control por la base activa (social, ciudadana) que no se han visto nunca y que hoy les suenan descabelladas. Las izquierdas político-militares, que todavía existen, no pueden adoptar esa cautela por razones de sobrevivencia. Los interlocutores de esta polémica serían entonces las movilizaciones y movimientos de sectores populares (son todos los que resienten dominaciones) y ciudadanos radicales que, por el momento, carecen de aspiraciones parlamentarias aunque sí las tienen políticas (no es lo mismo). Las Cartas… se ocupan poco o nada de estos sectores y de los desafíos que plantea su accionar. También aquí resultan deficitarias.

    Lo que sí llama muy negativamente la atención es la pobreza conceptual, o rigor, de los textos de de Souza Santos en estas epístolas. Sus libros y artículos, cuestionables o no, poseen otro nivel. Tal vez las cartas en cuestión no le pertenezcan. A García Márquez le han hecho circular unos versitos en Internet que no podría haber escrito ni siquiera bajo la amenaza de un cocodrilo hambriento o una mariposa gigante con alas de guadaña. Tal vez sea éste otro caso.

 

   Y una última observación. Mi texto no intenta ser democrático. Sí busca inscribirse en procesos de democratización. Se trata de la cuestión del principio de agencia. Uno trata de alentarlo. Pero corresponde a cada cual esforzarse por producir el suyo y a cada organización incorporar la responsabilidad y autoestima universales a la lógica de su organización y a las instituciones sociales en las que participan y dan testimonio. Es lo central de una respuesta a las compañeras/os colombianos que se dieron el trabajo de hacerme llegar estas cartas para que les ofreciera mi parecer. Seguro no esperaban fuera tan extenso.
_______________________

    Las Cartas… a las que se ha hecho referencia venían acompañadas de un texto de Henry Mora Jiménez, costarricense, quien quiso dar a su aporte la forma de respuestas a preguntas que se hace de Souza Santos en sus tres misivas. Se trata aquí principalmente de enfoques conceptuales que invitan a la declaración y al debate. Se trataría de un proceso. Solo se harán a este aporte algunas puntualizaciones para evitar producir un texto tan extenso que fastidie y convoque al sueño. La actitud de Mora Jiménez, de acoger las Cartas…como punto de partida para clarificaciones, es encomiable. Eso sí, no se trata de intentos de respuesta porque la mayor parte de las preguntas de las Cartas…tienen carácter retórico.

 

     La “Carta a las izquierdas” de Boaventura de Sousa.
   Un intento de respuesta.


   Henry Mora Jiménez

 

    Mora Jiménez numera sus ítems, de modo que facilita referirse a sus respuestas.

    La primera pregunta es: ¿Puede el capitalismo ser reformado con el fin de mejorar la suerte de los dominados o esto sólo es posible más allá del capitalismo?

    La respuesta de Mora Jiménez contiene al menos tres cuestiones que convendría precisar: a) la primera es enfatizar que el capitalismo propone una universalidad no materializable.  Se trata así de un universalismo (que es una mala palabra) que se inserta en una ideología (otra mala palabra). De modo que no queda más camino a ‘las izquierdas’ que trascenderlo o, lo que es lo mismo, realizar una o varias transformaciones radicales o estructurales. Revoluciones, digamos. Esto obliga a reconceptualizar el papel de las izquierdas parlamentarias, sociales, político-militares, etc. no solo en cuanto a sus propuestas sino en sus procedimientos. Obliga a proponerse, en el mismo origen de las luchas, producir otra cultura (sensibilidad). No se trata de mejorar lo que es, sino de apostar por lo negado en lo que es (se impone) pero que podría ser; b) Mora Jiménez menciona como “clásicos” del marxismo a Marx y a Fidel Castro. Marx sin duda es un clásico pero su obra intelectual quedó inconclusa. Los problemas y vacíos del “marxismo clásico”, su ‘obrerismo, por ejemplo, son el resultado de una comprensión inadecuada (mística o metafísica) de una obra incompleta, seguida de su imposición como dogma. No se trata de salvar a Marx. Se salva solito. Pero no resulta tan sencillo trascenderlo sin estudiarlo críticamente; c) dentro de las características de Fidel Castro no está la de ser un “clásico” del marxismo. Si es clásico de alguna cosa, en el sentido de que perdurará como algo y alguien que vale la pena recordar (conocer y asumir) críticamente, lo será del tercermundismo y del cubanismo en tanto apuestas político-culturales (sin duda con errores y hasta aberraciones) por producir humanidad en tiempos de penuria.

    La siguiente pregunta que se hace Mora es: ¿La lucha social debe ser conducida por una clase (la clase obrera) o por diferentes clases o grupos sociales?

    La pregunta contiene un equívoco, aunque Mora Jiménez quizás no incurra en él. La gente solo existe en situación y en coyuntura social, según el marxismo. Las clases sociales son un concepto propio del análisis de los modos de producción y la estructura social. La clase obrera (modo de producción) no es idéntica a los sectores obreros (en situación y coyuntura) de Portugal o Costa Rica, por ejemplo. Quienes deben conducir la lucha social son quienes luchan con mejores ideas, más fuertes sentimientos y más luminoso horizonte de trascendencia y son capaces, o se dan las capacidades, de comunicar esto para que otros luchen desde sí mismos. Pueden ser hipopótamos, ecologistas, sindicatos, campesinos sin tierra, etc. Por supuesto el punto de vista clasista forma parte tanto de las situaciones sociales como de los horizontes de trascendencia o utopía, pero las luchas las dirigen quienes luchan mejor y son capaces por ello de convocar a la lucha revolucionaria a otros contingentes sociales. Y en estas luchas hay cupo para otras utopías, no solo la clasista. Nada fácil ni  que se haya hecho, como se ve. Esta discusión es la que conduce, aunque no sola, al criterio de articulación de diversos por encima del criterio más clásico de ‘unidad’ de las fuerzas revolucionarias. Este último llamado tuvo siempre en el siglo XX una pretensión hegemónica determinada en parte por el equívoco antes descrito.

    La tercera cuestión es: La lucha social ¿debe llevarse a cabo dentro de las instituciones democráticas o fuera de ellas?

    Mora da un rodeo para contestar su propia pregunta (puesto que en las Cartas… las izquierdas son solo parlamentarias, o sea legales o casi). Mi opinión es que su rodeo es de buena manera doctrinal y a la vez insuficiente porque habla de instituciones, pero no del sistema institucional y de la lógica (una o varias combinadas) que este sistema insufla en las instituciones, y porque esa invisibilización por parte de Mora Jiménez del sistema se abre a la idea de un reconocimiento  mutuo entre sujetos corporales y necesitados que me parece una forma abstracta de referirse a las relaciones sociales que son constitutivas de los seres humanos y a través de las cuales subjetiva y objetivamente se reproduce el sistema social. El resultado práctico del rodeo doctrinal es que se termina hablando de ‘la’ libertad y no del principio social de agencia humana universal y en situación que es conceptualmente lo que configura la institucionalidad democrática gubernamental en el seno sociohistórico de una cultura que se quiere democrática, o sea participativa, con emprendimientos colectivos, y responsable. Por supuesto esta institucionalidad democrática en el seno de una cultura (o muchas) que se quiere democrática tendrá rosas y espinas porque es creación humana, pero el tema de la libertad o su concepto no es inicialmente significativo para avanzar en la pregunta. El rodeo que da Mora, además, permite eludir el que las Cartas… funcionan desde el criterio de que en el capitalismo europeo ‘la’ democracia ha sido o es una realidad que se puede retomar aunque con mejores intenciones. La participación democrática efectiva, y la institucionalidad que la exprese, en el orden/desorden capitalista no es factible porque, aquí sí, en él la libertad ciudadana no es  imaginada ni operacionalizada de manera equivalente a la libertad económica. Esta última libertad es ‘natural’ y universal, innata, mientras que la primera es inducida culturalmente por el Estado bajo la forma de derechos y responsabilidades ciudadanas.  La noción de ‘ciudadano’ cubre así ideológicamente las discriminaciones que se siguen de mercados con tendencia a la concentración de riqueza/prestigio (monopolios) y ante los cuales nadie es libre, ni siquiera los banqueros. Con su ‘rodeo’, en cambio, Mora Jiménez termina hablando de “un poder ciego que se dirige en contra de la vida de los sujetos” y eso creo no es lo que estaba en debate, con independencia de su justeza o impropiedad para otros enfoques o discusiones. Recuérdese que es él quien formula las preguntas. La respuesta directa era allí: la configuración del orden capitalista hace pasar como democráticas instituciones que son autoritarias y totalitarias. La calidad de lucha social democrática y popular pasa entonces por otro camino. Pero éste camino no es tampoco el de las democracias “populares”.

 

    Aquí conviene recordar que en la pregunta anterior Mora rechazó, sin venir demasiado a cuento, el centralismo democrático de la organización leninista que asalta el poder (en el discurso clásico), pero ese centralismo democrático se dice desde una lógica autoritaria determinada en parte por la clandestinidad de la lucha. ‘Democrático’ hace referencia aquí a que los militantes deben ser ‘cuadros’ pero, que su ‘libertad’ está supeditada a la existencia del aparato partidario. Se puede extrapolar esta concepción al Estado que intenta constituirse como revolucionario, pero no fue pensada para eso. Puede imaginarse perfectamente un aparato partidario con centralismo democrático operando en un Estado que busca avanzar hacia una cultura democrática. Pero esa no fue la decisión de Stalin y, en las condiciones soviéticas, tal vez tampoco habría sido la decisión de Lenin. Ahora, como el medio costarricense es sólidamente conservador quizás Mora Jiménez desea claramente separar aguas. Obviamente él no es comunista, pero yo no veo que eso le impida tener argumentos, que los tiene, ni tampoco lo obliga a anatematizar procesos que pueden ser instructivos incluso para no cometer sus errores.


    La pregunta cuatro es ¿El Estado, en sí mismo, es una relación de dominación o puede ser movilizado para combatir las relaciones de dominación?

    Aquí sí Mora contesta su pregunta, pero la respuesta me parece equivocada. Solo aporto algunas discrepancias: el Estado es un aparato sistémico o subsistémico y esto quiere decir que es más que las instituciones que lo componen. Entre sus tareas, el Estado sanciona los ‘lugares sociales’ provistos por la división social y técnica del trabajo y por los patrones ‘culturales’. Para ello confiere identificaciones inerciales que facilitan la reproducción subjetiva y objetiva del sistema. Mora Jiménez dice que el Estado es relación de dominación pero también síntesis social. ‘Síntesis’ puede contener complementación, pero esta ‘complementación’ la realizaría el Estado también bajo la forma de coacción internalizada por la subjetividad de los sometidos en las relaciones sociales ‘necesarias’. Entonces no es síntesis, en sentido estricto. Sigue siendo un vínculo de violencia o dominación. La acción ‘suave’ del Estado es engañosa. Si hay crisis, entonces el Estado masacra. Esto es así al menos en la historia latinoamericana. Lo que se quiere decir con esto que el Estado resulta de una correlación de fuerzas sociales incompatibles objetiva y subjetivamente. Parte del secreto del Estado y de su necesidad para el capitalismo consiste en tornar cultural y socialmente compatible lo incompatible. El anarco-capitalismo o un capitalismo sin Estado no es factible. Esta línea de análisis no conduce a las mismas interpretaciones que realiza en su respuesta Mora citando a F. J. Hinkelammert. Y el punto se relaciona muy remotamente con una pretendida abolición o extinción del Estado propuesta por el marxismo. La abolición la propusieron grupos anarquistas. Y la ‘extinción’ hace referencia a la desaparición eventual de las clases sociales o, lo que es lo mismo, a la desaparición del conflicto entre fuerzas sociales antagónicas. Otro tipo de conflictos resultan inevitables paa la sociabilidad humana. Si la maquinaria del Estado moderno se desea utilizar para liquidar (puede ser un proceso o tendencia) universalmente las discriminaciones/dominaciones sociales, en algún momento esa maquinaria se quebrará y dará paso a otra cosa. Solo un brujo colombiano podría decirnos en qué consistirá esa otra cosa que surgirá desde la gente que asume identidades de liberación y las hace programa político que, además tendría que existir descentralizadamente por y para todo el planeta. Conceptualizar esto desde las tareas de hoy suena a socio ficción. De hecho, lo es.

    Agrego un detalle porque creo se trata de un error. Derechos humanos reconocidos por el Estado aparecen en el siglo XVIII. Los que se empiezan a dibujar en el siglo XIX son derechos de ‘los otros’, mujeres y trabajadores específicamente. Derechos de los propietarios y de los no-propietarios son resultados de luchas. Pero junto con estos derechos la sociabilidad moderna se da la capacidad, y transfiere al Estado la capacidad de ejecutarla, de decretar la existencia de no-personas, es decir de individuos y grupos para los cuales estos derechos no resultan aplicables. En América Latina han sido tradicionalmente no-personas los indígenas originarios, los miserables urbanos y agrarios y ya en el siglo veinte los narco-guerrilleros y los ‘terroristas’. Si se piensa en la dominación patriarcal, las mujeres han sido y siguen siendo una variedad de no-personas solo que a ellas se las liquida culturalmente. Planetariamente están hoy frescas las no-personas de Bin Laden y Gadafi. Pero cualquiera puede llegar a ser una no-persona. En la Inglaterra del siglo XVII fueron los mendigos. Entonces no se trata de algo de ahora sino que es una constante del orden/desorden capitalista.

    Por eso no me resulta convincente la tesis de que el programa de hoy pase por “… penetrar y atravesar la institucionalidad en función de estos derechos humanos. El ser humano en cuanto sujeto (corporal, concreto, necesitado) es el criterio de juicio sobre todas las leyes y todas las instituciones”, como señala Mora Jiménez. El programa político popular pasa siempre por desentrañar radicalmente las relaciones sociales y transformarlas. Como horizonte puede y debe (porque es un rasgo de la experiencia humana) aparecer un referente ético, pero no es saludable confundir los programas políticos liberadores, que poseen su propia eticidad popular (que es variada y puede ser conflictiva) con el horizonte de esperanza.

    El último aporte de Mora Jiménez es un comentario sobre la caracterización de las izquierdas que hace en su primera carta de Souza Santos. Ya dijimos que esta caracterización es flaca. El comentario se hace a partir de referencias al pensamiento de F. J. Hinkelammert con quien Mora Jiménez comparte fructíferamente ideas desde hace ya un tiempo largo. No me pareció directamente pertinente en relación con las izquierdas, aunque sí existe una relación. Y en la versión que se me hizo llegar el texto dejaba la impresión de haber quedado inconcluso.

    Gracias de nuevo a Dignidad Educativa por hacerme llegar estos materiales.
_____________________

 
18/01/2012

 

_____________________________________________________________

_____________________________________________________________

 

     Cartas a las izquierdas (versión provista por Dignidad Educativa, Colombia)

     y comentario de Henry Mora Jiménez.

 

     Cartas a las izquierdas

     Boaventura de Souza Santos (*)

 

 

     PRIMERA CARTA: No pongo en cuestión que exista un futuro para las izquierdas, pero su futuro no será una continuación lineal de su pasado. Definir lo que tienen en común equivale a responder la pregunta: ¿qué es la izquierda?
     La izquierda es un conjunto de posiciones políticas que comparten el ideal de que los seres humanos tienen todos el mismo valor, y que son el valor más alto. Ese ideal es puesto en cuestión siempre que hay relaciones sociales de poder de-sigual, esto es, de dominación. En este caso, algunos individuos o grupos satisfacen algunas de sus necesidades transformando a otros individuos o grupos en medios para sus fines. El capitalismo no es la única fuente de dominación, pero es una fuente importante.

     Las diferentes comprensiones de este ideal produjeron diversas fracturas. Las principales fueron respuestas opuestas a las siguientes preguntas. ¿Puede el capitalismo ser reformado para mejorar la suerte de los dominados, o esto sólo es posible más allá del capitalismo? ¿La lucha social debe ser conducida por una clase (la clase obrera) o por diferentes clases o grupos sociales? ¿Debe ser conducida dentro de las instituciones democráticas o fuera de ellas? ¿El Estado es, en sí mismo, una relación de dominación, o puede ser movilizado para combatir las relaciones de dominación?

     Las respuestas opuestas a estas preguntas estuvieron en el origen de violentas fracturas. En nombre de la izquierda se cometieron atrocidades contra la izquierda; pero, en su conjunto, las izquierdas dominaron el siglo XX (a pesar del nazismo, el fascismo y el colonialismo) y el mundo se volvió más libre e igualitario gracias a ellas. Este siglo corto de las izquierdas terminó con la caída del Muro de Berlín. Los últimos treinta años fueron marcados, por un lado, por una gestión de ruinas y de inercias y, por el otro, por la emergencia de nuevas luchas contra la dominación, con otros actores y otros lenguajes que las izquierdas no pudieron entender.

     Mientras tanto, liberado de las izquierdas, el capitalismo volvió a mostrar su vocación antisocial. Ahora vuelve a ser urgente reconstruir las izquierdas para evitar la barbarie. ¿Cómo recomenzar? Con la aceptación de las siguientes ideas:

     Primero, el mundo se diversificó y la diversidad se instaló en el interior de cada país. La comprensión del mundo es mucho más amplia que la comprensión occidental del mundo; no hay internacionalismo sin interculturalismo.

     Segundo, el capitalismo concibe a la democracia como un instrumento de acumulación; si es preciso, la reduce a la irrelevancia y, si encuentra otro instrumento más eficiente, prescinde de ella (el caso de China). La defensa de la democracia de alta intensidad debe ser la gran bandera de las izquierdas.

     Tercero, el capitalismo es amoral y no entiende el concepto de dignidad humana; defender esta dignidad es una lucha contra el capitalismo y nunca con el capitalismo (en el capitalismo, incluso las limosnas sólo existen como relaciones públicas).

     Cuarto, la experiencia del mundo muestra que hay inmensas realidades no capitalistas, guiadas por la reciprocidad y el cooperativismo, a la espera de ser valoradas como el futuro dentro del presente.

     Quinto, el siglo pasado reveló que la relación de los humanos con la naturaleza es una relación de dominación contra la cual hay que luchar; el crecimiento económico no es infinito.

     Sexto, la propiedad privada sólo es un bien social si es una entre varias formas de propiedad y si todas están protegidas; hay bienes comunes de la humanidad (como el agua y el aire).

     Séptimo, el siglo corto de las izquierdas fue suficiente para crear un espíritu igualitario entre los seres humanos que sobresale en todas las encuestas; éste es un patrimonio de las izquierdas que ellas han estado dilapidando.

     Octavo, el capitalismo precisa otras formas de dominación para florecer, del racismo al sexismo y la guerra, y todas deben ser combatidas.

     Noveno, el Estado es un animal extraño, mitad ángel y mitad monstruo, pero, sin él, muchos otros monstruos andarían sueltos, insaciables, a la caza de ángeles indefensos. Mejor Estado, siempre; menos Estado, nunca.

     Con estas ideas, las izquierdas seguirán siendo varias, aunque ya no es probable que se maten unas a otras y es posible que se unan para detener la barbarie que se aproxima.

* Doctor en Sociología del Derecho.Traducción: Javier Lorca.

*****

     SEGUNDA CARTA

     La democracia política presupone la existencia del Estado. Los problemas que vivimos hoy en Europa muestran dramáticamente que no hay democracia europea porque no hay Estado europeo. Y porque muchas prerrogativas soberanas fueron transferidas a instituciones europeas, las democracias nacionales hoy son menos sólidas porque los Estados nacionales son post–soberanos. Los déficit de las democracias nacionales y el déficit democrático de Europa se retroalimentan y se agravan porque, mientras tanto, las instituciones europeas decidieron transferir a los mercados financieros (es decir, a media docena de grandes inversores, al frente de los que está el Deutsche Bank) parte de las prerrogativas transferidas a ellas por los Estados nacionales. Al ciudadano común hoy le será fácil concluir (lamentablemente sólo hoy) que fue una trama bien urdida para incapacitar a los Estados europeos de desempeñar tanto sus funciones de protección de la ciudadanía contra riesgos colectivos como de promoción del bienestar social. Esta trama neoliberal ha sido urdida en todo el mundo, Europa sólo tuvo el privilegio de ser “tramada” a la europea. Veamos cómo sucedió.

     Está en curso un proceso global de desorganización del Estado democrático. La organización de este tipo de Estado se basa en tres funciones: la función de confianza, por medio de la cual el Estado protege a los ciudadanos contra fuerzas extranjeras, crímenes y riesgos colectivos; la función de legitimidad, a través de la cual el Estado garantiza la promoción del bienestar, y la función de acumulación, con la cual el Estado garantiza la reproducción del capital a cambio de recursos (tributación, control de sectores estratégicos) que le permitan desempeñar las otras dos funciones.

     Los neoliberales pretenden desorganizar el Estado democrático a través de la inculcación en la opinión pública de la supuesta necesidad de varias transiciones.

     Primera transición: de la responsabilidad colectiva a la responsabilidad individual. Según los neoliberales, las expectativas de la vida de los ciudadanos derivan de lo que ellos hacen por sí mismos y no de lo que la sociedad puede hacer por ellos. En la vida tiene éxito quien toma buenas decisiones o tiene suerte, y fracasa quien toma malas decisiones o tiene poca suerte. Las condiciones diferenciadas de nacimiento o de país no deben ser significativamente alteradas por el Estado.

     Segunda transición: de la acción del Estado basada en la tributación a la acción del Estado basada en el crédito. La lógica distributiva de la tributación le permite al Estado expandirse a costa de las ganancias más altas, lo que, según los neoliberales, es injusto, mientras que la lógica distributiva del crédito obliga al Estado a restringirse y a pagar todo a sus acreedores. Esta transición garantiza la asfixia financiera del Estado, la única medida eficaz contra las políticas sociales.

     Tercera transición: del reconocimiento de la existencia de bienes públicos (educación, salud) e intereses estratégicos (agua, telecomunicaciones, correos) que deben ser cuidados por el Estado a la idea de que cada intervención del Estado en un área potencialmente rentable es una limitación ilegítima de las oportunidades para el lucro privado.

     Cuarta transición: del principio de la primacía del Estado al principio de la primacía de la sociedad civil y del mercado. El Estado es siempre ineficiente y autoritario. La fuerza coercitiva del Estado es hostil al consenso y a la coordinación de los intereses y limita la libertad de los empresarios, que son quienes crean riqueza (a los trabajadores no se los menciona). La lógica imperativa de gobierno debe ser sustituida en la medida de lo posible por la lógica cooperativa de gobierno entre intereses sectoriales, entre ellos el Estado.

     Quinta transición: de los derechos sociales a la filantropía y a las ayudas en situaciones extremas de pobreza o incapacidad. El Estado social exageró la solidaridad entre ciudadanos y transformó la desigualdad social en un mal cuando, de hecho, es un bien. Entre quien da limosna y quien la recibe no hay igualdad posible, uno es sujeto de la caridad y el otro es objeto de ella.

     Ante este perturbador recetario neoliberal, es difícil imaginar que las diferentes izquierdas no estén de acuerdo sobre el principio “mejor Estado, siempre; menos Estado, nunca”, y que de eso no saquen conclusiones.

* (Traducción: Javier Lorca)


     TERCERA CARTA A LAS IZQUIERDAS

     Cuando están en el poder, las izquierdas no tienen tiempo para reflexionar sobre las transformaciones que ocurren en la sociedad y, cuando lo hacen, siempre es como reacción a cualquier acontecimiento que perturbe el ejercicio del poder. La respuesta siempre es defensiva. Cuando no están en el poder, se dividen internamente para definir quién será el líder en las próximas elecciones, de modo que las reflexiones y los análisis están relacionadas con este objetivo.

     Esta indisponibilidad para la reflexión, que siempre ha sido perniciosa, hoy es suicida. Por dos razones. La derecha tiene a su disposición a todos los intelectuales orgánicos del capital financiero, de las asociaciones empresariales, de las instituciones multilaterales, de los think tanks y de los grupos de presión, que le proporcionan a diario datos e interpretaciones que no son siempre faltos de rigor y siempre interpretan la realidad llevando el agua a su molino. Por el contrario, las izquierdas no disponen de instrumentos de reflexión abiertos a los no militantes e, internamente, la reflexión sigue la línea estéril de las facciones.

     Hoy en día, circula por el mundo una ola de informaciones y análisis que podrían tener una importancia decisiva para repensar y refundar las izquierdas tras el doble el colapso de la socialdemocracia y el socialismo real. El desequilibrio entre las izquierdas y la derecha en relación con el conocimiento estratégico del mundo es hoy mayor que nunca.

     La segunda razón es que las nuevas movilizaciones y militancias políticas por causas históricamente pertenecientes a las izquierdas se están realizando sin ninguna referencia a ellas (con excepción, tal vez, de la tradición anarquista) e incluso, muchas veces, en oposición a ellas. Esto no puede dejar de suscitar una profunda reflexión. ¿Se está haciendo esta reflexión? Tengo razones para creer que no y la prueba de ello está en los intentos de captar, educar, minimizar o ignorar a la nueva militancia.

     Propongo algunas líneas de reflexión. La primera se refiere a la polarización social que está emergiendo de las enormes desigualdades sociales. Vivimos en una época que tiene algunas semejanzas con la de las revoluciones democráticas que convulsionaron Europa en 1848. Entonces la polarización social era enorme porque el proletariado (en ese momento una clase joven) dependía del trabajo para sobrevivir, pero (a diferencia de lo que ocurría con los padres y abuelos) el trabajo no dependía de él, dependía de quien lo daba o quitaba a su arbitrio, es decir, el patrón; si uno trabajaba, los salarios eran tan bajos y la jornada tan larga que la salud peligraba y la familia vivía al borde del hambre; si era despedido, no tenía ningún tipo de apoyo, salvo el de alguna economía solidaria o el recurso a la delincuencia. No resulta extraño que en estas revoluciones las dos grandes banderas de lucha fueran el derecho al trabajo y el derecho a una jornada laboral más corta. Ciento cincuenta años después, la situación no es exactamente la misma, pero las banderas siguen siendo actuales.

     Y probablemente hoy lo sean más de lo que lo eran hace treinta años. Las revoluciones fueron sangrientas y fracasaron, pero los gobiernos conservadores que siguieron tuvieron que hacer concesiones para que la cuestión social no desembocara en una catástrofe. ¿A qué distancia estamos nosotros de la catástrofe? Hasta ahora, la movilización contra la escandalosa desigualdad social (similar a la de 1848) es pacífica y tiene una fuerte tendencia moralista de denuncia.

     No asusta al sistema financiero-democrático. ¿Quién puede garantizar que siga así? La derecha está preparada para responder represivamente a cualquier alteración potencialmente amenazadora. ¿Qué planes tienen las izquierdas? ¿Volverán a dividirse como en el pasado, unas tomando la postura represora y otras la de la lucha contra la represión?

     La segunda línea de reflexión también tiene mucho que ver con las revoluciones de 1848 y consiste en cómo volver a conectar la democracia con las aspiraciones y decisiones de los ciudadanos. Entre las consignas de 1848, sobresalían liberalismo y democracia. Liberalismo significaba gobierno republicano, separación entre Estado y religión, libertad de prensa; democracia, por su parte, significaba sufragio “universal” para los hombres. Se ha avanzado mucho en este aspecto en los últimos ciento cincuenta años. Sin embargo, en los últimos treinta años las conquistas logradas han sido cuestionadas y la democracia, últimamente, parece más bien una casa cerrada y ocupada por un grupo de extraterrestres que decide democráticamente sus propios intereses y dictatorialmente los de las grandes mayorías. Un régimen mixto, una democradura.

     El movimiento de los indignados y el movimiento Occupy [1] rechazan la expropiación de la democracia y optan por tomar decisiones por consenso en sus asambleas. ¿Están locos o son un indicio de los retos que vienen por delante? ¿Ya han pensado las izquierdas que, si no se sienten cómodas con formas de democracia de alta intensidad (dentro de los partidos y en la república), deberían retirarse o refundarse?

Notas

     [1] Se refiere al movimiento Occupy Wall Street (Ocupa Wall Street o Toma Wall Street, en español). (N. T.)

__________________


     Boaventura de Sousa Santos es sociólogo y profesor catedrático de la Facultad de Economía de la Universidad de Coimbra (Portugal).


     Fuente: http://www.cartamaior.com.br/templates/colunaMostrar.cfm?coluna_id=5356

Traducido por Antoni Jesús Aguiló y revisado por Àlex Tarradellas. Publicado originalmente el 14 de Diciembre de 2011

_____________________________
******

     La “Carta a las izquierdas” de Boaventura de Sousa.
     Un intento de respuesta.


     Henry Mora Jiménez ( Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla. )

     Días atrás, el sociólogo y activista global Boaventura de Sousa Santos hizo circular una “Carta a las izquierdas”,  en la cual lanza una serie de preguntas sobre el pasado y futuro de la izquierda, y propone algunas ideas encaminadas a “reconstruir las izquierdas para evitar la barbarie”. Quiero retomar algunas de sus preguntas.


     1-¿Puede el capitalismo ser reformado con el fin de mejorar la suerte de los dominados o esto sólo es posible más allá del capitalismo?


     El capitalismo sí puede ser reformado, lo ha hecho muchas veces, lo hace constantemente, aunque su norte no sea “la suerte de los dominados”. Pero incluso el capitalismo puede ser reformado para “mejorar la suerte de los dominados” (Estado desarrollista, Estado de bienestar); pero no para mejorar la suerte de todos, ni menos aun, para poner fin a las múltiples relaciones de dominación. Esto último sólo puede ser posible “más allá del capitalismo”, aunque seguramente no como lo propusieron los clásicos del marxismo (desde Marx hasta Fidel Castro).
Y es que las relaciones de dominación han resultado ser menos directas y más multifacéticas de lo previsto. Incluyen el tema de la propiedad (de los medios de producción), pero no se limitan y ni siquiera se sustentan solo en esto. El fracaso de la “regulación comunista de la producción” anunciada por Marx debe hacernos replantear a fondo toda la cuestión.

     2-¿La lucha social debe ser conducida por una clase (la clase obrera) o por diferentes clases o grupos sociales?


     Las sociedades de los siglos XX y XXI son multi-clasistas, pero también, multi-étnicas, multi-raciales y multi-culturales. La inaudita pretensión de la estrategia neoliberal de globalización de homogeneizar el planeta para reencausar la acumulación a escala mundial es tan imposible como la totalización de los mercados y del homo economicus, a menos que la humanidad estuviese dispuesta a optar por el suicidio colectivo. La radicalización de la democracia (¡democracia real ya!) no es congruente con la tesis de clases o pueblos “elegidos”. Y con ello, también debemos desechar la tesis del “centralismo democrático”: ningún centralismo democrático es congruente con la democracia real.


     3-¿Debe llevarse a cabo dentro de las instituciones democráticas o fuera de ellas?


     Las instituciones son como un rosal: rosas y espinas al mismo tiempo. No podemos vivir sin ellas pero tampoco podemos vivir sometiéndonos a ellas. Los seres humanos somos libres en el grado en el cual seamos capaces de relativizar “la ley” (el orden de las instituciones autorreferidas), en función de las necesidades de la vida. La libertad no está en el cumplimiento de la ley (orden institucional), sino en la relación de los sujetos con la ley. Considerando la ley del mercado (el mercado autorregulado), la libertad consiste precisamente en poder someterla a las necesidades de los sujetos concretos. El reconocimiento  mutuo entre sujetos corporales y necesitados implica necesariamente la relativización de cualquier ley (institución) en función de este reconocimiento.
En el terreno de la producción material, la libertad no consiste en un “reino de la libertad” que se realiza plenamente, sino en la anticipación de una plenitud conceptualizada por una acción humana que se impone al poder ciego del “reino de la necesidad”. La regulación, bajo control común, del intercambio entre los seres humanos y con la naturaleza, para que las leyes de la necesidad no se conviertan en un poder ciego que se dirige en contra de la vida de los sujetos, y para aprovecharlas racional y dignamente. El ser humano es libre para afirmar su vida frente a las leyes, las instituciones y los ídolos.

     4-¿El Estado, en sí mismo, es una relación de dominación o puede ser movilizado para combatir las relaciones de dominación?
La misma dialéctica trascendental que ocurre con respecto a las instituciones, sucede en el caso del Estado, que es, de hecho, una macro institución. Ciertamente el Estado es “relación de dominación”, pero también es “síntesis social”. Mucho se aclara si dejamos atrás las tesis abolicionistas sobre el Estado y el mercado.
Veamos el caso del llamado “Estado de derecho”, tal como lo analiza Franz Hinkelammert (Véase por ejemplo, Crítica de la razón mítica):


     El núcleo duro del Estado de derecho es el principio de contractualidad. Este está constituido a partir de relaciones contractuales entre individuos-propietarios, que consideran que el hecho de relacionarse mutua y voluntariamente mediante estos contratos los hace libres. El propio Estado de derecho decide quiénes son individuos y quiénes no. Por eso, todavía en el siglo XIX y muchas veces hasta ya avanzado el siglo XX, no concede este status de reconocimiento legal como individuo-propietario y, por consiguiente como ciudadano, a los esclavos, a las mujeres, a los subyugados del apartheid, a los inmigrantes, a los homosexuales, ni a los indígenas; que viven en las fronteras del Estado de derecho. Más aun, tampoco el Estado de derecho concede a los ciudadanos ya reconocidos como tales el derecho a la resistencia frente a las leyes contractuales del mercado. Es democracia de ciudadanos, aunque no todos (incluso sólo una minoría) sean ciudadanos.


     Las luchas de emancipación que se extendieron durante todo el siglo XIX, lograron introducir derechos humanos en este Estado de derecho, y el mero Estado de derecho se fue transformando en un Estado con derechos humanos fundamentales (Estado constitucional, Estado social de derecho). Se trata de una larga lucha, a veces exitosa, a veces terminando en derrota; pero que transforma progresivamente el Estado de derecho en un Estado constitucional con la garantía, en algunos casos (derechos individuales, políticos, civiles), y la procuración,  en otros (derechos económicos, sociales, culturales), de ciertos derechos fundamentales. Sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial el Estado de derecho adquiere este sentido de Estado constitucional. Cuando los movimientos populares de los años 80 y 90 del siglo pasado en América Latina reclaman el Estado de derecho, se refieren desde luego a este Estado de derecho constitucional (y social).


     Sin embargo, en el mismo momento histórico en que este logro se obtiene (época del Estado de bienestar, desarrollismo), el Estado de derecho entra en una nueva fase de retroceso, ahora conducida por el proyecto neoliberal. Cuando los derechos humanos (a la educación, a la salud, etc.) entraron en conflicto con la propia estrategia de globalización (cero distorsiones para el capital transnacional), en nombre de la cual se ejercía ahora el poder, estos derechos fueron progresivamente denunciados, marginados o eliminados como “distorsiones” del mercado (distorsiones que el mercado sufre), y el Estado de derecho dejó de ejercer su función de protegerlos.
En este contexto, los nuevos movimientos populares surgen en nombre de los derechos humanos aplastados y en nombre de su recuperación y ampliación. Surgen frente a la estrategia de globalización y ahora igualmente frente a la subversión y vaciamiento del Estado de derecho.


     Hoy, casi todos los movimientos alternativos se ordenan alrededor de la defensa de estos derechos humanos de emancipación. El desafío es transformar el Estado de derecho en un sentido contrario a lo que está aconteciendo con la estrategia de globalización neoliberal, que pretende reducir nuevamente el Estado de derecho a su núcleo contractual.  Desde la perspectiva de los movimientos alternativos se trata de un Estado de derecho que asuma estos derechos humanos para darles validez en la sociedad actual y en la sociedad alternativa.
Sin embargo, hay que tener presente que se sigue tratando de una relación conflictiva. El Estado de derecho en su desnudez es como el mercado totalizado: aplasta a los sujetos de los derechos humanos.  Por consiguiente, para enfrentar esa dinámica destructora, tanto el Estado de derecho como el mercado han de ser recuperados en cada momento por su encauzamiento e interpelación desde los derechos humanos.  Los movimientos de liberación nacidos en el siglo XIX tendieron más bien a la negación de la propia institucionalidad (mercado, Estado, etc.).  Hoy, por el contrario, se trata de penetrar y atravesar la institucionalidad en función de estos derechos humanos. El ser humano en cuanto sujeto (corporal, concreto, necesitado) es el criterio de juicio sobre todas las leyes y todas las instituciones.


     Por último, digamos algunas palabras sobre la siguiente afirmación de de Sousa Santos:

     “La izquierda es un conjunto de posiciones políticas que comparten el ideal de que todos los seres humanos tienen el mismo valor y constituyen el valor supremo. Este ideal es puesto en duda siempre que hay relaciones sociales de poder desigual, es decir, de dominación”.

     Podemos asegurar –siempre siguiendo a Hinkelammert-, que el pensamiento crítico moderno resulta de dos sentencias fundadoras establecidas por Marx:

     1-El pensamiento crítico hace “… su propia sentencia en contra de todos los dioses del cielo y de la tierra”, que no reconocen que “el ser humano es el ser supremo para el ser humano” (de su tesis doctoral, 1841).

     2-El pensamiento crítico hace “… su propia sentencia en contra de todos los dioses del cielo y de la tierra”, en cuyo nombre “el ser humano sea un ser humillado, sojuzgado, abandonado y despreciable” (de su Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, 1844).

     Como referencia de la crítica, Marx establece un “ser supremo”, habla incluso de divinidad. Pero este ser supremo es secular, no es un Dios externo. El ser supremo para el ser humano es el propio ser humano. Sin embargo, no es el ser humano que es y que se considera ser supremo. Es el ser humano que no es, el ser humano que debería ser. Y lo que debería ser es… ser humano.

___________________